La etapa adolescente la pasó en la soledad de su casa en Víctor Raúl Haya de la Torre, extrañando el bullicio familiar, la autoridad maternal, el silencio paterno. Ese verano aprendió a vivir entre sus sueños.
La fantasía lo llevó a lugares insospechados mientras caminaba al colegio o atendía alguna clase escolar aburrida. En más de una ocasión fue sorprendido viajando a lo desconocido mientras el profesor de matemáticas explicaba las formulas complejas de la factorización, palabras como binomios y polinomios resultaban terribles para su fantasía.
Fue en ese mismo verano que empezó a soñar con la muerte.
Elle venía a visitarlo cada noche. Una vez que caía rendido en su cama, ella ingresaba a su mente y jugaba con él. Se vestía de blanco, se cubría con un velo también blanco, asomaba por la esquina de la calle y lo miraba tras ese manto fino que le cubría el rostro. Cuando él volteaba a mirarla –porque sentía que alguien lo observaba- ella salía de la esquina y se acercaba flotando hacia él. Entonces, empezaba a correr desesperado, hasta alcanzar la entrada de su colegio primario, el 2052 “María Auxiliadora”, golpeaba la puerta con fuerza hasta caer rendido. Cuando quería ponerse de pie ya era tarde pues la novia adolescente lograba alcanzarlo y se levantaba el velo para besarlo. Él sólo observaba una sombra que se acercaba a su rostro y se tornaba cada vez más negra y pesada, tan pesada como una roca que se posaba sobre su cuerpo. Sólo entonces reaccionaba y despertaba violentamente, transpirando y con ganas de reventar en llanto. Procuraba no dormir pues de hacerlo de inmediato era casi seguro que la volvía a encontrar. Ella era así, lo perseguía indesmayablemente. Hasta alcanzarlo e intentar besarlo.
Otras veces, pensando en no toparse con ella en sus sueños, procuraba dormir boca arriba y con los brazos a los lados. Entonces, sentía como una inmensa sombra se posaba sobre su cuerpo y empezaba a aplastarlo sin piedad. La sombra era tan pesada que lo dejaba sin respiración y anulaba cualquier intento de movilidad corporal. Apenas podía mover los ojos y pensar en alguna estrategia para librarse de ese mal. Podía pasar horas enteras gritando y su voz no lograba salir de la garganta. Era frustrante sentir esa angustia mortal sobre el cuerpo y no poder expulsarla de sus sueños. Hasta que aprendió a combatirla. Cuando sentía que la sombra se posaba sobre su pecho, tomaba sus manos y empezaba a pellizcarse hasta sentir dolor y despertar. A veces tardaba un poco, a veces no funcionaba; pero aprendió a despertar en esa soledad nocturna para evitar que la muerte se lo lleve. Cuando no funcionaban las manos y pellizcos, utilizaba los mordiscos en los labios. Procuraba mover rápido los labios y llevarlos hacia sus dientes para presionarlos hasta sangrar y así escapar del espectro.
En más de una ocasión se quedó dormido pensando en evitar las pesadillas que ya eran parte de su rutina nocturna y terminó en dimensiones insospechadas. Sentía como se desprendía de su cuerpo, lograba observarlo allá abajo, mientras él se elevaba y divisaba toda la habitación. Entonces aprendió a viajar. Iba a ver a su madre, la encontraba durmiendo, recostada de lado hacia la pared de esteras que la protegían de la calle, en San Juan de Lurigancho. Cuando ella o sus hermanos se movían de la cama improvisada que habían armado, él salía despavorido y retornaba a su cuerpo en Víctor Raúl Haya de la Torre. Algunas veces la encontraba despierta, llorando, quería hablarle, quería abrazarla, pero sabía que era imposible. Entonces, retornaba a su cuerpo y seguía durmiendo. A la mañana siguiente despertaba con una extraña sensación de tranquilidad angustiosa por haber visto a su madre, aunque sea en sus sueños.
Todo cambiaba cuando soñaba con perros. Esas noches eran interminables y fatales. Aún no existía el teléfono en casa y no había forma de llamar como si logró hacerlo de adulto con sus hermanos cuando tenía estos sueños. Siempre era lo mismo. Se veía caminando hacia la casa de su tía Charo, por el lado izquierdo de Víctor Raúl, caminaba por la enorme bajada llena de tierra y piedras, al pie de ese pequeño barranco que de cuando en cuando desprendía algunas rocas. Cuando llegaba a la parte baja, salían unos perros enormes que mostraban toda su ira a través de los colmillos llenos de espuma rabiosa. El ruido de sus ladridos y los ojos rojos eran intimidantes, él se intimidaba y procuraba salir del lugar, pero era imposible, las piernas no respondían, la voz no emitía mayor sonido que sus miedos ahogados en saliva. Al menor descuido, uno de los perros lo mordía con tanta fuerza que despertaba gritando de dolor y miedo. La desesperación se prolongaba hasta el amanecer y no sabía qué hacer pues sabía lo que pasaría. Unas veces pudo avisar a las personas que vio en sus sueños, otras veces sólo le quedó escuchar lo que les había ocurrido y asentir con la cabeza como diciendo “lo sabía”. Los perros siempre le decían que robarían. Soñar con los perros y ver a alguien era para que le roben a esa persona, si estaba solo entonces sería él la víctima de los delincuentes. Las visiones se agravaban si caía sangre, entonces el robo iba acompañado de violencia. Eran los sueños que menos le agradaban.
De cuando en cuando tenía sueños aislados. SE veía cocinando con leña en un fogón, con esa olla enorme donde sabían preparar el caldo de mote. Llevaba un cucharón de manera enorme que utilizaba para mover el líquido de la olla. No era agua, era algo más denso, pero difícil de observar desde el sueño. Quedaba tan confuso que empezó a contarle a su madre y ella le manifestó que era la muerte que lo visitaba. Le pidió tener cuidado y nunca mirar a la olla. Entonces, cuando soñaba con la olla y el fogón, sabía que podía pasar toda la noche moviendo al amparo de esa luz tenue e intermitente, pero nada le pasaría. Pronto el sueño empezó a incorporar a otros actores, personas que jamás había visto, personas poco conocidas, familiares, vecinos. Los miraba, le pedían el cucharón y empezaban a mover ese líquido extraño que contenía la olla. Les ganaba la curiosidad, levantaban el rostro, observaban al interior, lo miraban con una sonrisa extraña de satisfacción y nostalgia. Era la despedida. Así fue como se dio cuenta que las personas que pasaban por sus sueños morirían por esos días lo que le permitió despedirse de algunas de ellas.
Si hubiese sabido eso, unos años atrás, se hubiese despedido de su abuela paterna. La Mamá Agucha, Agustina Ugaz Mera, murió con cáncer cuando él tenía ocho años. La vio caminando por el pasaje que divide las urbanizaciones El Ángel y El Carmen. Corrió hacia ella para abrazarla, llegó hasta el lugar, corrió un poco más y no la encontró. La noche anterior la había soñado junto a él, cocinando, en el fogón y con esa olla extraña que marcó su infancia. Cuando llegó a la casa de su Mamá Agucha, ella había fallecido. Por más que dijo que la vio hacia unos minutos, en la entrada de El Ángel, nadie le creyó, ni su madre. Su abuela se fue sin que él pudiera despedirse.
Pronto aprendió a dominar sus sueños. Ingresaba a ellos y sabía cuándo salir. La novia adolescente que lo perseguía, ahora jugaba con él. Corrían juntos, se dejaba tomar de la mano, aunque estas se mostraban flácidas y frías. Eso sí, ella siempre intentó besarlo. Él no lo permitió. Se detenía, cerraba los ojos, se mordía la lengua y salía del sueño. La novia lo visitó hasta los dieciséis años. Se cansó de jugar, se dejó tomar, ella levantó el velo, mostró su rostro por primera vez. Era hermosa, muy hermosa. Sabía que la vería algún día. Ella se acercó lo besó y se fue, para siempre. Después de esa noche, nunca más supo de ella, hasta el día en que casi mata a Edith, su esposa, esa noche también la vio. Era ella, estaba seguro que era ella.
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