lunes, 26 de agosto de 2019

EL VIAJE DE MAGDALENA


Cuando Magdalena Guillén Rojas despertó, estaba sentada en la falda del cerro principal de Villa Virgen, con el cabello desordenado, sedienta, con los labios secos y agrietados por el alcohol que había consumido días atrás.
Estaba aturdida por el esfuerzo del parto que tuvo la noche anterior. La sangre que perdió la dejó débil y no terminaba de entender cómo había llegado hasta ese lugar. Observó bien el horizonte, divisó los caminos que iban y venían frente a ella y empezó a avanzar con los primeros rayos del sol. Optó por seguir su instinto de supervivencia y caminó rumbo hacia la colina. El camino que tomó no lo había visto antes, le resultaba extraño que esté ahí, caminar ya era extraño esa mañana para ella.
Mientras avanzaba, salieron al frente dos enormes perros negros y se asustó tanto que prefirió trepar a uno de los árboles de naranjos que encontró. Pensó que eran los perros de don Patuco, uno de los vecinos que colindaba con sus tierras y que acostumbraba soltar a sus enormes canes para cuidar los frutos de su propiedad. Magdalena logró romper una de las ramas del naranjo, arrancó algunos frutos verdes de naranja y empezó a lanzarlos hasta que los animales se cansaron de ladrar y se quedaron recostados entre las hierbas, cerca de ella.
Al bajar, apoyada por la rama que había arrancado, buscó algunas piedras y las colocó en su lliclla. No avanzó ni dos metros cuando los perros se levantaron y empezaron a ladrar si cesar. El ruido ensordecedor y estresante perturbaba tanto como el enigma del camino extraño por el que estaba yendo ella. Magdalena lanzó algunas de las naranjas que le quedaban, pero los perros se enfurecieron más. Quería llorar de impotencia. No podía retroceder por los perros, pero tampoco avanzaba mucho porque la rodeaban y acorralaban con ladridos y salivando con tal intensidad que sólo quedaba esperar lo peor.
Mientras sufría con los posibles desenlaces que provocarían esos perros, cayó en la cuenta que ese árbol de naranjo era atípico para la época y para la zona. Era raro ver un naranjo en Villa Virgen por esos días, era más raro ver sus frutos tan grandes, coloridos y jugosos. Tan extraño fue el evento como el que tuvo algunos días atrás al encontrar un cesto lleno de huevos rosados de algún ave de corral. Difícilmente, alguien abandonaría un cesto así, peor aún, al pie de un camino que era transitado diariamente por decenas de colonos y nativos del valle.
Los perros le dieron tregua y pudo avanzar a prisa, sin voltear, casi sin respirar, a pie ligero y transpirando con tanta intensidad que sentía como los chorros de agua atravesaban su espinazo hasta mojar sus polleras y enaguas. A esas alturas del día ya todo estaba claro y el camino se hacía cada vez más angosto. La hierba mala se tupía más y le iba cerrando el paso en cada metro que avanzaba. Los perros la seguían algunos metros atrás, sin ladrarle, sin apretarle el paso, sólo la seguían.
Cuando levantó la vista se topó con una casita hermosa al final de ese sendero. Era pequeña, pero de apariencia agradable y relajante. Tenía un techito a dos aguas hecho con hojas de palmera verde que aún se podía oler a verde de hierba. Las caídas a ambos lados se prolongaba unos centímetros y al pasar por los cantos de la casa la cabeza de las personas rozaba las hojas de palmera, como acariciando el cabello, como aquietando los ánimos. La puerta era de madera, cedro en los marcos, fibra de chonta para amarrar cual bisagras, una tabla horizontal en la parte baja de la puerta para frenar el paso de algún intruso.
Magdalena estaba intrigada. Esa casa no la había observado antes. Entonces, decidió tocar la puerta y averiguar quién vivía ahí. No terminó de pensarlo y la puerta se abrió lentamente dejando traslucir la silueta de un anciano en el interior. Ella quiso preguntarle su nombre, pero el anciano avanzó hasta salir ligeramente de la casa, levantó su bastón de madera elaborado con alguna rama de chonta seca, tan resistente que, al caerle en la cabeza a ella, le dolió tanto como el día anterior que parió a Demes.
-          ¡Qué haces acá mujer! Regresa a tu casa. Porqué has dejado solos a tus hijos.
-          Estoy cansada, he caminado mucho y vengo escapando de esos perros que ves allá, por los árboles.
-          Entonces, toma un poco de agua, descansa aquí afuera y luego retorna a tu casa.
-          Déjame descansar aquí. Ya no tengo fuerzas para continuar.
-          Ya descansaste lo suficiente. Ahora regresa.
-          ¿Y cómo escapo de esos perros?
-          Son míos, no te harán nada. Te seguirán hasta el camino donde te encontraron y luego irás sola.
Ella entendió que el anciano no la dejaría quedarse un rato más. Tomó un poco más de agua, mojó su cabeza y sus enormes trenzas, refrescó su rostro y enrumbó en sentido contrario. Era como si el cansancio le hubiese dado una tregua en la casa del anciano. Apenas había avanzado unos metros cuando sintió que las piernas le dolían, el sol secó el agua de su cabeza y rostro, calentó aún más su cuerpo, el bochorno era insoportable a esa hora del día. Caminaba casi por inercia, observando como los perros la acompañaban a cada lado del camino y a unos metros atrás, como sabiendo que en cualquier momento se desmayaba y podrían ir por ella. Magdalena no les daría el gusto a esos animales.
Al llegar al punto en que fue atacaba por los canes, estos sólo se perdieron en el monte, entre las plantas y sin soltar un ladrido. Magdalena no pudo más. Buscó una roca para sentarse, la ubicó y caminó hacia ella. La enorme roca estaba al pie del río Sinquivine, a la sombra de un frondoso cedro. Se sentó, acomodó sus polleras, estiró las piernas, colocó las manos hacia atrás, como haciendo palanca para soltar un poco el cuerpo hacia atrás, cerró los ojos y empezó a recordar todo.
La noche anterior, luego del parto, se levantó para orinar y fue al patio trasero de su casa. Al sentarse y levantar las polleras para miccionar, notó que el camino que salía de su casa en dirección a su hija Andrea tenía una bifurcación hacía la izquierda y en dirección a la colina de Villa Virgen. Mientras recordaba, la brisa de la media mañana refrescaba su rostro de forma tal que sintió que estaban acariciando su rostro. Algo la golpeó que abrió los ojos de manera brusca.
Río abajo se realizaba un velorio. La gente estaba reunida en casa de don Alejandro Palomino. Se podían escuchar los lamentos y llanto de algunas personas alrededor del cadáver. Había tantas personas que aun estando lejos, Magdalena podía divisar el tumulto.
De pronto, todo se nubló para ella, sintió desmayarse y asustada se apoyó en la roca. Sus labios quedaron nuevamente secos, le ardían los ojos y la garganta.
-          ¡Agua, agua! ¡quiero agua! Empezó a gritar casi desfallecida y tendida en la roca.
Al sentarse nuevamente, apareció sobre la mesa del velatorio, rodeada de velas y flores del monte. Las personas observaban, unas atónitas y otras estupefactas por el suceso salieron corriendo del lugar.
-          ¡Agua, agua! Volvió a gritar casi sin voz.
Alejandro pensó que era cosa del demonio, tomó el látigo y lanzó algunos azotes sobre el cuerpo de Magdalena. Agripina y Andrea sujetaron el brazo del patriarca para que no dañara más a su madre. Donato y Zenobio, presa del pánico, retrocedieron sin entender qué estaba ocurriendo.
Magdalena Guillén Rojas había vuelto luego de estar ausente 12 horas fuera de su cuerpo. Los ojos de los colonos no terminaban de entender lo que veían. Uno de ellos acusó a la mujer de brujería. Cuando se animó a acercarse a ella para lanzarle agua ardiente con la boca para limpiarla de los males que la envolvían, dos enormes perros le salieron al frente para ladrarle con tanta furia que no tuvo más remedio que quedarse estático en su lugar.
Ella había vuelto, con los dos enormes perros negros que le obsequió el anciano que conoció en el camino que nunca recorrió hacia la casa que nunca visitó porque su cuerpo siempre estuvo ahí, en casa, luego del parto, inerte por más de 12 horas.

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