lunes, 7 de octubre de 2019

LOS AMIGOS



Por ese entonces aún no conocía a quienes serían sus amigos de la adolescencia y gran parte de su juventud: Koki, Edgar y Chachi. De ellos, dos terminarían en el servicio militar por voluntad propia y dolor de sus padres. Servir a la patria en esos días era terrible pues podías ir al servicio y no se sabía si volverías o no.
Esa madrugada los militares nos hicieron ver el poder que tenían con el fusil y las botas, unos días atrás, los terroristas nos mostraban su poder con la ejecución de un ladrón. Estábamos en medio de dos fuegos y cualquier cosa nos podía pasar. Unas veces para bien otras veces para mal, muchas veces para la incertidumbre. Era difícil dormir así.
En mil novecientos ochenta y ocho cualquier cosa podía pasar. En el asentamiento humano 10 de octubre, lugar donde vivían Andrea y sus hijos contar con los servicios básicos era un lujo. Para tener agua se debía contar con baldes, tinas, cilindros y correr tras la cisterna que distribuía agua a precio de oro. Bañarse era un lujo que se cumplía con un balde y una jarra para echar agua al cuerpo. La ducha era un accesorio de la televisión. La electricidad se traía de manera clandestina desde la avenida Wisse, a través de cables colocados en postes de eucalipto y algunos metros antes de llegar a la avenida, se enterraban para evitar que los descubran. Los más avezados tomaban los alicates y pelaban los cables de alta tensión, colocaban los cables que venían desde las casas y colocaban un par de mechas para soltar la luz. Los vecinos debían hacer guardia pues los ladrones se llevaban los cables sin ningún remordimiento. A veces pasaban los compañeros y los hacían formar y gritar vivas al presidente Gonzalo. A veces pasaban los cachacos y los confundían con terrucos al punto que se llevaban a algunos o les hacían pasar un mal rato con insultos y ejercicios inhumanos.
Ese fue el año de la híper inflación. Fue el año de las grandes colas y la escasez de alimentos, el año de los saqueos y asaltos a los mercados de abastos.  Ese fue el año en que Johni, Jimy y Enrique iban hasta el grifo Bayóvar a conseguir kerosene. Iban en un coche para jalar los galones que debían llevar hasta la casa. Sólo ellos saben las veces que rodaron por la calle por ir distraídos o las veces que bajaron hasta el grifo para encontrarlo cerrado.
Se hizo habitual escuchar una explosión, ver los chispazos que fulguraban en el cielo, el consecuente apagón y tinieblas acompañado de los ladridos incesantes y tétricos de los perros. Era una combinación de llanto y gemido canino que auguraba una noche oscura y complicada. Ya no resultaba extraño ver a los militares llegar en camiones y bajar dando gritos, rastrillar sus armas, patear puertas, detener a personas que veías todos los días y considerabas tus vecinos y de repente estaban subiendo a empellones a los camiones militares con propaganda subversiva, armas, trapos rojos, una veces callados y resignados, otras veces gritando y desagarrando el alma de los que observaban la escena.
Algunas veces las columnas subversivas pasaban de madrugada por el asentamiento humano, otras veces, a plena luz del día, se trasladaban entre los cerros que rodeaban la zona. Los veías en grupos de 20 o 30 personas, con ropas oscuras, algunos con pañoletas rojas, otros con pasamontañas, ese año ya había algunos que se dejaban ver el rostro, ya sabías que era el vecino de la otra manzana. Las noches empezaron a iluminarse con latas de kerosene y mechas de trapos formando figuras intimidantes. La hoz y el martillo, PCP, SL eran figuras comunes entre los cerros de Diez de Octubre, Mariátegui, Saul Cantoral, Juan Pablo II.
Es probable que estas acciones hayan acusado un hondo resentimiento en Koki y Edgar. De almas inquietas y juguetonas, pasaron a formarse en la más rígida disciplina de entonces, el servicio militar.  Edgar no llegó a salir de Lima, tuvo patrullaje contra subversivo en Ancón, Callao, formación templaria en la mismísima isla San Lorenzo, de donde sólo él sabe los ejercicios y prácticas a las que fue expuesto en nombre del servicio y el amor a su patria.
Koki en cambio, desoyendo a sus padres y amigos, se presentó de voluntario para ir a la zona roja. Vio caer a más de un amigo, tuvo entre sus manos a aquel compañero de armas que le pidió el último deseo tras caer abatido por una emboscada senderista. Hoy mismo, cuando cuenta estos hechos, sus ojos brillan de manera particular, con una combinación de rabia, frustración y congoja por esos años perdidos en la selva peruana, por esa herida que tuvo que cerrar en su vida para no morir con las almas que llevó a la otra vida.
Hace poco, mientras contaba una de las historias que tiene, recordó la canción que los infantes de marina entonaban cuando se adentraban en la espesa selva peruana.
Cuando mi patria estuvo en peligro
A infantería me presenté
El camuflado vestí
Por ella de mis padres me despedí.
No llores madre querida el destino lo quiso así
Salgan muchachas a los balcones
Que los batallones van a pasar
Salgan a rendir los honores
A los galones de un militar

Mientras Enrique retornaba a casa, observaba por la ventana a algunos oficiales de la Marina de Guerra del Perú subir a una de esas unidades informales de la avenida Colmena para ir por toda la avenida Colonial hasta la Fortaleza del Real Felipe en el Callao. Observarlos hizo que los recuerdos que golpeaban su memoria con los atentados del año ochenta y ocho salten al incidente que vivió Johni por llegar tarde a casa en una de esas noches de terror.
Caminar pasada la media noche fue algo que no repetiría por mucho tiempo pues a pocos metros de la casa, fue interceptado por un desconocido que lo apuntó con un arma de fuego directo a la cabeza.
- ¿Quién eres tú?
- Johni, Johni Raúl, señor
- ¿Dónde vives?
- En la Manzana D- 4 lote 17, señor.
- Ah ya, pasa nomás. Cualquier cosa sólo me buscas. Soy el agente X-12 para darle seguridad al barrio.
El tipo bajó el arma, dejó que Johni avance unos metros, dio la vuelta y desapareció entre las sombras de las calles. Nunca más se supo de él, nunca más apareció el famoso agente X – 12 que casi le vuela la tapa de los sesos por llegar tarde a casa. Incluso, en este momento, podría pensar que no era ni agente ni terruco, acaso era un loco de aquellos que –afectado por la violencia que vivió el Perú- terminó traumado y en un mundo de fantasía del que sólo él sabría cómo salir.
La gente llegó a tener un servicio de alarma que corría la voz desde la avenida hasta las casas más lejanas para evitar enfrentamientos con cualquiera de estos bandos.
- cachacos, chachacos. Gritaban unas veces
- Los cumpas, los cumpas, referían otras tantas.
Sabido era que si llegaban los chachacos debían ocultar todo aquello que pueda implicarlos. Muchas veces se escucharon caer bolsas pesadas al techo de la casa de doña Andrea. La incursión militar siempre terminaba con algún detenido por hallarle o propaganda o armas o prendas con los símbolos de su revolución. A la mañana siguiente se revisaba el techo y encontraban bolsas llenas de propaganda subversiva, discursos terroristas, invitaciones a la revolución. Andrea siempre dijo que Dios y los Apus de la sierra estaban con ella y su familia pues los militares jamás encontraron algo en su casa, pese a que en más de una ocasión revisaron desde el techo hasta las camas y colchones de sus hijos.
Enrique también recordó a Arturo, el joven que conoció accidentalmente en el paradero final de la línea 23 y que aprendió a tolerar en las tantas veces que sospechosamente se encontraba con él en el camino a la casa de su madre.
Unas veces silbaba, otras veces tarareaba, pero la mayoría de las veces iba cantando a Martina Portocarrero mientras acompañaba en la ruta a Enrique.
Vengan todos a ver
¡Ay, vamos a ver!
Vengan hermanos a ver
¡Ay, vamos a ver!
En la plazuela de Huanta.
Amarillito, amarillando
Flor de retama.
Por cinco esquinas están,
Los Sinchis entrando están.
En la plazuela de Huanta
Los Sinchis rodeando están.
Van a matar estudiantes
Huantinos de corazón,
Amarillito, amarillando
Flor de retama;
Van a matar campesinos
Huantinos de corazón,
Amarillito, amarillando
Flor de retama.

Una de las últimas veces que lo vio fue camino al colegio José Carlos Mariátegui, donde decía trabajar en la limpieza del centro.  Aquella vez, Arturo lo siguió hasta su casa y le propuso llevarlo a la reunión de jóvenes revolucionarios que querían cambiar el destino del país. La Negra ladró tan fuerte que Enrique se asustó y le pidió que se marchara. Unos meses después, al no tener más noticias del él, se atrevió a ir hasta el Asentamiento Humano José Carlos Mariátegui. Caminó varias cuadras hasta llegar a la enorme pampa que luego sería conocida como el estadio, caminó cuesta abajo hasta llegar a la explanada del colegio. Se acercó a la portería, preguntó por Arturo Aramayo. Nadie lo conocía ni había oído de él. Algunos años después se encontraron en la Universidad Nacional Federico Villarreal, durante la toma del local en protesta contra el auto golpe de Alberto Fujimori y la ley de intervención de universidades que se venía aplicando.





jueves, 3 de octubre de 2019

LOS COMPAÑEROS


- Radio Cora, desde Lima
- yo soy Cora
- Nos preocupa, amables oyentes. Nos preocupa la ola de terror que se viene sembrando en nuestra ciudad. Hasta cuando hemos de soportar el terror que vienen difuminando los grupos delincuenciales en nombre de la libertad. Sólo en estos días se han reportado una decena de atentados terroristas y más de una docena de incursiones subversivas. Las zonas más afectadas en estos días han sido San Juan de Lurigancho y Villa El Salvador. Nos preocupa, amables oyentes.
- yo soy Cora
- Bien, señoras y señores, radio Cora del Perú, de la Compañía Radiofónica Lima Sociedad anónima, termina sus actividades pertenecientes al día de hoy. Esperamos haberles acompañado y que mañana nos acompañen ustedes, cuando tempranito estemos tocando a las puertas de vuestra sintonía en los 600 kilociclos de vuestra onda media. Les deseamos un reparador descanso y pedimos a Dios que nos de la suerte de volver mañana para seguir haciendo patria.
Radio Cora del Perú se despide de ustedes hasta mañana. Buenas noches.

Esa noche fue premonitoria la voz de Don Juan Ramírez Lazo, fundador de Radio Cora, radio que Enrique aprendió a escuchar por su padre, quien, pese a su vida azarosa, logró sembrar costumbres como esta. Además, la voz de Diana García diciendo “Yo soy Cora” le generaban una sensación extraña. Era un deleite escucharla esos segundos previos a la voz gruesa y resonante del locutor.
Había terminado la programación a la media noche y no lograba conciliar el sueño. Muchas cosas daban vueltas en la cabeza y no terminaban de ordenarse. Dormir con todos sus hermanos y en una cama improvisada que se armaba cada noche para que puedan entrar los cuatro era toda una proeza. Dormir así era terrible.
-Todos afuera carajo. Todos afuera.
- Abran sus puertas, abran o las bajamos a patadas, sarta de terrucos.
- A la pampa, a la pampa.
Las tanquetas ingresaron casi a las dos de la madrugada. El ruido fue intenso. Fue como si hubiesen avanzado en silencio hasta unas cuadras del Asentamiento Humano 10 de octubre y de repente encendieron los motores y estallaron en gritos y disparos al aire que horrorizaron a todos los vecinos.
Grandes y pequeños, mujeres y hombres, niños, jóvenes, todos eran llevados a la pampa, al pie del cerro, todos boca abajo y con las manos a la nuca, temblando o llorando, con los nervios destrozados y temiendo por la vida de uno de los suyos o su propia existencia. La vida esa noche fue tan frágil como el viento que levantaba el arenal, mudo testigo de los excesos que cometieron los soldados del ejército que –en pleno operativo militar- dieron muestras del poder que puede dar un arma de fuego o cientos de ellas ante civiles desarmados y entre ellos subversivos responsables de tamaño abuso.
El domingo previo a la incursión, acaso la razón para que se hayan presentado, los compañeros –como se hacían llamar- ingresaron al mercado modelo de 10 de octubre y dieron manifiesta evidencia del poder que ostentaban.
Tomaron las seis puertas que tenía el mercado, las cerraron y colocaron centinelas en cada una de ellas, la cúpula principal se dirigió a la cabina de locución y empezó a arengar al “presidente Gonzalo” durante varios minutos. Pero, en plena toma del mercado, el infortunio hizo que un delincuente novato tome la bolsa de compras de alguna desconocida señora. Ella empezó a gritar desesperada sin presagiar lo que ocurriría en los próximos minutos. Los subversivos cercaron el mercado, rodearon cada entrada y avanzaron cual cadena hacia el centro hasta dar con el delincuente. Él, totalmente consternado y sabiendo su destino, empezó a llorar y pedir perdón a la señora y a los terroristas que lo tenían del brazo. Todo fue en vano, no hubo clemencia para él.
Dos de ellos lo tomaron de los brazos y ataron a un poste de alumbrado que estaba en el pasaje del mercado, en tanto que le iban hablando sobre su delito y el daño que le causaba a la gente del pueblo. La mujer que estaba al mando se acercó, le dijo algo al oído, se alejó casi un metro, sacó su arma de entre la chompa, apuntó al delincuente y le pidió que pida perdón a la señora que había robado. El hombre no podía hablar. Apenas si se entendía alguna palabra. Eso enfureció más a la mujer, quien rastrilló su arma y amenazó con disparar si no veía su arrepentimiento.
El hombre no terminó de hablar y una bala atravesó su cráneo, dejándolo con un rostro de estupor cubierto con sangre.  Los que observaban el evento quedaron atónitos, pero enmudecidos y sin levantar el rostro para no identificar a los terroristas que podían desatar una masacre en ese momento. Alguien tomó un cartón, escribió “así mueren los ladrones” lo ató al cuello del ejecutado. Gritó algunas arengas a su líder y empezaron a retirarse. El casete que dejaron en la cabina duró casi veinte minutos con canciones y discursos sobre la revolución.
La policía no llegó sino hasta el día siguiente. El cuerpo estuvo ahí, sin ser tocado. Hacerlo hubiese provocado la ira de los terrucos, manifestaron los socios del mercado cuando los militares llegaron acompañando a una patrulla policial. Ellos ya no entraban solos. La comisaría de Santa Beatriz había sufrido un atentado con explosivos en un Volkswagen abandonado. Una patrulla fue volada a pedazos con anfo colocado en un triciclo y atado a su parachoques mientras realizaban un operativo en el paradero 5 de la avenida Wisse. Era una locura ingresar sin seguridad militar.
Esa madrugada los militares buscaban algo. Ese algo que algunos vecinos conocían, pero ocultaban por temor a perder la vida o a sus familias. No importaba violar los derechos de las personas. Había que encontrar algo. Sólo eso. Sentir las botas en la cabeza o la punta del zapato hundiendo el vientre era mejor que una bala atravesando tu cuerpo.
- Teniente, aquí hay algo teniente.
- Hable claro soldado.
- Tango Uniforme Charlie Óscar, repito Tango Uniforme Charlie Óscar.
- Tráiganlo carajo. Así que tenemos a un camarada. Vamos a saludarlo soldado, háganle los honores.
Lo arrastraron de los pies por casi dos cuadras hasta la pampa. Todas las luces se dirigieron hacia él. Las patadas fueron el recibimiento inicial. Luego, las luces en el rostro y unos artefactos que metían entre sus prendas y lo hacían gritar tan fuerte que su sola voz hacía llorar y suplicar a la gente que estaba tendida en la pampa.
Su casa fue literalmente destruida. Hallaron bolsas llenas de propaganda subversiva. Los panfletos habían sido escondidos en la letrina, pero eso no fue impedimento para desprenderse con cuerdas y sacarlas como evidencia para detener al terrorista que había estado como un vecino más durante los últimos tres años.
Junto al él, cayeron cinco más. Desconocidos todos, gente que jamás se había visto en el asentamiento humano y que esa noche le dieron el estigma de terrucos a los vecinos de 10 de octubre. Por eso lo declararon zona roja, con presencia militar casi permanente por esos meses. Fueron cayendo uno tras otro, los dirigentes vecinales, el presidente del mercado, algunos comerciantes. La gente no sabía a quién temerle más, si a los terroristas que estaban encubiertos entre ellos o a los militares que incursionaban con uso y abuso de su poder.
Esa operación militar culminó con los primeros rayos de sol. En la retina de Enrique quedaron plasmadas cada uno de los abusos cometidos, quedó pensando en jamás regresar a ese lugar; pero ahí vivían su madre y sus hermanos, vivían sus nuevos amigos. Recordó la voz de Don Juan Ramírez lazo, recordó la nota premonitoria de la noche anterior, recordó el sueño que tuvo algunos días atrás y se dio cuenta que se había estado preparando para ese momento.

LOS AMIGOS

Por ese entonces aún no conocía a quienes serían sus amigos de la adolescencia y gran parte de su juventud: Koki, Edgar y Chachi. De ...