lunes, 8 de julio de 2019

EL DESAFÍO


Durante décadas, el río Apurímac fue la principal vía de transporte para ingresar al VRAEM. Los colonos que habían migrado desde los años sesenta debían viajar en botes durante unas ocho a doce horas, sorteando todo tipo de peligros y aventuras, unas para contarlas, otras para hundirse con ellos entre las turbulentas aguas de tan majestuoso y mágico río.

Desde Kimbiri, se viajaba durante interminables horas, pasando por centros poblados como Santa Rosa, Monterrico, Miraflores, Palestina, Anchihuay, Paterine, Villa Kintiarina, Naranjal, San Antonio, Limatambo, Agua Dulce, Lechemeayo, Villa Virgen. En el trayecto, si se viajaba en meses de estiaje, los pasajeros tenían que bajar del bote y caminar en ciertos tramos donde las hélices del motor fuera de borda golpeaban las rocas. El guía iba en la proa de la embarcación con una caña larga que servía para medir la profundidad del río y así evitar que se vaya a sentar la embarcación y romper la quilla de madera. Pero las grandes historias pertenecen a los meses de lluvia, entre diciembre y marzo.

En el recorrido, si la noche los sorprendía, debían pernoctar en la comunidad que los cobije. Usualmente los Ashaninkas del VRAEM eran quienes permitían quedarse. Su amistad y pureza en el trato, su inocencia y sabiduría ancestral no siempre fue recíproca y ello los fue tornando desconfiados y ariscos frente a la llegada de extranjeros a sus tierras. En más de una ocasión los viajeros debieron partir a otra comunidad por la negativa de los jefes para ocupar su espacio. Los años de terrorismo y violencia que vivimos en la década del ochenta hizo que ellos huyan al monte, que convivan y compartan sus tierras, perdiendo su identidad y casi desapareciendo del valle. Hoy existen familias mestizas que sobreviven y procuran sostener las tradiciones ancestrales; aunque con poco éxito.

Si de peligros extremos se trataba, dos zonas eran las más temidas por todo motorista, por más experto que este sea. Los viajeros preferían descansar en Limatambo o caminar; pero jamás dejaban de enfrentar al río y los riesgos que significaban pasar por el Obarrial y el Itígalo. Benigno, el más experimentado de los motoristas, utilizaba su intuición y pericia para cruzar, pocas veces perdió su embarcación, tan pocas que se fue como una leyenda en una de esos viajes a la inmortalidad.

El Obarrial era la denominación que los lugareños daban al recodo del río Apurímac que se encontraba justo frente al Centro Poblado de Limatambo. Eran casi doscientos metros de curva amenazante con crestas de agua que alcanzaban hasta tres metros de altura en el centro del río. Las rocas que se encontraban en este tramo eran inmensas, con formas desafiantes y escondidas entre las aguas turbulentas. La furia del Apu hacía que las crestas de agua se en revesen y arremolinen; de pronto, en fracción de segundos, la violencia pasaba a una calma espantosa pues se abrían lagunas de agua alrededor de las rocas y arrastraba todo cuando estaba cerca de ellas. El río tenía vida, quería manifestar su poder y advertir de sus peligros. Los viajeros desafiantes avanzaban por las orillas, a pie, mientras los botes avanzaban rápidamente para no ser sorprendidos por los cambios intempestivos que tenía este tramo. La intuición, la pericia, los rezos, los ruegos; todo era válido para salir airoso. No siempre ocurría.

Los botes debían cruzar el río; pero el río los esperaba dándoles ese sosiego engañoso para envolverlos entre sus aguas, arrastrarlos hacia el centro y reventarlos entre las enormes rocas que aparecían sorpresivamente para hundir la ilusión y los sueños de los viajeros que observaban atónitos desde la orilla. Los motoristas debían ser muy pacientes, olían al río, lo hacían suyo, se mantenían calmos, firmes con las manos sobre los aceleradores de sus motores y cuando menos lo esperaba el Apu, soltaban las hélices y emprendían la aventura mortal. Cruzaban envueltos en agua, con las olas que caían sobre ellos, levantando los enormes costales que tenían en su interior, agarrándose fuertemente de las maderas de la nave para no perderse en sus profundidades.

La desconfianza era la peor consejera. Algunos viajeros temerosos de perder sus pertenencias, preferían ir en el bote y acompañar en la aventura. El río se encelaba más. Las crestas de agua caían con más fuerza sobre ellos, los atrevidos colonos que no respetaban el poder del Apu. Se agarraban fuertemente de los costales; pero el río los levantaba como a plumas mojadas y los movía a su antojo. Cuando estaba demasiado furioso, golpeaba con tal ira que los viajeros eran expulsados del bote y nunca más se les veía. Los cuerpos desaparecían, se hundían y perdían para siempre. Desde la orilla, los demás observaban como se perdían las personas y nadie, jamás en su sano juicio, se atrevió a lanzarse al agua para intentar siquiera salvar a una de estas personas. Jamás, bueno, salvo Benigno.

Itígalo es el nombre del río que viene de Ayacucho y muere en un recodo del río Apurímac. Sin embargo, este recodo está bordeado en su margen izquierda por una enorme quebrada rocosa, fuerte e infranqueable que sirve de contrafuerte para el pequeño Itígalo que en su afán de romper al gran Apu, termina formando una especie de rampa de agua de unos dos metros de largo y de cuando en cuando, al bajar la intensidad de la colisión permanente, se abre una boca colosal que embolsa cualquier cosa que esté pasando por ahí.

Los botes avanzaban por las orillas, lentamente y cuando ya se sentían seguros aceleraban y cruzaban de manera intempestiva, casi sorprendiendo al gran río. Otras veces, la fuerza del Itígalo los empujaba hacia el centro y se abría la enorme boca para devorar a los viajeros que profanaban sus aguas. No faltaba un osado motorista que intentaba cruzar pegado a la quebrada, por la margen izquierda del río, pero nada garantizaba su éxito. La fuerza del agua terminaba llevándolo hacia el centro y en segundos desaparecía la nave. La escena se tornaba dramática pues a los pocos metros aparecía el bote vacío y destrozado, las personas iban apareciendo y gritando mientras terminaban de ahogarse. Los viajeros de los otros botes gritaban, lloraban, suplicaban, querían retornar; pero este era un punto sin retorno pues volver implicaba pasar nuevamente por el Obarrial y eso era garantizar su muerte. Había que seguir.

Nadie sabe exactamente que hacía o permitía cruzar este paso llamado Itígalo, solo se sabe que algunos pocos lograban cruzar y contar su hazaña. Otros tantos perecían entre sus aguas para formar parte de la leyenda mágica y trágica de este recodo. Muy pocos cayeron, se salvaron y contaron lo que vieron. Benigno fue uno de ellos. Aunque no sería por mucho tiempo.

Benigno era la persona más noble que podías conocer. Su amabilidad, su confianza proyectada en cada gesto, combinaban con la mirada melancólica y dulce cada vez que te saludaba o ayudaba. Estaba casado, pocos sabían eso. Tenía dos hijos hermosos, pequeños para cuando le tocó pagar tantas aventuras ganadas en el río.

Benigno era un hombre de pocas cábalas, una de esas pocas era jamás llevar a la familia como pasajeros de la embarcación. Ese día, nadie quiso llevar a su esposa e hijos, nadie quiso salir por la proximidad de las fiestas de fin de año. Él debía llegar a Villa Virgen y su familia no quería quedarse en San Francisco. Entonces, rompió, solo aquella vez, la cábala de toda su vida. Los llevó.

Pasadas las cuatro de la tarde, ya estaba en Limatambo, el Obarrial se veía agresivo pero franqueable. Entonces, hizo caminar a su familia, junto a los demás viajeros, por las orillas del Obarrial mientras el franqueaba ese recodo. El Apurímac lo envolvió y llevó de un lado a otro, casi vuelca la nave, perdió varios sacos de arroz por la fuerza de los golpes de agua; pero logró cruzar. Aturdido por la gesta, pero trasmitiendo una impasibilidad extrema, avanzó hasta alcanzar el final del recodo y esperar a los viajeros que venían a pie. Él entendió que ya nada más le podía pasar. Lo peor ya estaba superado, el Apurímac lo conocía y sabía de su nobleza y humanidad. Ya nada más podría pasarle.

Subieron todos los pasajeros al bote y Benigno dio la orden para que se sujeten fuertemente de donde pudiesen para cruzar rápido el Itígalo. El bote se ubicó hacia la margen derecha, en una de las orillas del pequeño río. Espero varios minutos, midiendo la frecuencia de sus reducidos estiajes, miró hacia la quebrada para divisar la rampa de agua y si esta se mostraba agresiva. Tomó todas las precauciones que acostumbraba, tomó incluso aquellas que eran de mero trámite. Su familia estaba con él. Debía ser muy cuidadoso.

De pronto, aceleró, avanzó unos metros, una enorme cresta de agua lo frenó bruscamente e hizo retroceder. Se volvió a cuadrar al borde del río, esperó unos minutos y avanzó nuevamente, esta vez quiso jugar con el río, se metió directamente hacia el centro para pasar por esa rampa de agua. Se abrió una enrome boca y se tragó a todos. Fueron segundos interminables, el río se calmó y amansó sus aguas. El Itígalo dejó de golpear al Apurímac por unos instantes.

Los cuerpos fueron apareciendo uno a uno, como pocas veces, el río los devolvía. Benigno salió por nadando por la margen derecha. De inmediato se puso de pie y empezó a gritar como loco. Llamaba a sus hijos, a su esposa. No lograba verlos, era difícil distinguirlos entre tantas personas intentando nadar y pedir auxilio. Hasta que logró verla, arrastrada por el torrente, río abajo, hacia el Obarrial. Benigno se lanzó sin pensarlo, nadó con todas sus fuerzas hasta alcanzarla, ella envolvió sus brazos sobre el cuello del motorista, él intentaba mantenerse a flote y salir antes de llegar al Obarrial, pero el río los siguió arrastrando.

En minutos ya estaban en medio del Obarrial, sorteando las crestas de agua y las enormes rocas, río abajo. La escena se tornó aún más dramática pues Uno de sus hijos venía cerca. Él no sabía qué hacer, salvar a su esposa o al pequeño hijo que venía arrastrado a unos metros. La gente que presenció este evento nunca quiso contar todo, nunca más se trató del tema entre ellos. Benigno no pudo, no quiso decidir, solo se acercó un poco hasta su hijo, para perderse con toda su familia entre las turbulentas aguas del río Apurímac. Jamás encontraron sus cuerpos. Benigno había desafiado al gran río, él mostró toda su furia y dejó un mensaje extraño entre sus aguas.

Hoy, la gente ya no viaja a través del río, hoy se viaja en autos, camionetas o camionetas rurales. Pero, el río sigue siendo majestuoso, acometedor, lleno de sortilegios.

LOS AMIGOS

Por ese entonces aún no conocía a quienes serían sus amigos de la adolescencia y gran parte de su juventud: Koki, Edgar y Chachi. De ...