La adolescencia fue extraña para
él. Vivía en un mundo de fantasías para eludir la separación de sus padres y la
timidez que lo envolvía. Imaginaba ser el muchacho atrevido y palomilla que
veía en Joel, Beto o los hermanos Barreto. Imaginaba tanto que se perdía en sus
delirios.
Ese verano aprendió muchas cosas.
Todas en su mente.
Era de las personas que no
hablaban con facilidad. Hasta los 8 años se mostró como extrovertido y locuaz,
pero el accidente de su padre lo transformó. Para mil novecientos ochenta y
ocho apenas si podía hilvanar dos ideas en público. Tenía una imaginación
brillante, dibujaba mentalmente todo el escenario en el que se desenvolvería y
cuando debía mostrarse, simplemente se quedaba callado.
La timidez fue avanzando y
convirtiéndolo en un adolescente amargado y muy hermético. Era el más irritable
de la clase, raras veces lo veían sonreír, raras veces lo veían jugar con los
demás y las veces que se atrevió a hacerlo, sus compañeros de clase se
encargaron de avergonzarlo para que se convenza que era mejor estar callado.
Durante ese verano, su madre le
pidió que fuera a san Juan de Lurigancho y volviera a Independencia. Para
entonces, él jamás había viajado solo en bus. La idea era terrible, podía
extraviarse y no sabría cómo retornar. Pero no supo cómo decirle eso a su
madre. Andrea entendió que su hijo ya estaba en edad de viajar solo. Johni lo
hacía con facilidad relativa, demoraba un poco algunas veces, pero llegaba a
destino. Enrique era mayor, sabría cómo llegar a su destino.
La última vez que se separó de él
lo encontró luego de cinco horas. Habían ido a la casa del pueblo en la avenida
Alfonso Ugarte, recibieron víveres y juguetes para cada hermano y como ella
estaba únicamente con él, le pidió que se quede en la fila mientras iba a casa
y retornaba para que reciban los últimos regalos que faltaban. Lo amaestró
tantas veces como pudo, lo encargó en la fila a la extraña señora que estaba
delante de ellos. Cruzó la avenida, subió al bus verde petróleo de la ruta 42 a
Tahuantinsuyo y se perdió en el horizonte en pocos minutos.
Él se desesperó muy rápido,
empezó a transpirar pensando que su madre demoraba demasiado. Miraba
constantemente al paradero para divisar el retorno de su madre, pero ella no
aparecía. Luego de una hora de espera y sin avanzar en la fila del local
aprista, no pudo más y decidió retornar a casa. Pensó que su madre ya no tenía
pasaje para ir por él y no tuvo mejor idea que volver a casa, sin pasaje,
caminando.
No sabía hablar en público,
siempre arruinaba las conversaciones. En una ocasión, mientras caminaba, fue a
preguntarle a un transeúnte dónde estaba.
-
Ey, tío, ¿Cómo se llama esta calle, ah?
-
¿Tío?
¿Tengo cara de ser tu familia, mocoso de mierda?
-
¡perdón señor!
-
¿Señor? ¿tengo cara de ser Dios? El señor está
en el cielo, no te pases de pendejo conmigo.
-
Lo siento.
-
Ya sape, sape, mocoso del demonio.
Después de eso no quiso preguntar
más. Prefería caminar, aunque eso significaba perder el tiempo.
Al salir de la fila, no lo pensó
más, caminaría hasta casa, sin saber a qué distancia estaba o cuántas horas le
tomaría ir hasta Víctor Raúl Haya de La Torre. Sólo empezó a caminar. Avanzó
por toda la avenida Alfonso Ugarte, pasó por el Hospital Loayza, luego el Museo
de Cultura, rodeo la plaza Dos de Mayo, llegó hasta la plaza Ramón Castilla, el
coliseo del Puente del Ejército, el mercado Caquetá y el fuerte Rímac, hoy
Hoyos Rubio. Empezó a oscurecer y el miedo lo invadió de inmediato. Observaba a
las personas y sentía que lo miraban de manera extraña. Su cuerpo estaba bañado
en sudor, su polo manga corta traslucía el cuerpo delgado y cobrizo del niño
asustado por sentirse extraviado. Espero unos minutos cerca al fuerte y cuando
pasó la línea 42, observó bien por dónde iba para seguir la ruta cual
explorador que olfateaba el sendero por donde transitar.
Corrió varias cuadras, descansó
un poco, siguió corriendo, reconoció las paredes externas de la Universidad de
Ingeniería, llegó hasta la puerta 5, reconoció la entrada que llevaba hasta la
casa de su tía Bertha y la mamá Paulina. Descansó un rato, tomó airé y siguió
corriendo.
Sus recuerdos lo llevaron por un
instante a esas tardes felices cuando cuidaba las ovejas de la mamá Paulina en
los pastizales que abundaban en esa zona. Recordó aquella vez cuando una oveja
se separó del rebaño y él, desesperado salió a arrearla toda la tarde. Cuando
caía el sol y optó por volver a casa llevando a las otras ovejas, la traviesa
fugitiva retornó sola al redil. Al final de esa pared que cercaba los linderos
de la universidad terminaron sus recuerdos de eventual pastor improvisado.
Cuando divisó el barrio del
Ermitaño, recordó que por ahí vivía la familia de su tía Charo. Maribel, Pipo,
alguien podría verlo y pasarle la voz. Imaginó tantas cosas que no reparó en
que un orate lo perseguía hacía varias cuadras. Cansado, empezó a caminar para
recuperar un poco de aire. El loco que lo perseguía le dio alcance, lo tomó del
hombro y le gritó tan fuerte a la oreja que él también gritó horrorizado. El
olor nauseabundo que ingresó por sus fosas nasales terminó confundiéndose con
el pánico que le causó el grito. Cerró los ojos y corrió hasta donde sus
piernas le dieron fuerzas, tropezó y cayó bruscamente al pavimento, se levantó
sin tiempo para sacudirse el polvo y la vergüenza, siguió corriendo y corriendo
para detenerse sólo cuando dejó de sentir el olor a basura en sus espaldas. Ya
estaba en la farmacia Independencia. Ya faltaba poco.
Andrea llegó a su destino, dejó
los víveres y regalos obtenidos hacía unas horas, salió con la misma prisa con
que llegó. Abordó el primer bus que encontró y luego de casi dos horas llegó al
local donde dejó a Enrique. Ya no estaba. Pensó que ya estaba dentro del
recinto. Lo buscó unos minutos, preguntó a cuanto conocido vio por el lugar.
Encontró a la extraña señora en quien confió el lugar para su hijo.
-
Salió de la fila y salió corriendo por allá
-
¿Cómo que salió corriendo? Mi hijo no tenía
pasaje, nunca ha viajado solo.
-
Mire señora, usted lo dejó ahí. Yo no lo iba a
agarrar. Él se largó sin decir nada.
-
Muchacho de mierda. Que lo encuentre y le rajo
hasta el alma por no hacerme caso.
Ella estaba tranquila. No tenía
esa angustia instintiva que afloraba cuando había problemas. No sintió ese
vacío en el vientre como cuando José Raúl fue atropellado, no sintió ese
revoltijo intestinal como cuando Robaron su casa y se llevaron todos los
productos de la tiendecita que los sostenía. Esta vez había algo que la
calmaba. Entonces, cruzó nuevamente la pista, subió a la línea 42 y retornó a
la invasión.
Las luces de la noche envolvieron
a Enrique que ya no quería correr. Caminó medio perdido entre sus fantasías,
pensando que alguien podría reconocerlo y acompañarlo a casa. Iba pensando en
ese elefante amarillo con traje azul que lo acompañó hasta los cinco años y que
se perdió entre las turbulentas aguas del río Apurímac. Era el único recuerdo
de un juguete entregado por su padre que le quedaba y lo fue borrando mientras
caminaba a casa.
El olor a petróleo y kerosene lo
volvió a la realidad nuevamente. Ya estaba en el paradero Túpac Amaru. El grifo
más conocido de entonces, el mismo que abasteció por años a los angustiados
vecinos que amanecían haciendo colas para conseguir unos litros de kerosene. La
cabeza gacha no fue impedimento para reconocer el lugar. Levantó el rostro y
divisó el enorme letrero de Inka Kola que marcaba un nuevo paradero en la
enorme avenida Túpac Amaru. Ya estaba cerca. Conocía el resto del camino. Avanzó
hacia la derecha, hasta el parque Las Leyendas, giró a la izquierda, por la
avenida Indoamérica, hasta cruzar la avenida Chinchaysuyo. Miró a la derecha y
a tres cuadras ya podía ver el grifo El Chasqui. Podía llegar a él hasta con
los ojos vendados. LO conocía mejor que al campo de futbol que estaba a
espaldas de él. Las noches de colas inmensas e interminables, las mantas y
cartones que lo abrigaron en esas madrugadas de colas no fueron en vano. Sabía exactamente
cuántos pasos había hacia cada uno de sus lados, cuántos pasos hacia el campo
de futbol, hacia la posta médica en donde casi le amputan una pierna, hacia su
casa.
Cruzó la avenida Chinchaysuyo y
caminó una cuadra más, esta vez con poca iluminación, estaba cerca de la
invasión, cerca de la oscuridad. Bajó por las escaleras improvisadas que había
para ingresar a ese inmenso hoyo, otrora fábrica de ladrillos calcáreos,
pertenecientes a la familia Payet. La depresión
era notoria entre las ocho cuadras de viviendas que estaban hacia la margen
izquierda de la avenida Chinchaysuyo y 10 metros de profundidad en que se encontraba
la urbanización Víctor Raúl Haya de la Torre, la invasión, así la conocían
todos, la inva. Caminó hacia el sector
towsend Escurra, miró su casa, había una luz tenue que salía del interior,
sonrió como pocas veces, luego de cinco horas de caminata, había llegado.
Tocó la puerta de calamina que
protegía su casa, esta se abrió con una lentitud traumática, tan traumática
como la cachetada que recibió Enrique por no obedecer a su madre.
Para mil novecientos ochenta y
ocho ya habían pasado varios años desde aquel incidente. Él ya había crecido;
por eso, Andrea decidió aventurarlo a viajar solo para ahorrar algo de pasaje.
Caminó hasta el paradero de la
Cincuenta y esperó alguna unidad que lo llevara hasta Acho y luego abordar otra
unidad para llegar a casa de su madre. Mientras esperaba, iba recordando esos
viajes y extravíos que tuvo en su niñez. Vio un bus azul con líneas rojas muy
muy parecido a la línea 94 que iba hasta San Juan de Lurigancho. Pensó que lo
llevaría directo, que se ahorraría unos cuantos intis. Subió y sentó hasta
quedarse profundamente dormido. Los gritos del cobrador anunciando la llegada a
la plaza Dos de Mayo. Se puso de pie, saltó entre las personas, bajó apresurado
y sólo atinó a identificar el número de ruta de la unidad. Era la Línea 55. Se
había perdido, en el centro de Lima, entre miles de extraños, con una bolsa de
limones, sin dinero, sin ideas. Se sentó a llorar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario