lunes, 2 de septiembre de 2019

LOS VIAJES PERDIDOS


La adolescencia fue extraña para él. Vivía en un mundo de fantasías para eludir la separación de sus padres y la timidez que lo envolvía. Imaginaba ser el muchacho atrevido y palomilla que veía en Joel, Beto o los hermanos Barreto. Imaginaba tanto que se perdía en sus delirios.
Ese verano aprendió muchas cosas. Todas en su mente.
Era de las personas que no hablaban con facilidad. Hasta los 8 años se mostró como extrovertido y locuaz, pero el accidente de su padre lo transformó. Para mil novecientos ochenta y ocho apenas si podía hilvanar dos ideas en público. Tenía una imaginación brillante, dibujaba mentalmente todo el escenario en el que se desenvolvería y cuando debía mostrarse, simplemente se quedaba callado.
La timidez fue avanzando y convirtiéndolo en un adolescente amargado y muy hermético. Era el más irritable de la clase, raras veces lo veían sonreír, raras veces lo veían jugar con los demás y las veces que se atrevió a hacerlo, sus compañeros de clase se encargaron de avergonzarlo para que se convenza que era mejor estar callado.
Durante ese verano, su madre le pidió que fuera a san Juan de Lurigancho y volviera a Independencia. Para entonces, él jamás había viajado solo en bus. La idea era terrible, podía extraviarse y no sabría cómo retornar. Pero no supo cómo decirle eso a su madre. Andrea entendió que su hijo ya estaba en edad de viajar solo. Johni lo hacía con facilidad relativa, demoraba un poco algunas veces, pero llegaba a destino. Enrique era mayor, sabría cómo llegar a su destino.
La última vez que se separó de él lo encontró luego de cinco horas. Habían ido a la casa del pueblo en la avenida Alfonso Ugarte, recibieron víveres y juguetes para cada hermano y como ella estaba únicamente con él, le pidió que se quede en la fila mientras iba a casa y retornaba para que reciban los últimos regalos que faltaban. Lo amaestró tantas veces como pudo, lo encargó en la fila a la extraña señora que estaba delante de ellos. Cruzó la avenida, subió al bus verde petróleo de la ruta 42 a Tahuantinsuyo y se perdió en el horizonte en pocos minutos.
Él se desesperó muy rápido, empezó a transpirar pensando que su madre demoraba demasiado. Miraba constantemente al paradero para divisar el retorno de su madre, pero ella no aparecía. Luego de una hora de espera y sin avanzar en la fila del local aprista, no pudo más y decidió retornar a casa. Pensó que su madre ya no tenía pasaje para ir por él y no tuvo mejor idea que volver a casa, sin pasaje, caminando.
No sabía hablar en público, siempre arruinaba las conversaciones. En una ocasión, mientras caminaba, fue a preguntarle a un transeúnte dónde estaba.
-          Ey, tío, ¿Cómo se llama esta calle, ah?
-           ¿Tío? ¿Tengo cara de ser tu familia, mocoso de mierda?
-          ¡perdón señor!
-          ¿Señor? ¿tengo cara de ser Dios? El señor está en el cielo, no te pases de pendejo conmigo.
-          Lo siento.
-          Ya sape, sape, mocoso del demonio.
Después de eso no quiso preguntar más. Prefería caminar, aunque eso significaba perder el tiempo.
Al salir de la fila, no lo pensó más, caminaría hasta casa, sin saber a qué distancia estaba o cuántas horas le tomaría ir hasta Víctor Raúl Haya de La Torre. Sólo empezó a caminar. Avanzó por toda la avenida Alfonso Ugarte, pasó por el Hospital Loayza, luego el Museo de Cultura, rodeo la plaza Dos de Mayo, llegó hasta la plaza Ramón Castilla, el coliseo del Puente del Ejército, el mercado Caquetá y el fuerte Rímac, hoy Hoyos Rubio. Empezó a oscurecer y el miedo lo invadió de inmediato. Observaba a las personas y sentía que lo miraban de manera extraña. Su cuerpo estaba bañado en sudor, su polo manga corta traslucía el cuerpo delgado y cobrizo del niño asustado por sentirse extraviado. Espero unos minutos cerca al fuerte y cuando pasó la línea 42, observó bien por dónde iba para seguir la ruta cual explorador que olfateaba el sendero por donde transitar.
Corrió varias cuadras, descansó un poco, siguió corriendo, reconoció las paredes externas de la Universidad de Ingeniería, llegó hasta la puerta 5, reconoció la entrada que llevaba hasta la casa de su tía Bertha y la mamá Paulina. Descansó un rato, tomó airé y siguió corriendo.
Sus recuerdos lo llevaron por un instante a esas tardes felices cuando cuidaba las ovejas de la mamá Paulina en los pastizales que abundaban en esa zona. Recordó aquella vez cuando una oveja se separó del rebaño y él, desesperado salió a arrearla toda la tarde. Cuando caía el sol y optó por volver a casa llevando a las otras ovejas, la traviesa fugitiva retornó sola al redil. Al final de esa pared que cercaba los linderos de la universidad terminaron sus recuerdos de eventual pastor improvisado.
Cuando divisó el barrio del Ermitaño, recordó que por ahí vivía la familia de su tía Charo. Maribel, Pipo, alguien podría verlo y pasarle la voz. Imaginó tantas cosas que no reparó en que un orate lo perseguía hacía varias cuadras. Cansado, empezó a caminar para recuperar un poco de aire. El loco que lo perseguía le dio alcance, lo tomó del hombro y le gritó tan fuerte a la oreja que él también gritó horrorizado. El olor nauseabundo que ingresó por sus fosas nasales terminó confundiéndose con el pánico que le causó el grito. Cerró los ojos y corrió hasta donde sus piernas le dieron fuerzas, tropezó y cayó bruscamente al pavimento, se levantó sin tiempo para sacudirse el polvo y la vergüenza, siguió corriendo y corriendo para detenerse sólo cuando dejó de sentir el olor a basura en sus espaldas. Ya estaba en la farmacia Independencia. Ya faltaba poco.
Andrea llegó a su destino, dejó los víveres y regalos obtenidos hacía unas horas, salió con la misma prisa con que llegó. Abordó el primer bus que encontró y luego de casi dos horas llegó al local donde dejó a Enrique. Ya no estaba. Pensó que ya estaba dentro del recinto. Lo buscó unos minutos, preguntó a cuanto conocido vio por el lugar. Encontró a la extraña señora en quien confió el lugar para su hijo.
-          Salió de la fila y salió corriendo por allá
-          ¿Cómo que salió corriendo? Mi hijo no tenía pasaje, nunca ha viajado solo.
-          Mire señora, usted lo dejó ahí. Yo no lo iba a agarrar. Él se largó sin decir nada.
-          Muchacho de mierda. Que lo encuentre y le rajo hasta el alma por no hacerme caso.
Ella estaba tranquila. No tenía esa angustia instintiva que afloraba cuando había problemas. No sintió ese vacío en el vientre como cuando José Raúl fue atropellado, no sintió ese revoltijo intestinal como cuando Robaron su casa y se llevaron todos los productos de la tiendecita que los sostenía. Esta vez había algo que la calmaba. Entonces, cruzó nuevamente la pista, subió a la línea 42 y retornó a la invasión.
Las luces de la noche envolvieron a Enrique que ya no quería correr. Caminó medio perdido entre sus fantasías, pensando que alguien podría reconocerlo y acompañarlo a casa. Iba pensando en ese elefante amarillo con traje azul que lo acompañó hasta los cinco años y que se perdió entre las turbulentas aguas del río Apurímac. Era el único recuerdo de un juguete entregado por su padre que le quedaba y lo fue borrando mientras caminaba a casa.
El olor a petróleo y kerosene lo volvió a la realidad nuevamente. Ya estaba en el paradero Túpac Amaru. El grifo más conocido de entonces, el mismo que abasteció por años a los angustiados vecinos que amanecían haciendo colas para conseguir unos litros de kerosene. La cabeza gacha no fue impedimento para reconocer el lugar. Levantó el rostro y divisó el enorme letrero de Inka Kola que marcaba un nuevo paradero en la enorme avenida Túpac Amaru. Ya estaba cerca. Conocía el resto del camino. Avanzó hacia la derecha, hasta el parque Las Leyendas, giró a la izquierda, por la avenida Indoamérica, hasta cruzar la avenida Chinchaysuyo. Miró a la derecha y a tres cuadras ya podía ver el grifo El Chasqui. Podía llegar a él hasta con los ojos vendados. LO conocía mejor que al campo de futbol que estaba a espaldas de él. Las noches de colas inmensas e interminables, las mantas y cartones que lo abrigaron en esas madrugadas de colas no fueron en vano. Sabía exactamente cuántos pasos había hacia cada uno de sus lados, cuántos pasos hacia el campo de futbol, hacia la posta médica en donde casi le amputan una pierna, hacia su casa.
Cruzó la avenida Chinchaysuyo y caminó una cuadra más, esta vez con poca iluminación, estaba cerca de la invasión, cerca de la oscuridad. Bajó por las escaleras improvisadas que había para ingresar a ese inmenso hoyo, otrora fábrica de ladrillos calcáreos, pertenecientes a la familia Payet.  La depresión era notoria entre las ocho cuadras de viviendas que estaban hacia la margen izquierda de la avenida Chinchaysuyo y 10 metros de profundidad en que se encontraba la urbanización Víctor Raúl Haya de la Torre, la invasión, así la conocían todos, la inva.  Caminó hacia el sector towsend Escurra, miró su casa, había una luz tenue que salía del interior, sonrió como pocas veces, luego de cinco horas de caminata, había llegado.
Tocó la puerta de calamina que protegía su casa, esta se abrió con una lentitud traumática, tan traumática como la cachetada que recibió Enrique por no obedecer a su madre.
Para mil novecientos ochenta y ocho ya habían pasado varios años desde aquel incidente. Él ya había crecido; por eso, Andrea decidió aventurarlo a viajar solo para ahorrar algo de pasaje.
Caminó hasta el paradero de la Cincuenta y esperó alguna unidad que lo llevara hasta Acho y luego abordar otra unidad para llegar a casa de su madre. Mientras esperaba, iba recordando esos viajes y extravíos que tuvo en su niñez. Vio un bus azul con líneas rojas muy muy parecido a la línea 94 que iba hasta San Juan de Lurigancho. Pensó que lo llevaría directo, que se ahorraría unos cuantos intis. Subió y sentó hasta quedarse profundamente dormido. Los gritos del cobrador anunciando la llegada a la plaza Dos de Mayo. Se puso de pie, saltó entre las personas, bajó apresurado y sólo atinó a identificar el número de ruta de la unidad. Era la Línea 55. Se había perdido, en el centro de Lima, entre miles de extraños, con una bolsa de limones, sin dinero, sin ideas. Se sentó a llorar.

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