Andrea vivía hacía tres años en
San Juan de Lurigancho. Luego de regresar del viaje a Villa Virgen, fue directo
a Víctor Raúl Haya de la Torre para ver a Enrique, estuvo con él unas horas.
Luego de descansar, tomó sus cosas, alistó a Johni, Yeny y Jimy para enrumbar a
su hogar. El viaje era interminable, había que caminar hasta el grifo Túpac
Amaru (unas 20 cuadras desde la casa), esperar a la línea 73 para salir hasta
Acho o la avenida Abancay (este tramo tomaba una hora o más, según el tráfico y
la voluntad del conductor) para finalmente tomar la línea 23 o las combis que
llevaban hasta 10 de octubre. Era el tramo más largo y pesado.
El viaje en bus era una de las
experiencias más traumáticas para cualquier vecino de entonces. Para empezar,
las unidades venían llenas y en Acho la gente se agolpaba, corría tras el bus y
lo trepaba en pleno movimiento, a la volada, con el pie derecho, sujetándose de
cualquier parte o persona que pudiese retenerlo. Al interior era insoportable.
La cantidad de gente, la presión, los gritos, los olores, la bulla de las
bocinas, el olor a monóxido, el olor a combustible, todo era un trauma. Pero no
había otra forma de llegar. Eran los 90 minutos más largos de la vida. Al bajar
en el último paradero, había que tener mucho cuidado con las cosas, siempre había
ladrones esperando para arrebatar algo; claro, si no habías perdido alguna
prenda en el trayecto. Caminar desde el
paradero de la 23 de la avenida Wisse hasta la casa era de un dolor reparador.
La subida cansaba tanto como el viaje, pero el consuelo era que ya estaban cerca
de casa. Claro, si llovía o soleaba, entonces el tramo final se tornaba
desconsolado.
Enrique sufría para visitar a sus
hermanos y su madre. Cuántas veces prefirió quedarse en la soledad de Víctor
Raúl Haya de la Torre antes que cruzar Lima para reunirse con su familia.
Siempre encontraba una excusa para no ir, siempre ocurría algo que lo liberaba
de esa responsabilidad familiar. Es más, llegó a pensar que los apus y la
naturaleza misma entraban en conjunción para que ocurran los eventos extraños
que suspendieran su viaje. Las veces que fue, lo hizo llorando, de mala gana,
sin llegar a entender que su madre disfrutaba verlo esas pocas horas que él le
regalaba. Ella era feliz viendo a su hijo dormir un fin de semana junto a los
demás hermanos. Ella era feliz sabiendo que él disfrutaba muy en el fondo el reunirse,
aunque sea una vez al mes.
Él llegó a entender muy tarde, cuán
importante era para su madre verlo esas horas. Cuando Andrea enfermó con
cáncer, él tenía que trasladarse desde La Molina hasta 10 de octubre, acompañar
a su madre desahuciada unas pocas horas y luego retornar a su casa en
Bellavista, Callao. No le importaban las horas que podía pasar en el transporte
público cada día, no le importaban los olores ni los apretujones que lo molían
en cada viaje; todo eso valía la pena con tal de ver a Andrea un par de horas y
luego dejarla hasta el día siguiente. Cuando empezó a cansarse de ir todos los
días, recordó esos años de fastidio para visitarla y a sentir el dolor de su
madre en carne propia pues ella se moría cada día y era como despedirse en cada
noche sin saber si al día siguiente la vería. Dicen que la vida da vueltas y
Enrique entendió, con la lección más dolorosa, una pequeña parte de lo que su
madre habría sufrido en esos años de separación adolescente.
En mil novecientos ochenta y ocho
Enrique seguía soñando con que su padre maduraría e iría en busca de su madre,
se reconciliarían y vivirían juntos nuevamente. Lo deseó con todas sus fuerzas,
aunque no tantas como para logarlo.
Ese año Enrique se enamoró
nuevamente. Un verano antes se atrevió a
declararle su amor a la mujer más hermosa que dijo conocer. Le escribió una
carta explicándole todo lo que sentía, le dedicó los mejores versos que podía
producir su mente adolescente. Ella aceptó, le dijo SÍ a través de otra carta,
más escueta, menos versada, pero le dijo que sí. Fue el romance más tórrido que
recuerda Enrique, fueron muy felices, hicieron de todo, todo cuanto su mente
pudo imaginar, fueron muy atrevidos para amarse, para encontrarse en los
lugares más insólitos. En el exceso de la osadía, llegaron a tomarse de las
manos una noche, sólo una noche, sólo unos instantes, nunca más, sólo esa
noche. Pero lo disfrutaron tanto y perduró por siempre como el momento más
sublime de ese amor adolescente.
Pero el afecto tiene miles de
formas, miles de escenarios, miles de rostros. Al retornar al colegio
Libertador San Martín, vería una de esas formas, de las más extrañas y
dolorosas, de las más apasionadas y aromáticas. Ese año conoció a su mayor
inspiración adolescente, su maestra de literatura.
Cuando ella ingresó al aula de 3°
F, el griterío perturbador de los escolares casi la opaca, pero un grito potente
hizo que toda la clase enmudezca y preste atención. Ella no reparó en levantar
la voz para presentarse y dar las indicaciones a su nueva clase. Las venas
saltaban de su cuello, su rostro rojo no terminaba de encenderse con las
palabras que iba liberando de su garganta irritada. Parecía que se le
reventaban las cuerdas vocales en cualquier momento. Su mirada penetrante y el
ceño fruncido conjugaban con la seriedad de su rostro y el rigor de sus labios
delgados y suavemente delineados con algún labial de tono tenue. La marca de
una quemadura en el cuello se hacía enorme cuando se estiraba para dar más
instrucciones. Parecía una marca inmensa que saltaba de su blusa blanca. La
estatura baja de la maestra quedaba plenamente compensada con el férreo carácter
y manifiesto control de poder en la clase. Era única, era espectacular, era
simplemente hermosa.
La timidez que caracterizaba a
Enrique no sería problema para él. Ella dejó como tarea leer a Leandro Fernández
de Moratín y “el sí de las niñas” con la consigna de preparar una presentación
teatral. Él ensayó solo, en casa, repasó sus diálogos, los memorizó. Cuando se
sintió preparado ensayó con sus demás compañeros. No recuerda otra
presentación, no recuerda qué hicieron los demás, sólo recuerda que la tarde de
su actuación terminaron sorprendidos, aplaudiendo y silbando al elenco. Él fue
Carlos, Esther fue Paquita, quien le robó un extraño beso al cierre de la obra.
La profesora esbozó una sonrisa de agrado y felicitó a cada uno de los
integrantes.
Esa sonrisa fue especial. Nunca antes
vio esa forma de dibujar los labios para contornear la alegría de ver a sus
estudiantes cerrar una obra de teatro. Los hoyitos que formaron sus mejillas,
el brillo de sus ojos y la algarabía encubierta por la evaluación quedaron en
la retina de Enrique. Fue entonces que decidió escribirle. Cada noche le
dedicaba sus versos, escribía canciones, le dedicaba poemas. Él sabía que
tendría una oportunidad, sólo una, pero la aprovecharía. Desde entonces, se
preparó para ese instante. No desaprovechó oportunidad alguna para acercarse,
para sentir su aroma, para escuchar su voz, su respiración.
Pronto pudo completar un cuaderno
lleno de poemas. Ahora, debía pensar en cómo hacerlos llegar. A los 14 años, un
ser humano es capaz de las peores estupideces por amor, Enrique era tan humano
como cualquiera de su clase, pero no fue estúpido. Empezó a leer más, a leer
por amor. Se tornó en amante de la literatura española, en seguidor del Quijote,
en el emisor de Don Juan Tenorio, en el celador de Segismundo. Esta vez leía
por amor, por pasión, a tal punto que años después dudó de su vocación de
maestro pues tuvo que decidir entre ser profesor de Historia o profesor de Literatura.
Si, Enrique empezó a leer por
amor. No dos años atrás en que leyó por
odio, por venganza y terminó amando la Historia del Perú. La imagen fresca del
profesor Isla corrigiendo equivocadamente su examen sobre las culturas
peruanas, la lectura repasada y subrayada del libro de Gustavo Pons Muzzo que
le daba la razón y el abuso de poder del profesor jamás se borraron. Él juró
estudiar para que el profesor no vuelva a burlarse de su respuesta. Entonces,
leyó tanto que interrumpía las clases con preguntas de su libro, ponía en
aprietos al profesor, hacía dudar de sus respuestas. Lo disfrutó tanto que años
después prometió que sería maestro de historia para enseñar bien, para no
aburrir, para que sus estudiantes viajen con él al pasado y sientan que están
en el instante mismo del evento narrado.
Claro, no contó con toparse en el
tercer año de secundaria con la literatura hecha mujer. Ella lo podía todo. No
le importaban otras materias más que la Historia y la Literatura. Las veces que
dejó de visitar a su madre la llevaron a ir por su hijo. Andrea iba los fines
de semana a limpiar la casa, a lavarle la ropa, a almorzar con él, a salir a
comer yuquitas con hígado al mercado de Tahuantinsuyo, a caminar con el
pretexto de buscar a la amiga que dejó de ver hacía años. Él encontró la excusa
perfecta. Debía prepararse para las exposiciones, tenía que ensayar las obras,
debía ir a la casa de sus amigos para estudiar en grupo.
El cuaderno lleno de poemas tuvo
que esperar unos años para llegar a manos de la hermosa profesora de
literatura. Mientras tanto, las noches las tomó para seguir amando a su mujer
adolescente, a quien tomó de la mano y acarició por eternos segundos y nunca más
lo hizo, a quien besó apasionadamente en los sueños más perversos que haya
tenido, a quien ofreció las caricias más puras. Jamás la tocó, el beso se lo
dio otro, fue otro quien la tomó, el amor fue para otro.
Al terminar el tercer año de
secundaria, Enrique sufrió mucho pues su musa se iría también. Pero el destino
tenía una sorpresa para él. Mientras visitaba a su tío Guillermo en la
urbanización Palao, encontró a la profesora caminando con unos jóvenes. Ella
fue muy amable, lo saludó con una sonrisa tan o más hermosa como las que le
regalaba en clases.
- Hola Paz, cómo estás hijito,
qué alegría verte.
- Bien profesora, estoy visitando
a mi tío. Vive en la esquina de este parque.
- ¿En serio? Yo vivo a la
espalda, seguro que nos conocemos y ni idea que era tu tío.
- ¿Vive a la espalda del parque?
- Si hijo. Cuando quieras me
visitas. Qué gusto me dio verte. Salúdame a tus compañeros.
- Si profesora. Cuídese. Hasta pronto.
Ella no sabía lo que le esperaba.
Él se hizo una nueva promesa. El día que terminara su secundaria haría dos
cosas, las más locas y descabelladas que haya hecho hasta entonces: ir a la
peluquería para hacerse una permanente en el cabello lacio que tenía y
declararle su amor a la profesora.
Y así fue. En diciembre de mil
novecientos noventa, al terminar las clases, fue a casa, dejó sus cosas, tomó
el dinero que había reunido y se dirigió a la peluquería del mercado de
Tahuantinsuyo. Se hizo una permanente tan extravagante como la cola de cabello
que se dejó crecer años después. Faltaba la otra promesa, faltaba ir por la
maestra.
Se preparó toda la noche, pensó
en cada palabra que le diría, perdiendo el juicio de tiempo y espacio, de razón
y cordura. No tenía para el pasaje. Caminó desde Víctor Raúl Haya de la Torre
hasta Palao, cruzó toda la avenida Indoamérica, caminó por el frontis de su
colegio, pasó mirando la casa de su compañera Machuca, por el frontis del
colegio República de Colombia, por la bajada del Parque Las Leyendas (que nada
tiene que ver con el Parque de Las Leyendas de San Miguel), salió por el
paradero Inka Kola, caminó por la carretera Túpac Amaru, el paradero la
Farmacia, El Ermitaño, José Gálvez, La UNI, Palao. Por fin, en Palao. Se sentó
en la banca del primer parque que encontró. Había transpirado y era un mar de
agua. El cuaderno de poemas estaba doblado y con las marcas de la mano transpirada
por todo el recorrido. Lo pensó bien, lo meditó, se puso de pie y caminó hasta
la casa de su tío. Recordó la indicación, miró el parque, lo rodeó y peguntó a
la primera persona que vio si conocía a la mujer que andaba buscando. Sí, si la
conocía, era una señal, debía cumplir su promesa.
Llegó hasta la casa. Tocó el
timbre una vez, dos veces. Le temblaban las piernas, las manos estaban llenas
de sudor y el cuaderno de poemas empezaba a desmoronarse de tanta
transpiración. Sentía que le faltaba el aire, pero se dio valor para mantenerse
en pie y terminar con el cometido. Enrique
Guillermo Paz, el adolescente atrevido que le declararía su amor a la maestra
de secundaria que tenía grabado en su retina, no terminaba de entender lo que
hacía parado ahí, en la puerta de su maestra para leerle sus poemas de amor.
Tocó el timbre por tercera vez.
- Buenos días ¿Qué quiere?
- Buenos días señor, busco a la
profesora Denisse Huamán, ¿se encuentra en casa?
- ¿Y tú quién
eres?
- Soy su ex alumno del colegio
Libertador San Martín. Soy Enrique, dígale que soy Enrique.
- Denisse, mi amor, te llama un muchachito
de tu antiguo colegio.
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