Luego de llorar por un buen rato,
decidió caminar hacia la plaza Unión, como intentando retornar a pie a
Independencia, como aquella vez que se separó de su madre y retornó a pie hasta
su casa. Cuando se dio cuenta de la locura que iba a cometer, dio la vuelta y
caminó hacia la plaza San Martín. Avanzó por la avenida Alfonso Ugarte, hasta
la plaza Dos de Mayo, caminó por la avenida Nicolás de Piérola – La Colmena – y
cruzó Tacna. Caminó unas cuadras más hasta llegar a la enorme plaza San Martín.
Se sentó, extenuado, con la bolsa de rafia llena de limones a cuestas,
transpirado y con el miedo envolviendo todo su cuerpo.
Cuando vio la línea 94 pasar por
la plaza, se levantó cual resorte y corrió tras de ella hasta alcanzarla.
Subió, casi a la volada, con ayuda de una mano que lo sujetó desde el interior
del bus. Dio unos pasos casi cayendo, se agarró fuertemente de uno de los
asientos y se acomodó con su bolsa de limones al lado. La calma agitada que
tenía duró muy poco pues se acercó el cobrador.
- Pasaje, pasaje, pasaje.
- (con voz casi apagada y ahogada
en la timidez) no tengo pasaje, señor.
- ¡Carajo! Habla fuerte mocoso.
¡Tu pasaje!
- (esta vez, llorando e inundado de
vergüenza) ¡No me baje señor, no tengo pasaje!
- ¿Qué dices mocoso? Te bajas ah.
¡Baja atrás, baja atrás!
Enrique ahogado en el llanto sólo
atinó a levantar el rostro quién sabe para qué. No quería bajar del bus, pero
el cobrador lo tomó del polo y jaló hacia la puerta de un tirón. Tropezó con su
bolsa y casi cayendo al piso, fue detenido por la misma mano que lo había
ayudado a subir hacía unos minutos.
- No seas abusivo oe. Deja al
mocoso tranquilo.
- Pero no tiene pasaje pe, tío.
¿Acaso tú vas a pagar? ¿ah?
- Ya, cóbrate y no jodas. Abusivo
eres con el chibolo. Cóbrate, cóbrate.
Enrique, que no terminaba de
salir de su asombro. Secó sus lágrimas y agradeció el gesto del hombre que
había evitado ser bajado abruptamente del bus. Metió la mano a la bolsa de
limones, agarró todos los que su mano pudo capturar y los estiró hacia ese
hombre salvador que tenía al frente.
- Guarda tus limones, chiquillo.
Te van a hacer falta.
- Gracias señor, muchas gracias.
- Bien sano eres ah. Agarra bien
esa bolsa que ahorita te atrasan en Abancay.
Enrique terminó de acomodarse
casi al final de la unidad, se ubicó entre los asientos y el ventanal de
emergencia. Amarró bien la bolsa de limones, se sentó en ellos y trató de
olvidar el mal momento. Casi dos horas después llegaría al paradero final, en
el Asentamiento Humano 10 de octubre, en San Juan de Lurigancho.
Johni y Jimy habían salido de la
casa en dirección a Independencia, para visitar a su hermano mayor. Al bajar en
la plaza Dos de Mayo, Johni vio a un heladero y se compró dos helados. Los
hermanos se sentaron a disfrutar del hielo que congelaba sus labios y lengua
mientras esperaban el bus de la línea 42. Terminado el helado, Jimy vio a un
vendedor de ponche y convenció fácilmente a su hermano para comprarlos. A esas
alturas, cayeron en la cuenta de no contar con dinero para continuar su viaje.
Se miraron un buen rato, se sentaron y siguieron disfrutando del ponche.
Con la calma que caracterizaba a
Johni, observó detenidamente cada escena que lo rodeaba en la plaza.
La gente caminaba presurosa de un
lado a otro, con tanta rapidez que no dejaba tiempo para observar bien sus
rostros. Los vendedores subían y bajaban de los buses ofertando sus productos,
otros los ofrecían en plena avenida, aprovechando la luz roja del semáforo. Los
vendedores de pescado frito, yuquitas con hígado y combinado de tallarín con
chanfainita estaban instalando sus carretillas para empezar el negocio de la
tarde. Los niños agarraban trapos viejos y pasaban por los autos detenidos para
limpiarlos y pedir algunas monedas. Otros niños estiraban la mano a las
personas y estas les daban algunas monedas.
Johni se puso de pie, agarró a
Jimy de la mano, le dio un jalón tan fuerte que lo asustó. Caminaron hacia el
primer hombre que vieron y se pararon frente a él. Esa tarde, Jimy, aún
asustado por el jalón previo, vería cómo su hermano resolvía la falta de pasaje
y obtenía algunas monedas más para seguir comiendo.
-
Señor, nos hemos perdido y no tenemos cómo llegar a nuestra casa. Nos
puede regalar una monedita, por favor. Mi hermanito está asustado y yo no sé qué
hacer, señor.
- Toma, toma. Sube a tu carro y
directo a su casa ah. Este lugar es peligroso.
- Gracias señor, gracias.
Caminaron unos metros más, guardó
el dinero, le dijo algo a Jimy, miró alrededor, se acercó y estiró la mano.
- Señora, ayúdenos. MI hermano y
yo nos hemos perdido. Tenemos que ir en la 42 y nos hemos quedado sin pasaje.
- ¡ay criaturas! Vengan, yo los
llevo al paradero. Vengan.
- No señora, nosotros vamos
solos. No nos puede dar para nuestro pasaje.
- No hijito, aquí te pueden
robar. Es peligroso. Yo los acompaño.
- ¿Y si usted nos quiere hacer
algo? Ven Jimy, ven.
- No hijito, cómo crees eso. Ven,
te daré para su pasaje. Vayan con cuidado.
Ay, qué madre más descuidada para mandarlos solitos y tan pequeños.
Caminaron casi una hora entre la
gente que iba y venía. Pidiendo y corriendo, mirando y jugando a los niños
perdidos. Cuando sus bolsillos se tornaron pesados decidieron retornar a casa.
Johni metió la mano a uno de sus bolsillos, sacó unas monedas y miró a Jimy.
Casi como leyendo su pensamiento, giró hacia el puesto de pescado frito,
asintieron la cabeza y caminaron hacia él.
Fue el pescado frito con yuca,
arroz y ensalada de lechuga más delicioso que creían haber probado hasta
entonces. La yuca era tan suave que se deshacía entre sus dientes. La lechuga
crocante reventaba en sonidos dentro de su boca. El arroz blanco y humeante se
montaba en la cuchara con una elegancia tan particular que parecía bailar antes
de ser devorado. El pescado estaba tan frito y crocante que hasta la piel
estaba crocante.
Mientras comían, Johni seguía
observando la plaza.
- Mira, esos chibolos tienen unos trapos y los
remojan en los baldes que dejan en el centro de la avenida Colonial.
- ¿Y de dónde traerán agua?
- ¿Vamos a ver?
- Ya es tarde. Mejor vamos a la
casa.
- Pero mi mamá no se va a
enterar. Vamos, miramos y de ahí tomamos la 42
- Ya pues. Vamos.
Los niños tenían varios polos
sucios que intercalaban. Tomaban uno, limpiaban dos o tres autos, los remojaban
en el agua del balde pequeño que llevaban, lo escurrían bien y dejaban secando
en uno de los postes. Tomaban otro trapo, seguían limpiando autos, hasta
ensuciar el agua completamente. Uno de ellos iba hasta el grifo, llenaba el
balde con agua limpia y retornaba al grupo para seguir trabajando.
Esa tarde, Johni imaginó todo lo
que haría cada vez que su madre le pediría que vaya a ver a su hermano. Es más,
no esperaría a que eso ocurra, él le diría que lo envíe a ver a Enrique. Jimy
no salía del asombro frente a lo ocurrido, esa tarde fue memorable para ambos.
El verano de aquel año fue
particularmente corto para ellos. Aunque repitieron varias veces el recorrido y
el protocolo de pedir a los transeúntes. Finalmente, Johni decidió ponerse a
limpiar autos, pero temía que los muchachos que ya estaban ahí le hagan algo.
Entonces, sin titubear demasiado, decidió contarle todo a su hermano mayor para
que los acompañe y puedan reunir dinero para ayudar en casa. Fue su primer
trabajo independiente, su primer trabajo generado por él mismo. Ahora sólo
faltaba convencer a Enrique, el hermano tímido que terminó llorando cuando se
perdió y quedó sin pasaje para retornar a casa.
Enrique no supo que decir en un
principio, pero finalmente aceptó con una condición. Había que contarle a mamá.
Johni se arrepintió de haberle contado su aventura (la que ya había repetido
varias veces), pero se envalentonó y le contó todo a su madre para conseguir el
permiso e ir a limpiar autos a la plaza Dos de Mayo.
No sé si fue la maldición del
lugar, si el temor de Enrique, el destino que quiso protegerlos; pero a la
semana de haber empezado el negocio de limpieza de autos al paso, fueron
desalojados por una parvada de pirañitas que se posesionaron de esa cuadra de
la Avenida Colonial y no permitieron que ellos retornen. No sé si Johni volvió
a limpiar autos, lo que sí sé es que jamás volvió a compartir un sueño como
este con su hermano, hasta unos diez años después, cuando lo llevó a trabajar a
la fábrica de vidrios de San Carlos.
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