“Desde Huamanga, Ayacucho, vía microondas,
informamos que esta mañana dos embarcaciones más naufragaron en las turbulentas
aguas del río Apurímac. Los moradores
del centro Poblado de Limatambo señalan que ambas embarcaciones pernoctaron en
su comunidad y al amanecer intentaron cruzar la zona denominada El Itígalo, sin
conseguirlo. Se calculan unas 50 personas desaparecidas. Debemos recomendar a los viajeros que eviten
la ruta de navegación en este río pues las lluvias se han intensificado y se
calculan lluvias intensas para estos días. Desde Huamanga, Ayacucho, Para Radio
Programas del Perú”.
Enrique no terminó de escuchar la
noticia vespertina. Apagó el radio transmisor a pilas que tenía, miró fijamente
al techo durante algunos minutos, respiró muy hondo, secó sus lágrimas y salió
a comprar el pan para su desayuno.
En diciembre de 1987 Andrea había
decidido viajar a Villa Virgen para ayudar a sus padres y traer algo de la
cosecha para sus hijos. Concluidas las clases escolares, compró los pasajes
para Jimy y Yeny, pero ya no alcanzaba para sus otros dos hijos. Entonces,
conversó con Johni y le preguntó dónde le gustaría quedarse ese verano hasta su
retorno. Él eligió quedarse en la tía Filomena, quien vivía en San Hilarión –
San Juan de Lurigancho. A sus doce años
ya sabía de soledad y separaciones. La sonrisa pícara y sus ojitos saltones
disimulaban muy bien la nostalgia que lo invadía cada vez que debía separarse
de su madre. La pena de quedarse solo se dispersaba de a pocos con la tía Filo
pues lo engreía a más no poder, era el hijo varón que nunca tuvo, era su
preferido. Él sabía ganarse el cariño de la tía, ayudaba en casa, en el puesto
del mercado, con los animales del corral, con los perros, Johni sabía quedarse
solo.
Enrique seguía soñando con el
retorno de su padre a casa. Se quedó a vivir en Víctor Raúl Haya de la Torre y
fantaseaba con la reconstitución del matrimonio entre sus padres. La ilusión se
fue muriendo de a pocos hasta que en 1990 decidió abandonar también a su padre
y partir en busca de su madre. Esta vez, sería para siempre. Por esos días de
diciembre de 1987, José Raúl trabajaba conduciendo una camioneta rural y no estaba
muy cómodo con que su hijo mayor se haya quedado en Lima. Hubiese preferido que
viajara con su madre, tenerlo en casa era demasiada responsabilidad para
alguien acostumbrado a la libertad y a la soledad como él.
Enrique tuvo una serie de eventos
terribles ese mes. La noticia de la caída del fokker F-27 a principios del mes no terminaba de
cerrar el dolor de perder a la mejor generación de futbolistas que pudo tener
el club de sus amores. La radio acompañaba esas noches de soledad eternas que
le enseñaron a convivir con los miedos y los fantasmas. Esa misma radio
anunciaba la caída del avión, el hallazgo de los primeros cuerpos, confirmaba
la tragedia más grande que haya cubierto al deporte nacional. Ese martes por la noche no pudo dormir. Lloró
por todos esos desconocidos que jamás vio, pero que admiraba y ahora extrañaba.
La nostalgia no le dio tiempo
para sufrir más por ellos. El domingo 20 de diciembre las noticias de la radio
señalaban que dos embarcaciones habían naufragado y su madre había viajado
apenas hacía dos días. No había lista de fallecidos, no había sobrevivientes a
quién preguntarle, no había teléfonos ni forma alguna de comunicarse de
inmediato. Una carta demoraba en llegar una semana, era demasiado tiempo. Tenía
que averiguar de alguna forma, los diarios locales tenían que informar algo de
lo ocurrido. Pero nada, no había noticias.
“Desde San Francisco, informamos
para la central informativa de RPP en Lima, la noche de ayer se encontró al
motorista cuya embarcación naufragó hace unos días. Fue hallado inconsciente,
varios kilómetros río abajo. Fue socorrido por los trabajadores del puerto y
enviado en una camioneta hacia Huamanga para el hospital regional. Por
referencia de los involucrados, el motorista respondería al nombre Donato
Palomino”.
Escuchar esta noticia fue
terrible para Enrique. Era su tío Donato, dueño de algunas embarcaciones que
utilizaba para transportar mercadería hacia Villa Virgen. Seguramente él esperó
a su hermana Andrea y a sus sobrinos para llevarlos a ver a su familia. La
tragedia no terminaba de destrozar sus oídos pues seguían llegando reportes del
enviado especial que tenía RPP en la zona. A la mañana siguiente reportaron el
hallazgo de algunos cuerpos sin identificación. El reportero señalaba que estaban hinchados e
irreconocibles por los días expuestos al agua. La descripción que se brindaba
por la radio era espantosa. Esa misma tarde encontraron a dos menores de edad
de aproximadamente 10 y 7 años entre la arboleda cercana al centro poblado de
Monterrico, en la margen derecha del río Apurímac.
Enrique quería ir al encuentro de
su hermano menor, quería compartir la pena de la noticia casi confirmada. Era
casi seguro que habían perdido a su madre y hermanos. José Raúl a medio
entender, no le permitió ir a casa de la tía Filomena. Estaba muy lejos, podía
perderse y ya era demasiado con tanta noticia nefasta paras esos días.
Una semana después el diario “El
Correo” publicaba entre sus noticias regionales los nombres de algunos de los
fallecidos. Leer la lista de muertos fue asqueroso para él. Terminó vomitando todo
el desayuno. Sus intestinos expulsaron todo lo que pudieron, no paró hasta
expulsar un líquido amarillo y amargo que terminó asustándolo. En la lista de
48 fallecidos había varios Palomino Guillén, Rojas y Espino. No encontraba el
nombre de su madre ni de sus hermanos. Pero cómo encontrarlos, cómo. En el
naufragio su madre pudo perder la libreta electoral y nadie sabría su nombre, a
menos que alguien la identifique. Sus hermanos habían viajado sin partida de
nacimiento. Nadie los conocía, nadie sabría quiénes eran. Era casi seguro que
estaban entre los no identificados.
Por fin, Enrique logró ir a San
Hilarión para ver a su hermano. Tomó la línea 50, demoró más de cuatro horas, cruzó
todo Lima, pero llegó. Corrió desde el paradero hasta la casa de la tía
Filomena. Llegó exhausto. José Arroyo, su tío, abrió la puerta, un poco
confundido, abrió sus brazos para abrazarlo. Enrique no soportó más el dolor y
se tendió a llorar. El tío José no soltó palabra alguna, como sospechando o
sabiendo lo que ocurría. Lo llevó hasta la sala. Ahí estaba Johni. Lo abrazó
fuerte para terminar de llorar.
-
Mamá se ha muerto, se ha muerto.
-
¿Qué tienes? ¿Por qué dices eso?
-
Las noticias de la radio dicen que se voltearon
dos botes en la selva. Encontraron a mi tío Donato.
-
¿Y cómo sabes que es mi mamá?
-
No sé.
La tía Filo terminó consolando a
su sobrino y dándole aliento para que esperen noticias de la familia. Solo era
una posibilidad, pero no había nada confirmado para asegurar que su madre y sus
hermanos habían muerto en las aguas del río Apurímac. Esa misma tarde retornó a
Víctor Raúl Haya de la Torre a esperar más noticias. Así estuvo todo el verano.
Esperando noticias. Esperando que le confirmaran la muerte de su madre.
Johni quedó preocupado con lo que
su hermano había referido, pero no le quedaba tiempo para pensar en esas cosas.
Quedarse solo en casa de los tíos no era lo que más le agradaba, él siempre le
decía sí a todo lo que su madre le pedía, tenía un carácter muy particular,
siempre estaba acompañado de una sonrisa para cada cosa que hacía. Tenía una
mirada que encandilaba a la familia. Los hoyitos que se formaban en sus
mejillas redondeaban la chispa que la familia esperaba en él siempre. Con el
paso de las semanas, esa chispa también fue desapareciendo y la melancolía
terminó por embargarlo. Les pidió a sus tíos que lo enviaran a casa de su
hermano Enrique. Ellos se opusieron inicialmente, pero al verlo tan deprimido y
cada vez más apático, optaron por embarcarlo y pedirle que se cuide.
Cuando Johni llegó a la casa de
su hermano, se abrazaron fuertemente en un encuentro silencioso y doloroso.
Ninguno lloró, como resignando la noticia que no terminaba de confirmarse. Se
acompañaron esas semanas de incertidumbre y congoja. Se acompañaron muchas
veces, muchos años más.
Para la quincena de marzo su
madre ya debía retornar de ese viaje, pero pasaban los días y no había noticias
de ella. Pronto empezarían las clases y ella seguía ausente, seguía lejana. Era
usual que demorara unos días, pero ya no podían soportar más tanta incertidumbre.
“Informamos a nuestros radioyentes
que las lluvias se han intensificado en regiones como Ayacucho. Hemos tenido
fuertes precipitaciones en estos últimos días. Damos pase a nuestro corresponsal
en la zona. Gracias Lima, aquí para informar que la tragedia nuevamente enluta
a nuestro pueblo. Se han registrado una desgracia en las cercanías al puerto de
San Francisco. Esta vez el naufragio de una embarcación ha cobrado la vida de
13 personas. Entre los pocos sobrevivientes se encuentra el mítico motorista “el
mago” quien señala que venían de LecheMayo y luego de 8 horas de viaje, a pocos
minutos de arribar al puerto, un enorme tronco golpeó los dos motores de la
nave y terminó partiéndola en dos”.
Enrique y Johni se abrazaron y
empezaron a llorar con tanta rabia que parecían estar gritando de dolor. El
llanto alertó a la señora Macaria, quien fue de inmediato para verlos. No
terminaba de entender lo que le explicaban los hermanos cuando escuchó una voz
afuera.
-Abre la puerta hijito. Ven
ayúdame con estas cosas. Ya llegamos Enrique, abre la puerta hijo.
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