lunes, 23 de septiembre de 2019

LAS SOMBRAS


Fue por Esos días que empezó a sentir que su bisabuelo paterno lo seguía. Don Juan Ugaz Mera había fallecido a principios de los ochenta, en Chosica, con una extraña enfermedad que le destruyó el hígado. Papá Juan, así lo conocían todos, así lo recordaba él.


Mi abuelo (jamás lo llamé bisabuelo) odiaba que lo llamemos abuelito. “Abuelos son los viejos verdes de la esquina. A mí me dices papá Juan, carajo” sentenciaba el viejito más lindo que haya tenido como familia. Mi papá Juan fue el reemplazo de muchas de las cosas que nos faltaron en la infancia. Ahora he empezado a extrañarlo. Sé que, si estuviera con nosotros, mi mamá jamás se hubiera ido a vivir con mis hermanos a Canto Grande. Es más, estoy convencido que mi papá jamás se hubiese ido con la loca porque mi papá Juan le rompía la cabeza de un solo tablazo.
Él empezó a sentir la soledad como un abrigo extraño que lo cubría esas noches del verano de mil novecientos ochenta y ocho. Extrañaba a su mamá Agucha y a su papá Juan. Los llamaba por las noches, los llamó tantas veces que empezó a verlos en sus sueños. Empezó a sentirlos en su solitaria casa. Empezó a verlos entre dormido, cuando empezaba a cerrar los ojos.  La silueta de Juan Ugaz Mera era inconfundible, el peso y el volumen de su cuerpo, el color marrón de su pantalón cuidadosamente planchado, la correa de cuero marrón oscuro con esa hebilla gruesa que llevaba la inicial de su nombre, los zapatos pausadamente lustrados con la pasta de betún negro que tenía en la caja lustra botas ubicada debajo de su cama, en esa quinta del Rímac. El papá Juan empezó a visitarlo ocho años después de haber fallecido.

La mamá Agucha, venía sólo algunas veces. Ella no quería visitarlo muy seguido porque Enrique no la miraba bien. Aún tenía el recuerdo fresco de las sábanas de la abuela con unos gusanos enormes y extraños caminando entre sus piernas, justo unos días antes que ella muera con ese cáncer extraño que se llevó a su madre algunos años después.

Las veces que venía, lo hacía sonriendo con Don Juan, su padre. Era su adoración, su cholita, su amorcito. La engrió hasta el último hálito que lo mantuvo en este mundo. Y cuando visitaban la casa de Víctor Raúl Haya de La Torre no reparaban en sonreír y disfrutar de la visita. Enrique no podía ver a la cara a su abuela, no lograba entender su muerte.


Mi mamá Agucha murió pudriéndose. Yo vi como le salían gusanos de las piernas. Mi mamá me pedía que le lleve el bacín para que orine y me daba asco ingresar a su cuarto. El olor era fuerte, intenso. Ella me tomaba la mano y me decía “hijito, ayúdame a sentarme para bajar de la cama” y yo quería salir corriendo. Antes que enferme yo la quería mucho. Pero el cáncer sólo me dejó a una abuela que se estaba pudriendo en vida. Cuando salía con el bacín hacia el baño, iba escupiendo en él y terminaba vomitando en el patio trasero. Una vez me vio mi madre y me dijo “ay carajo, el día que tu madre enferme así, te quiero ver haciéndome esas cosas”
Las noches empezaron a volverse interminables durante ese verano. Salía a caminar hasta altas horas de la noche. Se quedaba jugando con Joel, Pachín, Betto; pero no era suficiente. No lograba cansarse tanto como para quedarse dormido de inmediato. Siempre lograba mirarlos. Los veía llegar a la casa y sentarse a sus pies, a velar sus sueños.

En más de una ocasión pensó en salir corriendo, pero siempre había algo que lo retenía. Unas veces era la nostalgia de verlos, otras veces era el miedo a que lo sujeten de las manos y no sepa qué hacer. Nunca se acostumbró a ellos. Procuraba no mirarlos, cerrar los ojos, girar el cuerpo hacia la pared y pensar en que pronto se dormiría y al amanecer ya no estarían más.

Ellos en cambio, sólo querían cuidarlo. Velaban sus sueños, lo cuidaban de los delincuentes del barrio, de las malas juntas, de los fumones. Él jamás entendió eso.


Yo tenía mucho miedo. A veces empezaba a gritar con todas mis fuerzas, pero solo salían unos chillidos ahogados y tan bajitos que apenas me podía escuchar. Me tapaba con la frazada y empezaba a patear los bordes de mi cama para que nadie más que yo quede en ella. Me envolvía como una oruga y dejaba que pasen las horas hasta que me quedaba dormido y ya no sabía más de ellos. Algunas noches despertaba y allí estaban ellos, cuidándome sin que yo logre entender qué estaba pasando.
Una noche me harté o me armé de valor, o ambas cosas y les grité tan fuerte que me dolió profundamente haberlos insultado. Nunca más los vi.

Enrique dejó de verlos en su casa, en su habitación, en su sala. Pero empezó a sentir la presencia de ambos a sus espaldas. Sentía que lo seguían, que avanzaban con él.

Las veces que se quedaba en su tía Charo para cenar, demoraba esperando que ella le diga que se quede a dormir, pero eso no ocurría. Entonces debía caminar desde la casa de la tía hasta la suya. Eran unas 10 cuadras interminables de oscuridad, ladridos y aullidos de perros, miradas de esos seres infrahumanos que estaban perdidos entre el olor del terokal y el sabor de su licor de anís o cañazo. Fue cuando ellos empezaron a seguirlo algunos metros atrás, como sombras, acaso para cuidarlo. Él caminaba asustado, casi flotando por la prisa, con los ojos medio cerrados por el miedo a verlos otra vez. Quedaba claro que eran ellos, lo sabía por el olor que los caracterizaba, por la tibieza de su piel cuando algunas veces lograban tocarle el hombro para ocultarlo de los ladrones que venían por él.


Eran días extraños. Yo no quería estar solo. Lloraba por no tener a mi madre o mis hermanos cerca. Lloraba tanto que mi papá Juan y mi mamá Agucha vinieron a darme esa compañía añorada. Claro, cuando tratas mal a tu familia, simplemente se va. Yo los ofendí en todas las formas posibles. Tuve tanto miedo que hasta empecé a colocar ajos y cebollas en la casa, en la puerta, en el patio. Empecé a rezar por las noches, empecé a leer la biblia pensando que era mi mal andar y mis inconductas las que me hacían ver todas esas cosas. Ellos no volvieron.

Cuando las sombras se fueron, también se fue la suerte de Enrique. Hasta ese año su casa jamás había sido tocada por un ladrón. Ese verano, mientras él salió a visitar a su tía Charo, los ladrones rompieron la estera, ingresaron y se llevaron los libros de medicina del tío Guillermo, el diccionario de papá Zapata, la mochila con los cuadernos usados. Se llevaron todo.

Una de esas noches, mientras regresaba de ver a su madre, el chato Néstor, un ladrón de baja monta que merodeaba siempre el barrio, lo asaltó y golpeó sin piedad porque no le encontró ni una sola moneda. Cogió una piedra y golpeó su espalda hasta que logró zafarse y correr.

Dejó de temblarle a los muertos, dejó de asustarse con las sombras. Ahora, les tenía más miedo a los vivos, a los ladrones del barrio donde estaba creciendo. Entonces, decidió aislarse y dejar de hablar. Fue cuando oscureció su carácter y escondió su alegría y sus sueños. Ya no tenía más sombras para que lo cuiden, ahora él tenía que ser una sombra para que no le hagan daño.


Todavía extraño a mi papá Juan. Él era el único que venía desde el Rímac trayendo frutas para sus bisnietos. “Cholo, chola, ya llegué. Vengan, abracen a este viejo” gritaba desde unas cuadras antes de llegar a la casa. Cuando paso por ese camino, a veces siento su hálito, siento su olor, siento sus brazos intentando envolverme con todo ese amor que él sabía darme. A veces, todavía veo sus sombras.

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