lunes, 26 de agosto de 2019

EL VIAJE DE MAGDALENA


Cuando Magdalena Guillén Rojas despertó, estaba sentada en la falda del cerro principal de Villa Virgen, con el cabello desordenado, sedienta, con los labios secos y agrietados por el alcohol que había consumido días atrás.
Estaba aturdida por el esfuerzo del parto que tuvo la noche anterior. La sangre que perdió la dejó débil y no terminaba de entender cómo había llegado hasta ese lugar. Observó bien el horizonte, divisó los caminos que iban y venían frente a ella y empezó a avanzar con los primeros rayos del sol. Optó por seguir su instinto de supervivencia y caminó rumbo hacia la colina. El camino que tomó no lo había visto antes, le resultaba extraño que esté ahí, caminar ya era extraño esa mañana para ella.
Mientras avanzaba, salieron al frente dos enormes perros negros y se asustó tanto que prefirió trepar a uno de los árboles de naranjos que encontró. Pensó que eran los perros de don Patuco, uno de los vecinos que colindaba con sus tierras y que acostumbraba soltar a sus enormes canes para cuidar los frutos de su propiedad. Magdalena logró romper una de las ramas del naranjo, arrancó algunos frutos verdes de naranja y empezó a lanzarlos hasta que los animales se cansaron de ladrar y se quedaron recostados entre las hierbas, cerca de ella.
Al bajar, apoyada por la rama que había arrancado, buscó algunas piedras y las colocó en su lliclla. No avanzó ni dos metros cuando los perros se levantaron y empezaron a ladrar si cesar. El ruido ensordecedor y estresante perturbaba tanto como el enigma del camino extraño por el que estaba yendo ella. Magdalena lanzó algunas de las naranjas que le quedaban, pero los perros se enfurecieron más. Quería llorar de impotencia. No podía retroceder por los perros, pero tampoco avanzaba mucho porque la rodeaban y acorralaban con ladridos y salivando con tal intensidad que sólo quedaba esperar lo peor.
Mientras sufría con los posibles desenlaces que provocarían esos perros, cayó en la cuenta que ese árbol de naranjo era atípico para la época y para la zona. Era raro ver un naranjo en Villa Virgen por esos días, era más raro ver sus frutos tan grandes, coloridos y jugosos. Tan extraño fue el evento como el que tuvo algunos días atrás al encontrar un cesto lleno de huevos rosados de algún ave de corral. Difícilmente, alguien abandonaría un cesto así, peor aún, al pie de un camino que era transitado diariamente por decenas de colonos y nativos del valle.
Los perros le dieron tregua y pudo avanzar a prisa, sin voltear, casi sin respirar, a pie ligero y transpirando con tanta intensidad que sentía como los chorros de agua atravesaban su espinazo hasta mojar sus polleras y enaguas. A esas alturas del día ya todo estaba claro y el camino se hacía cada vez más angosto. La hierba mala se tupía más y le iba cerrando el paso en cada metro que avanzaba. Los perros la seguían algunos metros atrás, sin ladrarle, sin apretarle el paso, sólo la seguían.
Cuando levantó la vista se topó con una casita hermosa al final de ese sendero. Era pequeña, pero de apariencia agradable y relajante. Tenía un techito a dos aguas hecho con hojas de palmera verde que aún se podía oler a verde de hierba. Las caídas a ambos lados se prolongaba unos centímetros y al pasar por los cantos de la casa la cabeza de las personas rozaba las hojas de palmera, como acariciando el cabello, como aquietando los ánimos. La puerta era de madera, cedro en los marcos, fibra de chonta para amarrar cual bisagras, una tabla horizontal en la parte baja de la puerta para frenar el paso de algún intruso.
Magdalena estaba intrigada. Esa casa no la había observado antes. Entonces, decidió tocar la puerta y averiguar quién vivía ahí. No terminó de pensarlo y la puerta se abrió lentamente dejando traslucir la silueta de un anciano en el interior. Ella quiso preguntarle su nombre, pero el anciano avanzó hasta salir ligeramente de la casa, levantó su bastón de madera elaborado con alguna rama de chonta seca, tan resistente que, al caerle en la cabeza a ella, le dolió tanto como el día anterior que parió a Demes.
-          ¡Qué haces acá mujer! Regresa a tu casa. Porqué has dejado solos a tus hijos.
-          Estoy cansada, he caminado mucho y vengo escapando de esos perros que ves allá, por los árboles.
-          Entonces, toma un poco de agua, descansa aquí afuera y luego retorna a tu casa.
-          Déjame descansar aquí. Ya no tengo fuerzas para continuar.
-          Ya descansaste lo suficiente. Ahora regresa.
-          ¿Y cómo escapo de esos perros?
-          Son míos, no te harán nada. Te seguirán hasta el camino donde te encontraron y luego irás sola.
Ella entendió que el anciano no la dejaría quedarse un rato más. Tomó un poco más de agua, mojó su cabeza y sus enormes trenzas, refrescó su rostro y enrumbó en sentido contrario. Era como si el cansancio le hubiese dado una tregua en la casa del anciano. Apenas había avanzado unos metros cuando sintió que las piernas le dolían, el sol secó el agua de su cabeza y rostro, calentó aún más su cuerpo, el bochorno era insoportable a esa hora del día. Caminaba casi por inercia, observando como los perros la acompañaban a cada lado del camino y a unos metros atrás, como sabiendo que en cualquier momento se desmayaba y podrían ir por ella. Magdalena no les daría el gusto a esos animales.
Al llegar al punto en que fue atacaba por los canes, estos sólo se perdieron en el monte, entre las plantas y sin soltar un ladrido. Magdalena no pudo más. Buscó una roca para sentarse, la ubicó y caminó hacia ella. La enorme roca estaba al pie del río Sinquivine, a la sombra de un frondoso cedro. Se sentó, acomodó sus polleras, estiró las piernas, colocó las manos hacia atrás, como haciendo palanca para soltar un poco el cuerpo hacia atrás, cerró los ojos y empezó a recordar todo.
La noche anterior, luego del parto, se levantó para orinar y fue al patio trasero de su casa. Al sentarse y levantar las polleras para miccionar, notó que el camino que salía de su casa en dirección a su hija Andrea tenía una bifurcación hacía la izquierda y en dirección a la colina de Villa Virgen. Mientras recordaba, la brisa de la media mañana refrescaba su rostro de forma tal que sintió que estaban acariciando su rostro. Algo la golpeó que abrió los ojos de manera brusca.
Río abajo se realizaba un velorio. La gente estaba reunida en casa de don Alejandro Palomino. Se podían escuchar los lamentos y llanto de algunas personas alrededor del cadáver. Había tantas personas que aun estando lejos, Magdalena podía divisar el tumulto.
De pronto, todo se nubló para ella, sintió desmayarse y asustada se apoyó en la roca. Sus labios quedaron nuevamente secos, le ardían los ojos y la garganta.
-          ¡Agua, agua! ¡quiero agua! Empezó a gritar casi desfallecida y tendida en la roca.
Al sentarse nuevamente, apareció sobre la mesa del velatorio, rodeada de velas y flores del monte. Las personas observaban, unas atónitas y otras estupefactas por el suceso salieron corriendo del lugar.
-          ¡Agua, agua! Volvió a gritar casi sin voz.
Alejandro pensó que era cosa del demonio, tomó el látigo y lanzó algunos azotes sobre el cuerpo de Magdalena. Agripina y Andrea sujetaron el brazo del patriarca para que no dañara más a su madre. Donato y Zenobio, presa del pánico, retrocedieron sin entender qué estaba ocurriendo.
Magdalena Guillén Rojas había vuelto luego de estar ausente 12 horas fuera de su cuerpo. Los ojos de los colonos no terminaban de entender lo que veían. Uno de ellos acusó a la mujer de brujería. Cuando se animó a acercarse a ella para lanzarle agua ardiente con la boca para limpiarla de los males que la envolvían, dos enormes perros le salieron al frente para ladrarle con tanta furia que no tuvo más remedio que quedarse estático en su lugar.
Ella había vuelto, con los dos enormes perros negros que le obsequió el anciano que conoció en el camino que nunca recorrió hacia la casa que nunca visitó porque su cuerpo siempre estuvo ahí, en casa, luego del parto, inerte por más de 12 horas.

lunes, 19 de agosto de 2019

MALDICIÓN PLATÓNICA


Andrea vivía hacía tres años en San Juan de Lurigancho. Luego de regresar del viaje a Villa Virgen, fue directo a Víctor Raúl Haya de la Torre para ver a Enrique, estuvo con él unas horas. Luego de descansar, tomó sus cosas, alistó a Johni, Yeny y Jimy para enrumbar a su hogar. El viaje era interminable, había que caminar hasta el grifo Túpac Amaru (unas 20 cuadras desde la casa), esperar a la línea 73 para salir hasta Acho o la avenida Abancay (este tramo tomaba una hora o más, según el tráfico y la voluntad del conductor) para finalmente tomar la línea 23 o las combis que llevaban hasta 10 de octubre. Era el tramo más largo y pesado.
El viaje en bus era una de las experiencias más traumáticas para cualquier vecino de entonces. Para empezar, las unidades venían llenas y en Acho la gente se agolpaba, corría tras el bus y lo trepaba en pleno movimiento, a la volada, con el pie derecho, sujetándose de cualquier parte o persona que pudiese retenerlo. Al interior era insoportable. La cantidad de gente, la presión, los gritos, los olores, la bulla de las bocinas, el olor a monóxido, el olor a combustible, todo era un trauma. Pero no había otra forma de llegar. Eran los 90 minutos más largos de la vida. Al bajar en el último paradero, había que tener mucho cuidado con las cosas, siempre había ladrones esperando para arrebatar algo; claro, si no habías perdido alguna prenda en el trayecto.  Caminar desde el paradero de la 23 de la avenida Wisse hasta la casa era de un dolor reparador. La subida cansaba tanto como el viaje, pero el consuelo era que ya estaban cerca de casa. Claro, si llovía o soleaba, entonces el tramo final se tornaba desconsolado.
Enrique sufría para visitar a sus hermanos y su madre. Cuántas veces prefirió quedarse en la soledad de Víctor Raúl Haya de la Torre antes que cruzar Lima para reunirse con su familia. Siempre encontraba una excusa para no ir, siempre ocurría algo que lo liberaba de esa responsabilidad familiar. Es más, llegó a pensar que los apus y la naturaleza misma entraban en conjunción para que ocurran los eventos extraños que suspendieran su viaje. Las veces que fue, lo hizo llorando, de mala gana, sin llegar a entender que su madre disfrutaba verlo esas pocas horas que él le regalaba. Ella era feliz viendo a su hijo dormir un fin de semana junto a los demás hermanos. Ella era feliz sabiendo que él disfrutaba muy en el fondo el reunirse, aunque sea una vez al mes.
Él llegó a entender muy tarde, cuán importante era para su madre verlo esas horas. Cuando Andrea enfermó con cáncer, él tenía que trasladarse desde La Molina hasta 10 de octubre, acompañar a su madre desahuciada unas pocas horas y luego retornar a su casa en Bellavista, Callao. No le importaban las horas que podía pasar en el transporte público cada día, no le importaban los olores ni los apretujones que lo molían en cada viaje; todo eso valía la pena con tal de ver a Andrea un par de horas y luego dejarla hasta el día siguiente. Cuando empezó a cansarse de ir todos los días, recordó esos años de fastidio para visitarla y a sentir el dolor de su madre en carne propia pues ella se moría cada día y era como despedirse en cada noche sin saber si al día siguiente la vería. Dicen que la vida da vueltas y Enrique entendió, con la lección más dolorosa, una pequeña parte de lo que su madre habría sufrido en esos años de separación adolescente.
En mil novecientos ochenta y ocho Enrique seguía soñando con que su padre maduraría e iría en busca de su madre, se reconciliarían y vivirían juntos nuevamente. Lo deseó con todas sus fuerzas, aunque no tantas como para logarlo.
Ese año Enrique se enamoró nuevamente.  Un verano antes se atrevió a declararle su amor a la mujer más hermosa que dijo conocer. Le escribió una carta explicándole todo lo que sentía, le dedicó los mejores versos que podía producir su mente adolescente. Ella aceptó, le dijo SÍ a través de otra carta, más escueta, menos versada, pero le dijo que sí. Fue el romance más tórrido que recuerda Enrique, fueron muy felices, hicieron de todo, todo cuanto su mente pudo imaginar, fueron muy atrevidos para amarse, para encontrarse en los lugares más insólitos. En el exceso de la osadía, llegaron a tomarse de las manos una noche, sólo una noche, sólo unos instantes, nunca más, sólo esa noche. Pero lo disfrutaron tanto y perduró por siempre como el momento más sublime de ese amor adolescente.
Pero el afecto tiene miles de formas, miles de escenarios, miles de rostros. Al retornar al colegio Libertador San Martín, vería una de esas formas, de las más extrañas y dolorosas, de las más apasionadas y aromáticas. Ese año conoció a su mayor inspiración adolescente, su maestra de literatura.
Cuando ella ingresó al aula de 3° F, el griterío perturbador de los escolares casi la opaca, pero un grito potente hizo que toda la clase enmudezca y preste atención. Ella no reparó en levantar la voz para presentarse y dar las indicaciones a su nueva clase. Las venas saltaban de su cuello, su rostro rojo no terminaba de encenderse con las palabras que iba liberando de su garganta irritada. Parecía que se le reventaban las cuerdas vocales en cualquier momento. Su mirada penetrante y el ceño fruncido conjugaban con la seriedad de su rostro y el rigor de sus labios delgados y suavemente delineados con algún labial de tono tenue. La marca de una quemadura en el cuello se hacía enorme cuando se estiraba para dar más instrucciones. Parecía una marca inmensa que saltaba de su blusa blanca. La estatura baja de la maestra quedaba plenamente compensada con el férreo carácter y manifiesto control de poder en la clase. Era única, era espectacular, era simplemente hermosa.
La timidez que caracterizaba a Enrique no sería problema para él. Ella dejó como tarea leer a Leandro Fernández de Moratín y “el sí de las niñas” con la consigna de preparar una presentación teatral. Él ensayó solo, en casa, repasó sus diálogos, los memorizó. Cuando se sintió preparado ensayó con sus demás compañeros. No recuerda otra presentación, no recuerda qué hicieron los demás, sólo recuerda que la tarde de su actuación terminaron sorprendidos, aplaudiendo y silbando al elenco. Él fue Carlos, Esther fue Paquita, quien le robó un extraño beso al cierre de la obra. La profesora esbozó una sonrisa de agrado y felicitó a cada uno de los integrantes.
Esa sonrisa fue especial. Nunca antes vio esa forma de dibujar los labios para contornear la alegría de ver a sus estudiantes cerrar una obra de teatro. Los hoyitos que formaron sus mejillas, el brillo de sus ojos y la algarabía encubierta por la evaluación quedaron en la retina de Enrique. Fue entonces que decidió escribirle. Cada noche le dedicaba sus versos, escribía canciones, le dedicaba poemas. Él sabía que tendría una oportunidad, sólo una, pero la aprovecharía. Desde entonces, se preparó para ese instante. No desaprovechó oportunidad alguna para acercarse, para sentir su aroma, para escuchar su voz, su respiración.
Pronto pudo completar un cuaderno lleno de poemas. Ahora, debía pensar en cómo hacerlos llegar. A los 14 años, un ser humano es capaz de las peores estupideces por amor, Enrique era tan humano como cualquiera de su clase, pero no fue estúpido. Empezó a leer más, a leer por amor. Se tornó en amante de la literatura española, en seguidor del Quijote, en el emisor de Don Juan Tenorio, en el celador de Segismundo. Esta vez leía por amor, por pasión, a tal punto que años después dudó de su vocación de maestro pues tuvo que decidir entre ser profesor de Historia o profesor de Literatura.
Si, Enrique empezó a leer por amor. No dos años atrás en  que leyó por odio, por venganza y terminó amando la Historia del Perú. La imagen fresca del profesor Isla corrigiendo equivocadamente su examen sobre las culturas peruanas, la lectura repasada y subrayada del libro de Gustavo Pons Muzzo que le daba la razón y el abuso de poder del profesor jamás se borraron. Él juró estudiar para que el profesor no vuelva a burlarse de su respuesta. Entonces, leyó tanto que interrumpía las clases con preguntas de su libro, ponía en aprietos al profesor, hacía dudar de sus respuestas. Lo disfrutó tanto que años después prometió que sería maestro de historia para enseñar bien, para no aburrir, para que sus estudiantes viajen con él al pasado y sientan que están en el instante mismo del evento narrado.
Claro, no contó con toparse en el tercer año de secundaria con la literatura hecha mujer. Ella lo podía todo. No le importaban otras materias más que la Historia y la Literatura. Las veces que dejó de visitar a su madre la llevaron a ir por su hijo. Andrea iba los fines de semana a limpiar la casa, a lavarle la ropa, a almorzar con él, a salir a comer yuquitas con hígado al mercado de Tahuantinsuyo, a caminar con el pretexto de buscar a la amiga que dejó de ver hacía años. Él encontró la excusa perfecta. Debía prepararse para las exposiciones, tenía que ensayar las obras, debía ir a la casa de sus amigos para estudiar en grupo.
El cuaderno lleno de poemas tuvo que esperar unos años para llegar a manos de la hermosa profesora de literatura. Mientras tanto, las noches las tomó para seguir amando a su mujer adolescente, a quien tomó de la mano y acarició por eternos segundos y nunca más lo hizo, a quien besó apasionadamente en los sueños más perversos que haya tenido, a quien ofreció las caricias más puras. Jamás la tocó, el beso se lo dio otro, fue otro quien la tomó, el amor fue para otro.
Al terminar el tercer año de secundaria, Enrique sufrió mucho pues su musa se iría también. Pero el destino tenía una sorpresa para él. Mientras visitaba a su tío Guillermo en la urbanización Palao, encontró a la profesora caminando con unos jóvenes. Ella fue muy amable, lo saludó con una sonrisa tan o más hermosa como las que le regalaba en clases.

- Hola Paz, cómo estás hijito, qué alegría verte.
- Bien profesora, estoy visitando a mi tío. Vive en la esquina de este parque.
- ¿En serio? Yo vivo a la espalda, seguro que nos conocemos y ni idea que era tu tío.
- ¿Vive a la espalda del parque?
- Si hijo. Cuando quieras me visitas. Qué gusto me dio verte. Salúdame a tus compañeros.
- Si profesora. Cuídese. Hasta pronto.

Ella no sabía lo que le esperaba. Él se hizo una nueva promesa. El día que terminara su secundaria haría dos cosas, las más locas y descabelladas que haya hecho hasta entonces: ir a la peluquería para hacerse una permanente en el cabello lacio que tenía y declararle su amor a la profesora.
Y así fue. En diciembre de mil novecientos noventa, al terminar las clases, fue a casa, dejó sus cosas, tomó el dinero que había reunido y se dirigió a la peluquería del mercado de Tahuantinsuyo. Se hizo una permanente tan extravagante como la cola de cabello que se dejó crecer años después. Faltaba la otra promesa, faltaba ir por la maestra.
Se preparó toda la noche, pensó en cada palabra que le diría, perdiendo el juicio de tiempo y espacio, de razón y cordura. No tenía para el pasaje. Caminó desde Víctor Raúl Haya de la Torre hasta Palao, cruzó toda la avenida Indoamérica, caminó por el frontis de su colegio, pasó mirando la casa de su compañera Machuca, por el frontis del colegio República de Colombia, por la bajada del Parque Las Leyendas (que nada tiene que ver con el Parque de Las Leyendas de San Miguel), salió por el paradero Inka Kola, caminó por la carretera Túpac Amaru, el paradero la Farmacia, El Ermitaño, José Gálvez, La UNI, Palao. Por fin, en Palao. Se sentó en la banca del primer parque que encontró. Había transpirado y era un mar de agua. El cuaderno de poemas estaba doblado y con las marcas de la mano transpirada por todo el recorrido. Lo pensó bien, lo meditó, se puso de pie y caminó hasta la casa de su tío. Recordó la indicación, miró el parque, lo rodeó y peguntó a la primera persona que vio si conocía a la mujer que andaba buscando. Sí, si la conocía, era una señal, debía cumplir su promesa.
Llegó hasta la casa. Tocó el timbre una vez, dos veces. Le temblaban las piernas, las manos estaban llenas de sudor y el cuaderno de poemas empezaba a desmoronarse de tanta transpiración. Sentía que le faltaba el aire, pero se dio valor para mantenerse en pie y terminar con el cometido.  Enrique Guillermo Paz, el adolescente atrevido que le declararía su amor a la maestra de secundaria que tenía grabado en su retina, no terminaba de entender lo que hacía parado ahí, en la puerta de su maestra para leerle sus poemas de amor. Tocó el timbre por tercera vez.

- Buenos días ¿Qué quiere?
- Buenos días señor, busco a la profesora Denisse Huamán, ¿se encuentra en casa?
- ¿Y tú quién eres?
- Soy su ex alumno del colegio Libertador San Martín. Soy Enrique, dígale que soy Enrique.
- Denisse, mi amor, te llama un muchachito de tu antiguo colegio.

lunes, 12 de agosto de 2019

TANTAS VECES LA MUERTE


“Desde Huamanga, Ayacucho, vía microondas, informamos que esta mañana dos embarcaciones más naufragaron en las turbulentas aguas del río Apurímac.  Los moradores del centro Poblado de Limatambo señalan que ambas embarcaciones pernoctaron en su comunidad y al amanecer intentaron cruzar la zona denominada El Itígalo, sin conseguirlo. Se calculan unas 50 personas desaparecidas.  Debemos recomendar a los viajeros que eviten la ruta de navegación en este río pues las lluvias se han intensificado y se calculan lluvias intensas para estos días. Desde Huamanga, Ayacucho, Para Radio Programas del Perú”.
Enrique no terminó de escuchar la noticia vespertina. Apagó el radio transmisor a pilas que tenía, miró fijamente al techo durante algunos minutos, respiró muy hondo, secó sus lágrimas y salió a comprar el pan para su desayuno.
En diciembre de 1987 Andrea había decidido viajar a Villa Virgen para ayudar a sus padres y traer algo de la cosecha para sus hijos. Concluidas las clases escolares, compró los pasajes para Jimy y Yeny, pero ya no alcanzaba para sus otros dos hijos. Entonces, conversó con Johni y le preguntó dónde le gustaría quedarse ese verano hasta su retorno. Él eligió quedarse en la tía Filomena, quien vivía en San Hilarión – San Juan de Lurigancho.  A sus doce años ya sabía de soledad y separaciones. La sonrisa pícara y sus ojitos saltones disimulaban muy bien la nostalgia que lo invadía cada vez que debía separarse de su madre. La pena de quedarse solo se dispersaba de a pocos con la tía Filo pues lo engreía a más no poder, era el hijo varón que nunca tuvo, era su preferido. Él sabía ganarse el cariño de la tía, ayudaba en casa, en el puesto del mercado, con los animales del corral, con los perros, Johni sabía quedarse solo.
Enrique seguía soñando con el retorno de su padre a casa. Se quedó a vivir en Víctor Raúl Haya de la Torre y fantaseaba con la reconstitución del matrimonio entre sus padres. La ilusión se fue muriendo de a pocos hasta que en 1990 decidió abandonar también a su padre y partir en busca de su madre. Esta vez, sería para siempre. Por esos días de diciembre de 1987, José Raúl trabajaba conduciendo una camioneta rural y no estaba muy cómodo con que su hijo mayor se haya quedado en Lima. Hubiese preferido que viajara con su madre, tenerlo en casa era demasiada responsabilidad para alguien acostumbrado a la libertad y a la soledad como él.
Enrique tuvo una serie de eventos terribles ese mes. La noticia de la caída del fokker  F-27 a principios del mes no terminaba de cerrar el dolor de perder a la mejor generación de futbolistas que pudo tener el club de sus amores. La radio acompañaba esas noches de soledad eternas que le enseñaron a convivir con los miedos y los fantasmas. Esa misma radio anunciaba la caída del avión, el hallazgo de los primeros cuerpos, confirmaba la tragedia más grande que haya cubierto al deporte nacional.  Ese martes por la noche no pudo dormir. Lloró por todos esos desconocidos que jamás vio, pero que admiraba y ahora extrañaba.
La nostalgia no le dio tiempo para sufrir más por ellos. El domingo 20 de diciembre las noticias de la radio señalaban que dos embarcaciones habían naufragado y su madre había viajado apenas hacía dos días. No había lista de fallecidos, no había sobrevivientes a quién preguntarle, no había teléfonos ni forma alguna de comunicarse de inmediato. Una carta demoraba en llegar una semana, era demasiado tiempo. Tenía que averiguar de alguna forma, los diarios locales tenían que informar algo de lo ocurrido. Pero nada, no había noticias.
“Desde San Francisco, informamos para la central informativa de RPP en Lima, la noche de ayer se encontró al motorista cuya embarcación naufragó hace unos días. Fue hallado inconsciente, varios kilómetros río abajo. Fue socorrido por los trabajadores del puerto y enviado en una camioneta hacia Huamanga para el hospital regional. Por referencia de los involucrados, el motorista respondería al nombre Donato Palomino”.
Escuchar esta noticia fue terrible para Enrique. Era su tío Donato, dueño de algunas embarcaciones que utilizaba para transportar mercadería hacia Villa Virgen. Seguramente él esperó a su hermana Andrea y a sus sobrinos para llevarlos a ver a su familia. La tragedia no terminaba de destrozar sus oídos pues seguían llegando reportes del enviado especial que tenía RPP en la zona. A la mañana siguiente reportaron el hallazgo de algunos cuerpos sin identificación.  El reportero señalaba que estaban hinchados e irreconocibles por los días expuestos al agua. La descripción que se brindaba por la radio era espantosa. Esa misma tarde encontraron a dos menores de edad de aproximadamente 10 y 7 años entre la arboleda cercana al centro poblado de Monterrico, en la margen derecha del río Apurímac.
Enrique quería ir al encuentro de su hermano menor, quería compartir la pena de la noticia casi confirmada. Era casi seguro que habían perdido a su madre y hermanos. José Raúl a medio entender, no le permitió ir a casa de la tía Filomena. Estaba muy lejos, podía perderse y ya era demasiado con tanta noticia nefasta paras esos días.
Una semana después el diario “El Correo” publicaba entre sus noticias regionales los nombres de algunos de los fallecidos. Leer la lista de muertos fue asqueroso para él. Terminó vomitando todo el desayuno. Sus intestinos expulsaron todo lo que pudieron, no paró hasta expulsar un líquido amarillo y amargo que terminó asustándolo. En la lista de 48 fallecidos había varios Palomino Guillén, Rojas y Espino. No encontraba el nombre de su madre ni de sus hermanos. Pero cómo encontrarlos, cómo. En el naufragio su madre pudo perder la libreta electoral y nadie sabría su nombre, a menos que alguien la identifique. Sus hermanos habían viajado sin partida de nacimiento. Nadie los conocía, nadie sabría quiénes eran. Era casi seguro que estaban entre los no identificados.
Por fin, Enrique logró ir a San Hilarión para ver a su hermano. Tomó la línea 50, demoró más de cuatro horas, cruzó todo Lima, pero llegó. Corrió desde el paradero hasta la casa de la tía Filomena. Llegó exhausto. José Arroyo, su tío, abrió la puerta, un poco confundido, abrió sus brazos para abrazarlo. Enrique no soportó más el dolor y se tendió a llorar. El tío José no soltó palabra alguna, como sospechando o sabiendo lo que ocurría. Lo llevó hasta la sala. Ahí estaba Johni. Lo abrazó fuerte para terminar de llorar.
-          Mamá se ha muerto, se ha muerto.
-          ¿Qué tienes? ¿Por qué dices eso?
-          Las noticias de la radio dicen que se voltearon dos botes en la selva. Encontraron a mi tío Donato.
-          ¿Y cómo sabes que es mi mamá?
-          No sé.
La tía Filo terminó consolando a su sobrino y dándole aliento para que esperen noticias de la familia. Solo era una posibilidad, pero no había nada confirmado para asegurar que su madre y sus hermanos habían muerto en las aguas del río Apurímac. Esa misma tarde retornó a Víctor Raúl Haya de la Torre a esperar más noticias. Así estuvo todo el verano. Esperando noticias. Esperando que le confirmaran la muerte de su madre.
Johni quedó preocupado con lo que su hermano había referido, pero no le quedaba tiempo para pensar en esas cosas. Quedarse solo en casa de los tíos no era lo que más le agradaba, él siempre le decía sí a todo lo que su madre le pedía, tenía un carácter muy particular, siempre estaba acompañado de una sonrisa para cada cosa que hacía. Tenía una mirada que encandilaba a la familia. Los hoyitos que se formaban en sus mejillas redondeaban la chispa que la familia esperaba en él siempre. Con el paso de las semanas, esa chispa también fue desapareciendo y la melancolía terminó por embargarlo. Les pidió a sus tíos que lo enviaran a casa de su hermano Enrique. Ellos se opusieron inicialmente, pero al verlo tan deprimido y cada vez más apático, optaron por embarcarlo y pedirle que se cuide.
Cuando Johni llegó a la casa de su hermano, se abrazaron fuertemente en un encuentro silencioso y doloroso. Ninguno lloró, como resignando la noticia que no terminaba de confirmarse. Se acompañaron esas semanas de incertidumbre y congoja. Se acompañaron muchas veces, muchos años más.
Para la quincena de marzo su madre ya debía retornar de ese viaje, pero pasaban los días y no había noticias de ella. Pronto empezarían las clases y ella seguía ausente, seguía lejana. Era usual que demorara unos días, pero ya no podían soportar más tanta incertidumbre.
“Informamos a nuestros radioyentes que las lluvias se han intensificado en regiones como Ayacucho. Hemos tenido fuertes precipitaciones en estos últimos días. Damos pase a nuestro corresponsal en la zona. Gracias Lima, aquí para informar que la tragedia nuevamente enluta a nuestro pueblo. Se han registrado una desgracia en las cercanías al puerto de San Francisco. Esta vez el naufragio de una embarcación ha cobrado la vida de 13 personas. Entre los pocos sobrevivientes se encuentra el mítico motorista “el mago” quien señala que venían de LecheMayo y luego de 8 horas de viaje, a pocos minutos de arribar al puerto, un enorme tronco golpeó los dos motores de la nave y terminó partiéndola en dos”.
Enrique y Johni se abrazaron y empezaron a llorar con tanta rabia que parecían estar gritando de dolor. El llanto alertó a la señora Macaria, quien fue de inmediato para verlos. No terminaba de entender lo que le explicaban los hermanos cuando escuchó una voz afuera.
-Abre la puerta hijito. Ven ayúdame con estas cosas. Ya llegamos Enrique, abre la puerta hijo.






LOS AMIGOS

Por ese entonces aún no conocía a quienes serían sus amigos de la adolescencia y gran parte de su juventud: Koki, Edgar y Chachi. De ...