lunes, 19 de agosto de 2019

MALDICIÓN PLATÓNICA


Andrea vivía hacía tres años en San Juan de Lurigancho. Luego de regresar del viaje a Villa Virgen, fue directo a Víctor Raúl Haya de la Torre para ver a Enrique, estuvo con él unas horas. Luego de descansar, tomó sus cosas, alistó a Johni, Yeny y Jimy para enrumbar a su hogar. El viaje era interminable, había que caminar hasta el grifo Túpac Amaru (unas 20 cuadras desde la casa), esperar a la línea 73 para salir hasta Acho o la avenida Abancay (este tramo tomaba una hora o más, según el tráfico y la voluntad del conductor) para finalmente tomar la línea 23 o las combis que llevaban hasta 10 de octubre. Era el tramo más largo y pesado.
El viaje en bus era una de las experiencias más traumáticas para cualquier vecino de entonces. Para empezar, las unidades venían llenas y en Acho la gente se agolpaba, corría tras el bus y lo trepaba en pleno movimiento, a la volada, con el pie derecho, sujetándose de cualquier parte o persona que pudiese retenerlo. Al interior era insoportable. La cantidad de gente, la presión, los gritos, los olores, la bulla de las bocinas, el olor a monóxido, el olor a combustible, todo era un trauma. Pero no había otra forma de llegar. Eran los 90 minutos más largos de la vida. Al bajar en el último paradero, había que tener mucho cuidado con las cosas, siempre había ladrones esperando para arrebatar algo; claro, si no habías perdido alguna prenda en el trayecto.  Caminar desde el paradero de la 23 de la avenida Wisse hasta la casa era de un dolor reparador. La subida cansaba tanto como el viaje, pero el consuelo era que ya estaban cerca de casa. Claro, si llovía o soleaba, entonces el tramo final se tornaba desconsolado.
Enrique sufría para visitar a sus hermanos y su madre. Cuántas veces prefirió quedarse en la soledad de Víctor Raúl Haya de la Torre antes que cruzar Lima para reunirse con su familia. Siempre encontraba una excusa para no ir, siempre ocurría algo que lo liberaba de esa responsabilidad familiar. Es más, llegó a pensar que los apus y la naturaleza misma entraban en conjunción para que ocurran los eventos extraños que suspendieran su viaje. Las veces que fue, lo hizo llorando, de mala gana, sin llegar a entender que su madre disfrutaba verlo esas pocas horas que él le regalaba. Ella era feliz viendo a su hijo dormir un fin de semana junto a los demás hermanos. Ella era feliz sabiendo que él disfrutaba muy en el fondo el reunirse, aunque sea una vez al mes.
Él llegó a entender muy tarde, cuán importante era para su madre verlo esas horas. Cuando Andrea enfermó con cáncer, él tenía que trasladarse desde La Molina hasta 10 de octubre, acompañar a su madre desahuciada unas pocas horas y luego retornar a su casa en Bellavista, Callao. No le importaban las horas que podía pasar en el transporte público cada día, no le importaban los olores ni los apretujones que lo molían en cada viaje; todo eso valía la pena con tal de ver a Andrea un par de horas y luego dejarla hasta el día siguiente. Cuando empezó a cansarse de ir todos los días, recordó esos años de fastidio para visitarla y a sentir el dolor de su madre en carne propia pues ella se moría cada día y era como despedirse en cada noche sin saber si al día siguiente la vería. Dicen que la vida da vueltas y Enrique entendió, con la lección más dolorosa, una pequeña parte de lo que su madre habría sufrido en esos años de separación adolescente.
En mil novecientos ochenta y ocho Enrique seguía soñando con que su padre maduraría e iría en busca de su madre, se reconciliarían y vivirían juntos nuevamente. Lo deseó con todas sus fuerzas, aunque no tantas como para logarlo.
Ese año Enrique se enamoró nuevamente.  Un verano antes se atrevió a declararle su amor a la mujer más hermosa que dijo conocer. Le escribió una carta explicándole todo lo que sentía, le dedicó los mejores versos que podía producir su mente adolescente. Ella aceptó, le dijo SÍ a través de otra carta, más escueta, menos versada, pero le dijo que sí. Fue el romance más tórrido que recuerda Enrique, fueron muy felices, hicieron de todo, todo cuanto su mente pudo imaginar, fueron muy atrevidos para amarse, para encontrarse en los lugares más insólitos. En el exceso de la osadía, llegaron a tomarse de las manos una noche, sólo una noche, sólo unos instantes, nunca más, sólo esa noche. Pero lo disfrutaron tanto y perduró por siempre como el momento más sublime de ese amor adolescente.
Pero el afecto tiene miles de formas, miles de escenarios, miles de rostros. Al retornar al colegio Libertador San Martín, vería una de esas formas, de las más extrañas y dolorosas, de las más apasionadas y aromáticas. Ese año conoció a su mayor inspiración adolescente, su maestra de literatura.
Cuando ella ingresó al aula de 3° F, el griterío perturbador de los escolares casi la opaca, pero un grito potente hizo que toda la clase enmudezca y preste atención. Ella no reparó en levantar la voz para presentarse y dar las indicaciones a su nueva clase. Las venas saltaban de su cuello, su rostro rojo no terminaba de encenderse con las palabras que iba liberando de su garganta irritada. Parecía que se le reventaban las cuerdas vocales en cualquier momento. Su mirada penetrante y el ceño fruncido conjugaban con la seriedad de su rostro y el rigor de sus labios delgados y suavemente delineados con algún labial de tono tenue. La marca de una quemadura en el cuello se hacía enorme cuando se estiraba para dar más instrucciones. Parecía una marca inmensa que saltaba de su blusa blanca. La estatura baja de la maestra quedaba plenamente compensada con el férreo carácter y manifiesto control de poder en la clase. Era única, era espectacular, era simplemente hermosa.
La timidez que caracterizaba a Enrique no sería problema para él. Ella dejó como tarea leer a Leandro Fernández de Moratín y “el sí de las niñas” con la consigna de preparar una presentación teatral. Él ensayó solo, en casa, repasó sus diálogos, los memorizó. Cuando se sintió preparado ensayó con sus demás compañeros. No recuerda otra presentación, no recuerda qué hicieron los demás, sólo recuerda que la tarde de su actuación terminaron sorprendidos, aplaudiendo y silbando al elenco. Él fue Carlos, Esther fue Paquita, quien le robó un extraño beso al cierre de la obra. La profesora esbozó una sonrisa de agrado y felicitó a cada uno de los integrantes.
Esa sonrisa fue especial. Nunca antes vio esa forma de dibujar los labios para contornear la alegría de ver a sus estudiantes cerrar una obra de teatro. Los hoyitos que formaron sus mejillas, el brillo de sus ojos y la algarabía encubierta por la evaluación quedaron en la retina de Enrique. Fue entonces que decidió escribirle. Cada noche le dedicaba sus versos, escribía canciones, le dedicaba poemas. Él sabía que tendría una oportunidad, sólo una, pero la aprovecharía. Desde entonces, se preparó para ese instante. No desaprovechó oportunidad alguna para acercarse, para sentir su aroma, para escuchar su voz, su respiración.
Pronto pudo completar un cuaderno lleno de poemas. Ahora, debía pensar en cómo hacerlos llegar. A los 14 años, un ser humano es capaz de las peores estupideces por amor, Enrique era tan humano como cualquiera de su clase, pero no fue estúpido. Empezó a leer más, a leer por amor. Se tornó en amante de la literatura española, en seguidor del Quijote, en el emisor de Don Juan Tenorio, en el celador de Segismundo. Esta vez leía por amor, por pasión, a tal punto que años después dudó de su vocación de maestro pues tuvo que decidir entre ser profesor de Historia o profesor de Literatura.
Si, Enrique empezó a leer por amor. No dos años atrás en  que leyó por odio, por venganza y terminó amando la Historia del Perú. La imagen fresca del profesor Isla corrigiendo equivocadamente su examen sobre las culturas peruanas, la lectura repasada y subrayada del libro de Gustavo Pons Muzzo que le daba la razón y el abuso de poder del profesor jamás se borraron. Él juró estudiar para que el profesor no vuelva a burlarse de su respuesta. Entonces, leyó tanto que interrumpía las clases con preguntas de su libro, ponía en aprietos al profesor, hacía dudar de sus respuestas. Lo disfrutó tanto que años después prometió que sería maestro de historia para enseñar bien, para no aburrir, para que sus estudiantes viajen con él al pasado y sientan que están en el instante mismo del evento narrado.
Claro, no contó con toparse en el tercer año de secundaria con la literatura hecha mujer. Ella lo podía todo. No le importaban otras materias más que la Historia y la Literatura. Las veces que dejó de visitar a su madre la llevaron a ir por su hijo. Andrea iba los fines de semana a limpiar la casa, a lavarle la ropa, a almorzar con él, a salir a comer yuquitas con hígado al mercado de Tahuantinsuyo, a caminar con el pretexto de buscar a la amiga que dejó de ver hacía años. Él encontró la excusa perfecta. Debía prepararse para las exposiciones, tenía que ensayar las obras, debía ir a la casa de sus amigos para estudiar en grupo.
El cuaderno lleno de poemas tuvo que esperar unos años para llegar a manos de la hermosa profesora de literatura. Mientras tanto, las noches las tomó para seguir amando a su mujer adolescente, a quien tomó de la mano y acarició por eternos segundos y nunca más lo hizo, a quien besó apasionadamente en los sueños más perversos que haya tenido, a quien ofreció las caricias más puras. Jamás la tocó, el beso se lo dio otro, fue otro quien la tomó, el amor fue para otro.
Al terminar el tercer año de secundaria, Enrique sufrió mucho pues su musa se iría también. Pero el destino tenía una sorpresa para él. Mientras visitaba a su tío Guillermo en la urbanización Palao, encontró a la profesora caminando con unos jóvenes. Ella fue muy amable, lo saludó con una sonrisa tan o más hermosa como las que le regalaba en clases.

- Hola Paz, cómo estás hijito, qué alegría verte.
- Bien profesora, estoy visitando a mi tío. Vive en la esquina de este parque.
- ¿En serio? Yo vivo a la espalda, seguro que nos conocemos y ni idea que era tu tío.
- ¿Vive a la espalda del parque?
- Si hijo. Cuando quieras me visitas. Qué gusto me dio verte. Salúdame a tus compañeros.
- Si profesora. Cuídese. Hasta pronto.

Ella no sabía lo que le esperaba. Él se hizo una nueva promesa. El día que terminara su secundaria haría dos cosas, las más locas y descabelladas que haya hecho hasta entonces: ir a la peluquería para hacerse una permanente en el cabello lacio que tenía y declararle su amor a la profesora.
Y así fue. En diciembre de mil novecientos noventa, al terminar las clases, fue a casa, dejó sus cosas, tomó el dinero que había reunido y se dirigió a la peluquería del mercado de Tahuantinsuyo. Se hizo una permanente tan extravagante como la cola de cabello que se dejó crecer años después. Faltaba la otra promesa, faltaba ir por la maestra.
Se preparó toda la noche, pensó en cada palabra que le diría, perdiendo el juicio de tiempo y espacio, de razón y cordura. No tenía para el pasaje. Caminó desde Víctor Raúl Haya de la Torre hasta Palao, cruzó toda la avenida Indoamérica, caminó por el frontis de su colegio, pasó mirando la casa de su compañera Machuca, por el frontis del colegio República de Colombia, por la bajada del Parque Las Leyendas (que nada tiene que ver con el Parque de Las Leyendas de San Miguel), salió por el paradero Inka Kola, caminó por la carretera Túpac Amaru, el paradero la Farmacia, El Ermitaño, José Gálvez, La UNI, Palao. Por fin, en Palao. Se sentó en la banca del primer parque que encontró. Había transpirado y era un mar de agua. El cuaderno de poemas estaba doblado y con las marcas de la mano transpirada por todo el recorrido. Lo pensó bien, lo meditó, se puso de pie y caminó hasta la casa de su tío. Recordó la indicación, miró el parque, lo rodeó y peguntó a la primera persona que vio si conocía a la mujer que andaba buscando. Sí, si la conocía, era una señal, debía cumplir su promesa.
Llegó hasta la casa. Tocó el timbre una vez, dos veces. Le temblaban las piernas, las manos estaban llenas de sudor y el cuaderno de poemas empezaba a desmoronarse de tanta transpiración. Sentía que le faltaba el aire, pero se dio valor para mantenerse en pie y terminar con el cometido.  Enrique Guillermo Paz, el adolescente atrevido que le declararía su amor a la maestra de secundaria que tenía grabado en su retina, no terminaba de entender lo que hacía parado ahí, en la puerta de su maestra para leerle sus poemas de amor. Tocó el timbre por tercera vez.

- Buenos días ¿Qué quiere?
- Buenos días señor, busco a la profesora Denisse Huamán, ¿se encuentra en casa?
- ¿Y tú quién eres?
- Soy su ex alumno del colegio Libertador San Martín. Soy Enrique, dígale que soy Enrique.
- Denisse, mi amor, te llama un muchachito de tu antiguo colegio.

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