jueves, 3 de octubre de 2019

LOS COMPAÑEROS


- Radio Cora, desde Lima
- yo soy Cora
- Nos preocupa, amables oyentes. Nos preocupa la ola de terror que se viene sembrando en nuestra ciudad. Hasta cuando hemos de soportar el terror que vienen difuminando los grupos delincuenciales en nombre de la libertad. Sólo en estos días se han reportado una decena de atentados terroristas y más de una docena de incursiones subversivas. Las zonas más afectadas en estos días han sido San Juan de Lurigancho y Villa El Salvador. Nos preocupa, amables oyentes.
- yo soy Cora
- Bien, señoras y señores, radio Cora del Perú, de la Compañía Radiofónica Lima Sociedad anónima, termina sus actividades pertenecientes al día de hoy. Esperamos haberles acompañado y que mañana nos acompañen ustedes, cuando tempranito estemos tocando a las puertas de vuestra sintonía en los 600 kilociclos de vuestra onda media. Les deseamos un reparador descanso y pedimos a Dios que nos de la suerte de volver mañana para seguir haciendo patria.
Radio Cora del Perú se despide de ustedes hasta mañana. Buenas noches.

Esa noche fue premonitoria la voz de Don Juan Ramírez Lazo, fundador de Radio Cora, radio que Enrique aprendió a escuchar por su padre, quien, pese a su vida azarosa, logró sembrar costumbres como esta. Además, la voz de Diana García diciendo “Yo soy Cora” le generaban una sensación extraña. Era un deleite escucharla esos segundos previos a la voz gruesa y resonante del locutor.
Había terminado la programación a la media noche y no lograba conciliar el sueño. Muchas cosas daban vueltas en la cabeza y no terminaban de ordenarse. Dormir con todos sus hermanos y en una cama improvisada que se armaba cada noche para que puedan entrar los cuatro era toda una proeza. Dormir así era terrible.
-Todos afuera carajo. Todos afuera.
- Abran sus puertas, abran o las bajamos a patadas, sarta de terrucos.
- A la pampa, a la pampa.
Las tanquetas ingresaron casi a las dos de la madrugada. El ruido fue intenso. Fue como si hubiesen avanzado en silencio hasta unas cuadras del Asentamiento Humano 10 de octubre y de repente encendieron los motores y estallaron en gritos y disparos al aire que horrorizaron a todos los vecinos.
Grandes y pequeños, mujeres y hombres, niños, jóvenes, todos eran llevados a la pampa, al pie del cerro, todos boca abajo y con las manos a la nuca, temblando o llorando, con los nervios destrozados y temiendo por la vida de uno de los suyos o su propia existencia. La vida esa noche fue tan frágil como el viento que levantaba el arenal, mudo testigo de los excesos que cometieron los soldados del ejército que –en pleno operativo militar- dieron muestras del poder que puede dar un arma de fuego o cientos de ellas ante civiles desarmados y entre ellos subversivos responsables de tamaño abuso.
El domingo previo a la incursión, acaso la razón para que se hayan presentado, los compañeros –como se hacían llamar- ingresaron al mercado modelo de 10 de octubre y dieron manifiesta evidencia del poder que ostentaban.
Tomaron las seis puertas que tenía el mercado, las cerraron y colocaron centinelas en cada una de ellas, la cúpula principal se dirigió a la cabina de locución y empezó a arengar al “presidente Gonzalo” durante varios minutos. Pero, en plena toma del mercado, el infortunio hizo que un delincuente novato tome la bolsa de compras de alguna desconocida señora. Ella empezó a gritar desesperada sin presagiar lo que ocurriría en los próximos minutos. Los subversivos cercaron el mercado, rodearon cada entrada y avanzaron cual cadena hacia el centro hasta dar con el delincuente. Él, totalmente consternado y sabiendo su destino, empezó a llorar y pedir perdón a la señora y a los terroristas que lo tenían del brazo. Todo fue en vano, no hubo clemencia para él.
Dos de ellos lo tomaron de los brazos y ataron a un poste de alumbrado que estaba en el pasaje del mercado, en tanto que le iban hablando sobre su delito y el daño que le causaba a la gente del pueblo. La mujer que estaba al mando se acercó, le dijo algo al oído, se alejó casi un metro, sacó su arma de entre la chompa, apuntó al delincuente y le pidió que pida perdón a la señora que había robado. El hombre no podía hablar. Apenas si se entendía alguna palabra. Eso enfureció más a la mujer, quien rastrilló su arma y amenazó con disparar si no veía su arrepentimiento.
El hombre no terminó de hablar y una bala atravesó su cráneo, dejándolo con un rostro de estupor cubierto con sangre.  Los que observaban el evento quedaron atónitos, pero enmudecidos y sin levantar el rostro para no identificar a los terroristas que podían desatar una masacre en ese momento. Alguien tomó un cartón, escribió “así mueren los ladrones” lo ató al cuello del ejecutado. Gritó algunas arengas a su líder y empezaron a retirarse. El casete que dejaron en la cabina duró casi veinte minutos con canciones y discursos sobre la revolución.
La policía no llegó sino hasta el día siguiente. El cuerpo estuvo ahí, sin ser tocado. Hacerlo hubiese provocado la ira de los terrucos, manifestaron los socios del mercado cuando los militares llegaron acompañando a una patrulla policial. Ellos ya no entraban solos. La comisaría de Santa Beatriz había sufrido un atentado con explosivos en un Volkswagen abandonado. Una patrulla fue volada a pedazos con anfo colocado en un triciclo y atado a su parachoques mientras realizaban un operativo en el paradero 5 de la avenida Wisse. Era una locura ingresar sin seguridad militar.
Esa madrugada los militares buscaban algo. Ese algo que algunos vecinos conocían, pero ocultaban por temor a perder la vida o a sus familias. No importaba violar los derechos de las personas. Había que encontrar algo. Sólo eso. Sentir las botas en la cabeza o la punta del zapato hundiendo el vientre era mejor que una bala atravesando tu cuerpo.
- Teniente, aquí hay algo teniente.
- Hable claro soldado.
- Tango Uniforme Charlie Óscar, repito Tango Uniforme Charlie Óscar.
- Tráiganlo carajo. Así que tenemos a un camarada. Vamos a saludarlo soldado, háganle los honores.
Lo arrastraron de los pies por casi dos cuadras hasta la pampa. Todas las luces se dirigieron hacia él. Las patadas fueron el recibimiento inicial. Luego, las luces en el rostro y unos artefactos que metían entre sus prendas y lo hacían gritar tan fuerte que su sola voz hacía llorar y suplicar a la gente que estaba tendida en la pampa.
Su casa fue literalmente destruida. Hallaron bolsas llenas de propaganda subversiva. Los panfletos habían sido escondidos en la letrina, pero eso no fue impedimento para desprenderse con cuerdas y sacarlas como evidencia para detener al terrorista que había estado como un vecino más durante los últimos tres años.
Junto al él, cayeron cinco más. Desconocidos todos, gente que jamás se había visto en el asentamiento humano y que esa noche le dieron el estigma de terrucos a los vecinos de 10 de octubre. Por eso lo declararon zona roja, con presencia militar casi permanente por esos meses. Fueron cayendo uno tras otro, los dirigentes vecinales, el presidente del mercado, algunos comerciantes. La gente no sabía a quién temerle más, si a los terroristas que estaban encubiertos entre ellos o a los militares que incursionaban con uso y abuso de su poder.
Esa operación militar culminó con los primeros rayos de sol. En la retina de Enrique quedaron plasmadas cada uno de los abusos cometidos, quedó pensando en jamás regresar a ese lugar; pero ahí vivían su madre y sus hermanos, vivían sus nuevos amigos. Recordó la voz de Don Juan Ramírez lazo, recordó la nota premonitoria de la noche anterior, recordó el sueño que tuvo algunos días atrás y se dio cuenta que se había estado preparando para ese momento.

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