- Radio Cora, desde
Lima
- yo soy Cora
- Nos preocupa, amables
oyentes. Nos preocupa la ola de terror que se viene sembrando en nuestra
ciudad. Hasta cuando hemos de soportar el terror que vienen difuminando los
grupos delincuenciales en nombre de la libertad. Sólo en estos días se han
reportado una decena de atentados terroristas y más de una docena de
incursiones subversivas. Las zonas más afectadas en estos días han sido San
Juan de Lurigancho y Villa El Salvador. Nos preocupa, amables oyentes.
- yo soy Cora
- Bien, señoras y
señores, radio Cora del Perú, de la Compañía Radiofónica Lima Sociedad anónima,
termina sus actividades pertenecientes al día de hoy. Esperamos haberles
acompañado y que mañana nos acompañen ustedes, cuando tempranito estemos
tocando a las puertas de vuestra sintonía en los 600 kilociclos de vuestra onda
media. Les deseamos un reparador descanso y pedimos a Dios que nos de la suerte
de volver mañana para seguir haciendo patria.
Radio Cora del Perú se
despide de ustedes hasta mañana. Buenas noches.
Esa noche fue premonitoria la voz de
Don Juan Ramírez Lazo, fundador de Radio Cora, radio que Enrique aprendió a escuchar
por su padre, quien, pese a su vida azarosa, logró sembrar costumbres como
esta. Además, la voz de Diana García diciendo “Yo soy Cora” le generaban una sensación
extraña. Era un deleite escucharla esos segundos previos a la voz gruesa y
resonante del locutor.
Había terminado la programación a la
media noche y no lograba conciliar el sueño. Muchas cosas daban vueltas en la
cabeza y no terminaban de ordenarse. Dormir con todos sus hermanos y en una
cama improvisada que se armaba cada noche para que puedan entrar los cuatro era
toda una proeza. Dormir así era terrible.
-Todos afuera carajo. Todos afuera.
- Abran sus puertas, abran o las
bajamos a patadas, sarta de terrucos.
- A la pampa, a la pampa.
Las tanquetas ingresaron casi a las
dos de la madrugada. El ruido fue intenso. Fue como si hubiesen avanzado en
silencio hasta unas cuadras del Asentamiento Humano 10 de octubre y de repente
encendieron los motores y estallaron en gritos y disparos al aire que
horrorizaron a todos los vecinos.
Grandes y pequeños, mujeres y
hombres, niños, jóvenes, todos eran llevados a la pampa, al pie del cerro,
todos boca abajo y con las manos a la nuca, temblando o llorando, con los
nervios destrozados y temiendo por la vida de uno de los suyos o su propia
existencia. La vida esa noche fue tan frágil como el viento que levantaba el
arenal, mudo testigo de los excesos que cometieron los soldados del ejército
que –en pleno operativo militar- dieron muestras del poder que puede dar un
arma de fuego o cientos de ellas ante civiles desarmados y entre ellos subversivos
responsables de tamaño abuso.
El domingo previo a la incursión,
acaso la razón para que se hayan presentado, los compañeros –como se hacían
llamar- ingresaron al mercado modelo de 10 de octubre y dieron manifiesta
evidencia del poder que ostentaban.
Tomaron las seis puertas que tenía el
mercado, las cerraron y colocaron centinelas en cada una de ellas, la cúpula
principal se dirigió a la cabina de locución y empezó a arengar al “presidente
Gonzalo” durante varios minutos. Pero, en plena toma del mercado, el infortunio
hizo que un delincuente novato tome la bolsa de compras de alguna desconocida
señora. Ella empezó a gritar desesperada sin presagiar lo que ocurriría en los
próximos minutos. Los subversivos cercaron el mercado, rodearon cada entrada y
avanzaron cual cadena hacia el centro hasta dar con el delincuente. Él,
totalmente consternado y sabiendo su destino, empezó a llorar y pedir perdón a
la señora y a los terroristas que lo tenían del brazo. Todo fue en vano, no
hubo clemencia para él.
Dos de ellos lo tomaron de los brazos
y ataron a un poste de alumbrado que estaba en el pasaje del mercado, en tanto
que le iban hablando sobre su delito y el daño que le causaba a la gente del
pueblo. La mujer que estaba al mando se acercó, le dijo algo al oído, se alejó
casi un metro, sacó su arma de entre la chompa, apuntó al delincuente y le
pidió que pida perdón a la señora que había robado. El hombre no podía hablar.
Apenas si se entendía alguna palabra. Eso enfureció más a la mujer, quien
rastrilló su arma y amenazó con disparar si no veía su arrepentimiento.
El hombre no terminó de hablar y una
bala atravesó su cráneo, dejándolo con un rostro de estupor cubierto con
sangre. Los que observaban el evento
quedaron atónitos, pero enmudecidos y sin levantar el rostro para no
identificar a los terroristas que podían desatar una masacre en ese momento. Alguien
tomó un cartón, escribió “así mueren los ladrones” lo ató al cuello del
ejecutado. Gritó algunas arengas a su líder y empezaron a retirarse. El casete
que dejaron en la cabina duró casi veinte minutos con canciones y discursos
sobre la revolución.
La policía no llegó sino hasta el día
siguiente. El cuerpo estuvo ahí, sin ser tocado. Hacerlo hubiese provocado la
ira de los terrucos, manifestaron los socios del mercado cuando los militares
llegaron acompañando a una patrulla policial. Ellos ya no entraban solos. La
comisaría de Santa Beatriz había sufrido un atentado con explosivos en un Volkswagen
abandonado. Una patrulla fue volada a pedazos con anfo colocado en un triciclo
y atado a su parachoques mientras realizaban un operativo en el paradero 5 de
la avenida Wisse. Era una locura ingresar sin seguridad militar.
Esa madrugada los militares buscaban
algo. Ese algo que algunos vecinos conocían, pero ocultaban por temor a perder
la vida o a sus familias. No importaba violar los derechos de las personas. Había
que encontrar algo. Sólo eso. Sentir las botas en la cabeza o la punta del
zapato hundiendo el vientre era mejor que una bala atravesando tu cuerpo.
- Teniente, aquí hay algo teniente.
- Hable claro soldado.
- Tango Uniforme Charlie Óscar,
repito Tango Uniforme Charlie Óscar.
- Tráiganlo carajo. Así que tenemos a
un camarada. Vamos a saludarlo soldado, háganle los honores.
Lo arrastraron de los pies por casi
dos cuadras hasta la pampa. Todas las luces se dirigieron hacia él. Las patadas
fueron el recibimiento inicial. Luego, las luces en el rostro y unos artefactos
que metían entre sus prendas y lo hacían gritar tan fuerte que su sola voz
hacía llorar y suplicar a la gente que estaba tendida en la pampa.
Su casa fue literalmente destruida. Hallaron
bolsas llenas de propaganda subversiva. Los panfletos habían sido escondidos en
la letrina, pero eso no fue impedimento para desprenderse con cuerdas y
sacarlas como evidencia para detener al terrorista que había estado como un
vecino más durante los últimos tres años.
Junto al él, cayeron cinco más. Desconocidos
todos, gente que jamás se había visto en el asentamiento humano y que esa noche
le dieron el estigma de terrucos a los vecinos de 10 de octubre. Por eso lo
declararon zona roja, con presencia militar casi permanente por esos meses. Fueron
cayendo uno tras otro, los dirigentes vecinales, el presidente del mercado,
algunos comerciantes. La gente no sabía a quién temerle más, si a los
terroristas que estaban encubiertos entre ellos o a los militares que
incursionaban con uso y abuso de su poder.
Esa operación militar culminó con los
primeros rayos de sol. En la retina de Enrique quedaron plasmadas cada uno de
los abusos cometidos, quedó pensando en jamás regresar a ese lugar; pero ahí
vivían su madre y sus hermanos, vivían sus nuevos amigos. Recordó la voz de Don
Juan Ramírez lazo, recordó la nota premonitoria de la noche anterior, recordó
el sueño que tuvo algunos días atrás y se dio cuenta que se había estado
preparando para ese momento.
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