lunes, 12 de agosto de 2019

TANTAS VECES LA MUERTE


“Desde Huamanga, Ayacucho, vía microondas, informamos que esta mañana dos embarcaciones más naufragaron en las turbulentas aguas del río Apurímac.  Los moradores del centro Poblado de Limatambo señalan que ambas embarcaciones pernoctaron en su comunidad y al amanecer intentaron cruzar la zona denominada El Itígalo, sin conseguirlo. Se calculan unas 50 personas desaparecidas.  Debemos recomendar a los viajeros que eviten la ruta de navegación en este río pues las lluvias se han intensificado y se calculan lluvias intensas para estos días. Desde Huamanga, Ayacucho, Para Radio Programas del Perú”.
Enrique no terminó de escuchar la noticia vespertina. Apagó el radio transmisor a pilas que tenía, miró fijamente al techo durante algunos minutos, respiró muy hondo, secó sus lágrimas y salió a comprar el pan para su desayuno.
En diciembre de 1987 Andrea había decidido viajar a Villa Virgen para ayudar a sus padres y traer algo de la cosecha para sus hijos. Concluidas las clases escolares, compró los pasajes para Jimy y Yeny, pero ya no alcanzaba para sus otros dos hijos. Entonces, conversó con Johni y le preguntó dónde le gustaría quedarse ese verano hasta su retorno. Él eligió quedarse en la tía Filomena, quien vivía en San Hilarión – San Juan de Lurigancho.  A sus doce años ya sabía de soledad y separaciones. La sonrisa pícara y sus ojitos saltones disimulaban muy bien la nostalgia que lo invadía cada vez que debía separarse de su madre. La pena de quedarse solo se dispersaba de a pocos con la tía Filo pues lo engreía a más no poder, era el hijo varón que nunca tuvo, era su preferido. Él sabía ganarse el cariño de la tía, ayudaba en casa, en el puesto del mercado, con los animales del corral, con los perros, Johni sabía quedarse solo.
Enrique seguía soñando con el retorno de su padre a casa. Se quedó a vivir en Víctor Raúl Haya de la Torre y fantaseaba con la reconstitución del matrimonio entre sus padres. La ilusión se fue muriendo de a pocos hasta que en 1990 decidió abandonar también a su padre y partir en busca de su madre. Esta vez, sería para siempre. Por esos días de diciembre de 1987, José Raúl trabajaba conduciendo una camioneta rural y no estaba muy cómodo con que su hijo mayor se haya quedado en Lima. Hubiese preferido que viajara con su madre, tenerlo en casa era demasiada responsabilidad para alguien acostumbrado a la libertad y a la soledad como él.
Enrique tuvo una serie de eventos terribles ese mes. La noticia de la caída del fokker  F-27 a principios del mes no terminaba de cerrar el dolor de perder a la mejor generación de futbolistas que pudo tener el club de sus amores. La radio acompañaba esas noches de soledad eternas que le enseñaron a convivir con los miedos y los fantasmas. Esa misma radio anunciaba la caída del avión, el hallazgo de los primeros cuerpos, confirmaba la tragedia más grande que haya cubierto al deporte nacional.  Ese martes por la noche no pudo dormir. Lloró por todos esos desconocidos que jamás vio, pero que admiraba y ahora extrañaba.
La nostalgia no le dio tiempo para sufrir más por ellos. El domingo 20 de diciembre las noticias de la radio señalaban que dos embarcaciones habían naufragado y su madre había viajado apenas hacía dos días. No había lista de fallecidos, no había sobrevivientes a quién preguntarle, no había teléfonos ni forma alguna de comunicarse de inmediato. Una carta demoraba en llegar una semana, era demasiado tiempo. Tenía que averiguar de alguna forma, los diarios locales tenían que informar algo de lo ocurrido. Pero nada, no había noticias.
“Desde San Francisco, informamos para la central informativa de RPP en Lima, la noche de ayer se encontró al motorista cuya embarcación naufragó hace unos días. Fue hallado inconsciente, varios kilómetros río abajo. Fue socorrido por los trabajadores del puerto y enviado en una camioneta hacia Huamanga para el hospital regional. Por referencia de los involucrados, el motorista respondería al nombre Donato Palomino”.
Escuchar esta noticia fue terrible para Enrique. Era su tío Donato, dueño de algunas embarcaciones que utilizaba para transportar mercadería hacia Villa Virgen. Seguramente él esperó a su hermana Andrea y a sus sobrinos para llevarlos a ver a su familia. La tragedia no terminaba de destrozar sus oídos pues seguían llegando reportes del enviado especial que tenía RPP en la zona. A la mañana siguiente reportaron el hallazgo de algunos cuerpos sin identificación.  El reportero señalaba que estaban hinchados e irreconocibles por los días expuestos al agua. La descripción que se brindaba por la radio era espantosa. Esa misma tarde encontraron a dos menores de edad de aproximadamente 10 y 7 años entre la arboleda cercana al centro poblado de Monterrico, en la margen derecha del río Apurímac.
Enrique quería ir al encuentro de su hermano menor, quería compartir la pena de la noticia casi confirmada. Era casi seguro que habían perdido a su madre y hermanos. José Raúl a medio entender, no le permitió ir a casa de la tía Filomena. Estaba muy lejos, podía perderse y ya era demasiado con tanta noticia nefasta paras esos días.
Una semana después el diario “El Correo” publicaba entre sus noticias regionales los nombres de algunos de los fallecidos. Leer la lista de muertos fue asqueroso para él. Terminó vomitando todo el desayuno. Sus intestinos expulsaron todo lo que pudieron, no paró hasta expulsar un líquido amarillo y amargo que terminó asustándolo. En la lista de 48 fallecidos había varios Palomino Guillén, Rojas y Espino. No encontraba el nombre de su madre ni de sus hermanos. Pero cómo encontrarlos, cómo. En el naufragio su madre pudo perder la libreta electoral y nadie sabría su nombre, a menos que alguien la identifique. Sus hermanos habían viajado sin partida de nacimiento. Nadie los conocía, nadie sabría quiénes eran. Era casi seguro que estaban entre los no identificados.
Por fin, Enrique logró ir a San Hilarión para ver a su hermano. Tomó la línea 50, demoró más de cuatro horas, cruzó todo Lima, pero llegó. Corrió desde el paradero hasta la casa de la tía Filomena. Llegó exhausto. José Arroyo, su tío, abrió la puerta, un poco confundido, abrió sus brazos para abrazarlo. Enrique no soportó más el dolor y se tendió a llorar. El tío José no soltó palabra alguna, como sospechando o sabiendo lo que ocurría. Lo llevó hasta la sala. Ahí estaba Johni. Lo abrazó fuerte para terminar de llorar.
-          Mamá se ha muerto, se ha muerto.
-          ¿Qué tienes? ¿Por qué dices eso?
-          Las noticias de la radio dicen que se voltearon dos botes en la selva. Encontraron a mi tío Donato.
-          ¿Y cómo sabes que es mi mamá?
-          No sé.
La tía Filo terminó consolando a su sobrino y dándole aliento para que esperen noticias de la familia. Solo era una posibilidad, pero no había nada confirmado para asegurar que su madre y sus hermanos habían muerto en las aguas del río Apurímac. Esa misma tarde retornó a Víctor Raúl Haya de la Torre a esperar más noticias. Así estuvo todo el verano. Esperando noticias. Esperando que le confirmaran la muerte de su madre.
Johni quedó preocupado con lo que su hermano había referido, pero no le quedaba tiempo para pensar en esas cosas. Quedarse solo en casa de los tíos no era lo que más le agradaba, él siempre le decía sí a todo lo que su madre le pedía, tenía un carácter muy particular, siempre estaba acompañado de una sonrisa para cada cosa que hacía. Tenía una mirada que encandilaba a la familia. Los hoyitos que se formaban en sus mejillas redondeaban la chispa que la familia esperaba en él siempre. Con el paso de las semanas, esa chispa también fue desapareciendo y la melancolía terminó por embargarlo. Les pidió a sus tíos que lo enviaran a casa de su hermano Enrique. Ellos se opusieron inicialmente, pero al verlo tan deprimido y cada vez más apático, optaron por embarcarlo y pedirle que se cuide.
Cuando Johni llegó a la casa de su hermano, se abrazaron fuertemente en un encuentro silencioso y doloroso. Ninguno lloró, como resignando la noticia que no terminaba de confirmarse. Se acompañaron esas semanas de incertidumbre y congoja. Se acompañaron muchas veces, muchos años más.
Para la quincena de marzo su madre ya debía retornar de ese viaje, pero pasaban los días y no había noticias de ella. Pronto empezarían las clases y ella seguía ausente, seguía lejana. Era usual que demorara unos días, pero ya no podían soportar más tanta incertidumbre.
“Informamos a nuestros radioyentes que las lluvias se han intensificado en regiones como Ayacucho. Hemos tenido fuertes precipitaciones en estos últimos días. Damos pase a nuestro corresponsal en la zona. Gracias Lima, aquí para informar que la tragedia nuevamente enluta a nuestro pueblo. Se han registrado una desgracia en las cercanías al puerto de San Francisco. Esta vez el naufragio de una embarcación ha cobrado la vida de 13 personas. Entre los pocos sobrevivientes se encuentra el mítico motorista “el mago” quien señala que venían de LecheMayo y luego de 8 horas de viaje, a pocos minutos de arribar al puerto, un enorme tronco golpeó los dos motores de la nave y terminó partiéndola en dos”.
Enrique y Johni se abrazaron y empezaron a llorar con tanta rabia que parecían estar gritando de dolor. El llanto alertó a la señora Macaria, quien fue de inmediato para verlos. No terminaba de entender lo que le explicaban los hermanos cuando escuchó una voz afuera.
-Abre la puerta hijito. Ven ayúdame con estas cosas. Ya llegamos Enrique, abre la puerta hijo.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

LOS AMIGOS

Por ese entonces aún no conocía a quienes serían sus amigos de la adolescencia y gran parte de su juventud: Koki, Edgar y Chachi. De ...