Durante décadas, el río Apurímac
fue la principal vía de transporte para ingresar al VRAEM. Los colonos que
habían migrado desde los años sesenta debían viajar en botes durante unas ocho
a doce horas, sorteando todo tipo de peligros y aventuras, unas para contarlas,
otras para hundirse con ellos entre las turbulentas aguas de tan majestuoso y
mágico río.
Desde Kimbiri, se viajaba durante
interminables horas, pasando por centros poblados como Santa Rosa, Monterrico, Miraflores,
Palestina, Anchihuay, Paterine, Villa Kintiarina, Naranjal, San Antonio,
Limatambo, Agua Dulce, Lechemeayo, Villa Virgen. En el trayecto, si se viajaba
en meses de estiaje, los pasajeros tenían que bajar del bote y caminar en
ciertos tramos donde las hélices del motor fuera de borda golpeaban las rocas.
El guía iba en la proa de la embarcación con una caña larga que servía para
medir la profundidad del río y así evitar que se vaya a sentar la embarcación y
romper la quilla de madera. Pero las grandes historias pertenecen a los meses
de lluvia, entre diciembre y marzo.
En el recorrido, si la noche los
sorprendía, debían pernoctar en la comunidad que los cobije. Usualmente los
Ashaninkas del VRAEM eran quienes permitían quedarse. Su amistad y pureza en el
trato, su inocencia y sabiduría ancestral no siempre fue recíproca y ello los
fue tornando desconfiados y ariscos frente a la llegada de extranjeros a sus
tierras. En más de una ocasión los viajeros debieron partir a otra comunidad
por la negativa de los jefes para ocupar su espacio. Los años de terrorismo y
violencia que vivimos en la década del ochenta hizo que ellos huyan al monte,
que convivan y compartan sus tierras, perdiendo su identidad y casi desapareciendo
del valle. Hoy existen familias mestizas que sobreviven y procuran sostener las
tradiciones ancestrales; aunque con poco éxito.
Si de peligros extremos se
trataba, dos zonas eran las más temidas por todo motorista, por más experto que
este sea. Los viajeros preferían descansar en Limatambo o caminar; pero jamás
dejaban de enfrentar al río y los riesgos que significaban pasar por el Obarrial
y el Itígalo. Benigno, el más experimentado de los motoristas, utilizaba su
intuición y pericia para cruzar, pocas veces perdió su embarcación, tan pocas
que se fue como una leyenda en una de esos viajes a la inmortalidad.
El Obarrial era la denominación
que los lugareños daban al recodo del río Apurímac que se encontraba justo
frente al Centro Poblado de Limatambo. Eran casi doscientos metros de curva
amenazante con crestas de agua que alcanzaban hasta tres metros de altura en el
centro del río. Las rocas que se encontraban en este tramo eran inmensas, con
formas desafiantes y escondidas entre las aguas turbulentas. La furia del Apu
hacía que las crestas de agua se en revesen y arremolinen; de pronto, en
fracción de segundos, la violencia pasaba a una calma espantosa pues se abrían
lagunas de agua alrededor de las rocas y arrastraba todo cuando estaba cerca de
ellas. El río tenía vida, quería manifestar su poder y advertir de sus
peligros. Los viajeros desafiantes avanzaban por las orillas, a pie, mientras
los botes avanzaban rápidamente para no ser sorprendidos por los cambios
intempestivos que tenía este tramo. La intuición, la pericia, los rezos, los
ruegos; todo era válido para salir airoso. No siempre ocurría.
Los botes debían cruzar el río;
pero el río los esperaba dándoles ese sosiego engañoso para envolverlos entre
sus aguas, arrastrarlos hacia el centro y reventarlos entre las enormes rocas
que aparecían sorpresivamente para hundir la ilusión y los sueños de los
viajeros que observaban atónitos desde la orilla. Los motoristas debían ser muy
pacientes, olían al río, lo hacían suyo, se mantenían calmos, firmes con las
manos sobre los aceleradores de sus motores y cuando menos lo esperaba el Apu,
soltaban las hélices y emprendían la aventura mortal. Cruzaban envueltos en
agua, con las olas que caían sobre ellos, levantando los enormes costales que
tenían en su interior, agarrándose fuertemente de las maderas de la nave para
no perderse en sus profundidades.
La desconfianza era la peor
consejera. Algunos viajeros temerosos de perder sus pertenencias, preferían ir
en el bote y acompañar en la aventura. El río se encelaba más. Las crestas de
agua caían con más fuerza sobre ellos, los atrevidos colonos que no respetaban
el poder del Apu. Se agarraban fuertemente de los costales; pero el río los levantaba
como a plumas mojadas y los movía a su antojo. Cuando estaba demasiado furioso,
golpeaba con tal ira que los viajeros eran expulsados del bote y nunca más se
les veía. Los cuerpos desaparecían, se hundían y perdían para siempre. Desde la
orilla, los demás observaban como se perdían las personas y nadie, jamás en su
sano juicio, se atrevió a lanzarse al agua para intentar siquiera salvar a una
de estas personas. Jamás, bueno, salvo Benigno.
Itígalo es el nombre del río que
viene de Ayacucho y muere en un recodo del río Apurímac. Sin embargo, este
recodo está bordeado en su margen izquierda por una enorme quebrada rocosa,
fuerte e infranqueable que sirve de contrafuerte para el pequeño Itígalo que en
su afán de romper al gran Apu, termina formando una especie de rampa de agua de
unos dos metros de largo y de cuando en cuando, al bajar la intensidad de la
colisión permanente, se abre una boca colosal que embolsa cualquier cosa que
esté pasando por ahí.
Los botes avanzaban por las
orillas, lentamente y cuando ya se sentían seguros aceleraban y cruzaban de
manera intempestiva, casi sorprendiendo al gran río. Otras veces, la fuerza del
Itígalo los empujaba hacia el centro y se abría la enorme boca para devorar a
los viajeros que profanaban sus aguas. No faltaba un osado motorista que
intentaba cruzar pegado a la quebrada, por la margen izquierda del río, pero
nada garantizaba su éxito. La fuerza del agua terminaba llevándolo hacia el
centro y en segundos desaparecía la nave. La escena se tornaba dramática pues a
los pocos metros aparecía el bote vacío y destrozado, las personas iban
apareciendo y gritando mientras terminaban de ahogarse. Los viajeros de los
otros botes gritaban, lloraban, suplicaban, querían retornar; pero este era un
punto sin retorno pues volver implicaba pasar nuevamente por el Obarrial y eso
era garantizar su muerte. Había que seguir.
Nadie sabe exactamente que hacía
o permitía cruzar este paso llamado Itígalo, solo se sabe que algunos pocos
lograban cruzar y contar su hazaña. Otros tantos perecían entre sus aguas para
formar parte de la leyenda mágica y trágica de este recodo. Muy pocos cayeron,
se salvaron y contaron lo que vieron. Benigno fue uno de ellos. Aunque no sería
por mucho tiempo.
Benigno era la persona más noble
que podías conocer. Su amabilidad, su confianza proyectada en cada gesto,
combinaban con la mirada melancólica y dulce cada vez que te saludaba o
ayudaba. Estaba casado, pocos sabían eso. Tenía dos hijos hermosos, pequeños
para cuando le tocó pagar tantas aventuras ganadas en el río.
Benigno era un hombre de pocas
cábalas, una de esas pocas era jamás llevar a la familia como pasajeros de la
embarcación. Ese día, nadie quiso llevar a su esposa e hijos, nadie quiso salir
por la proximidad de las fiestas de fin de año. Él debía llegar a Villa Virgen
y su familia no quería quedarse en San Francisco. Entonces, rompió, solo
aquella vez, la cábala de toda su vida. Los llevó.
Pasadas las cuatro de la tarde,
ya estaba en Limatambo, el Obarrial se veía agresivo pero franqueable.
Entonces, hizo caminar a su familia, junto a los demás viajeros, por las
orillas del Obarrial mientras el franqueaba ese recodo. El Apurímac lo envolvió
y llevó de un lado a otro, casi vuelca la nave, perdió varios sacos de arroz
por la fuerza de los golpes de agua; pero logró cruzar. Aturdido por la gesta,
pero trasmitiendo una impasibilidad extrema, avanzó hasta alcanzar el final del
recodo y esperar a los viajeros que venían a pie. Él entendió que ya nada más
le podía pasar. Lo peor ya estaba superado, el Apurímac lo conocía y sabía de
su nobleza y humanidad. Ya nada más podría pasarle.
Subieron todos los pasajeros al
bote y Benigno dio la orden para que se sujeten fuertemente de donde pudiesen
para cruzar rápido el Itígalo. El bote se ubicó hacia la margen derecha, en una
de las orillas del pequeño río. Espero varios minutos, midiendo la frecuencia
de sus reducidos estiajes, miró hacia la quebrada para divisar la rampa de agua
y si esta se mostraba agresiva. Tomó todas las precauciones que acostumbraba, tomó
incluso aquellas que eran de mero trámite. Su familia estaba con él. Debía ser
muy cuidadoso.
De pronto, aceleró, avanzó unos
metros, una enorme cresta de agua lo frenó bruscamente e hizo retroceder. Se
volvió a cuadrar al borde del río, esperó unos minutos y avanzó nuevamente,
esta vez quiso jugar con el río, se metió directamente hacia el centro para
pasar por esa rampa de agua. Se abrió una enrome boca y se tragó a todos.
Fueron segundos interminables, el río se calmó y amansó sus aguas. El Itígalo
dejó de golpear al Apurímac por unos instantes.
Los cuerpos fueron apareciendo
uno a uno, como pocas veces, el río los devolvía. Benigno salió por nadando por
la margen derecha. De inmediato se puso de pie y empezó a gritar como loco.
Llamaba a sus hijos, a su esposa. No lograba verlos, era difícil distinguirlos
entre tantas personas intentando nadar y pedir auxilio. Hasta que logró verla,
arrastrada por el torrente, río abajo, hacia el Obarrial. Benigno se lanzó sin
pensarlo, nadó con todas sus fuerzas hasta alcanzarla, ella envolvió sus brazos
sobre el cuello del motorista, él intentaba mantenerse a flote y salir antes de
llegar al Obarrial, pero el río los siguió arrastrando.
En minutos ya estaban en medio
del Obarrial, sorteando las crestas de agua y las enormes rocas, río abajo. La
escena se tornó aún más dramática pues Uno de sus hijos venía cerca. Él no
sabía qué hacer, salvar a su esposa o al pequeño hijo que venía arrastrado a
unos metros. La gente que presenció este evento nunca quiso contar todo, nunca
más se trató del tema entre ellos. Benigno no pudo, no quiso decidir, solo se
acercó un poco hasta su hijo, para perderse con toda su familia entre las
turbulentas aguas del río Apurímac. Jamás encontraron sus cuerpos. Benigno
había desafiado al gran río, él mostró toda su furia y dejó un mensaje extraño
entre sus aguas.
Hoy, la gente ya no viaja a
través del río, hoy se viaja en autos, camionetas o camionetas rurales. Pero,
el río sigue siendo majestuoso, acometedor, lleno de sortilegios.