martes, 11 de junio de 2019

EL COFRE VERDE


Luego de ese incidente Enrique volvió a la casa de 10 de octubre para ordenar las cosas que aún quedaban allí y ninguno de los hermanos se atrevía a coger. Siempre iba apresurado, esta vez no fue la excepción, caminó a prisa, para evitar a los vecinos que le traían demasiados recuerdos de su madre. Siempre que pasaba por la calle principal iba con un nudo en la garganta por la nostalgia que lo envolvía. Prefería ir rápido y estar solo en la casa.
Esa tarde no se detuvo en el primer piso, no contempló nada de la casita de Andrea. Fue al segundo piso, miró las habitaciones, ingresó a la otrora habitación de su madre, abrió el ropero antiguo que quedaba ahí y casi por instinto fue a buscar entre las cosas personales que ella había dejado. Ahí estaba, con esos colores verde esmeralda descuidados, cerrada y casi oxidada, guardando cartas que recibió y otras tantas que no pudo enviar por falta de dinero.
Enrique abrió la caja con mucho esfuerzo y sintió el paso del tiempo en el olor que las hojas desprendían luego de muchos años de estar en silencio. Había muchas cartas. Las que papá Alejandro envió a la joven Andrea, las que ella quiso enviar alguna vez a sus hermanos, las que quiso enviarnos cuando se sintió en la soledad de sus cincuenta años, las que escribió para leamos luego de su último viaje.

Lima, 16 de diciembre de 1986
Donato palomino Guillén
Querido hermano.
Espero que al recibir esta carta estés bien de salud y en compañía de nuestros hermanos y padres. Yo estoy bien en Lima, con el favor de Dios y la ayuda de los vecinos trato de sacar adelante a mis hijos.
Donato, mis hijos están viajando con Guillermo para quedarse hasta marzo. Por favor, cuídalos, ellos no conocen los peligros de la selva y no quiero que causen problemas allá. Llévalos a la chacra para que ayuden, tenlos cerca de ti para que papá no esté preocupándose por ellos.

Limatambo era un lugar hermoso en los años ochenta. Aún hoy es un lugar hermoso para descansar, ir a la chacra, caminar por la playa o bañarse en las aguas del majestuoso río Apurímac. Los nativos ashaninkas convivían casi en armonía con los colonos que habían ocupado el valle. Tenían reglas muy especiales sobre el uso del espacio y del respeto a la naturaleza. Los colonos y sus descendientes irían rompiendo poco a poco esas reglas hasta ocupar espacios que antes sólo correspondían a la selva.
Guillermo había viajado con Johni, Yimy y Enrique durante la noche hasta Huamanga. La ruta era interminable, el bus no contaba con calefacción y el frío penetraba por los huesos hasta entumecerlos. Las rodillas quedaban tan adoloridas que ponerse de pie era casi una tragedia. Esa noche, el bus se detuvo en el camino a Huancavelica, en algún lugar de la carretera Libertadores Wari. Eran encapuchados con armas y gritando, insultando, golpeando tan fuerte a las personas que sólo se escuchaban gritos, llanto de niños, súplicas de padres.
Bajaron a todos los pasajeros, los tiraron boca abajo, pateaban sus vientres, pisaban sus cabezas. La gente gritaba de miedo, de dolor, con la incertidumbre de pensarse muertos.
Los hombres encapuchados buscaban entre las pertenencias. Se llevaron a un joven hacia el descampado, lejos de los pasajeros que estaban boca abajo, al pie del bus. Se oyeron unos gritos, dos disparos y el silencio de todos los espectadores.
Revisaron las pertenencias una a una, pasaron por cada persona, niños, jóvenes, adultos. Llegaron hasta el tío Guillermo. Lo tomaron de los cabellos, golpearon su cara mientras sacaban la billetera de cuero que llevaba en el pantalón. Lo levantaron y lo llevaron hacía el descampado. Nunca se vio gritar a Guillermo, pocas veces se le vio fuera de control. Esa noche fue testigo de sus miedos y súplicas para que lo dejen vivir.

Yo les he dicho que viajaré apenas tenga algo de dinero, pero es difícil conseguir pasaje para Yeny y para mí. Lo más seguro es que viaje para marzo sola. Si Guillermo sube a Villa Virgen, dile que deje a los chicos, que se queden contigo por favor. Ellos son inquietos y arriba pueden molestar a mamá.
No dejes que estén sin hacer nada. Que trabajen en la chacra, enséñales a cortar plátano para la comida, que pelen arroz en el mortero, que corten leña para la cocina. Ellos aprenden rápido, sólo hay que indicarles bien lo que deben hacer.

Cuando llegaron a Huamanga ya estaba amaneciendo. Había que salir rápido hacia el óvalo Huanta para subir a los camiones que los llevarían hasta San Francisco, el puerto más importante del río Apurímac. Era ocho o nueve horas de viaje en camión, sobre los costales de papa, camote y cajones de frutas que ingresaban al valle. El techo estaba descubierto y había que soportar el viento, el frío de la puna ayacuchana y las eventuales lluvias que coronaban con el soroche y los vómitos producto del constante zarandeo del transporte.
Llegaron cuando caía el sol. San Francisco era un puerto inmenso para ellos. Cruzar el puente de acero que unía a Kimbiri con San Francisco, Cusco con Ayacucho. El río Apurímac se mostraba imponente y agresivo. Sus turbulentas aguas y el color ocre infundían miedo entre los más avezados navegantes. Esa noche durmieron entre costalillos y mantas de yute.
Apenas si amanecía y salieron en el bote que manejaba Benigno, el más osado y famoso motorista de esos años. El viaje duró todo el día. Navegar por este río era una aventura temeraria que se hizo constante en esos años porque no existía otra forma de llegar a pueblos como Limatambo o Villa Virgen. Caminar era una opción poco usual para los comerciantes por la cantidad de productos que llevaban a estas comunidades.
En el recorrido Enrique vio una enorme serpiente en una de las orillas del río. El ofidio se movía lentamente entre las enormes rocas y se perdió entre la arboleda ribereña. Era una serpiente de colores intensos, gruesa y larga como las anacondas de los cuentos de Francisco Izquierdo. Él sintió miedo y un presentimiento que lo dejó pensando por varios días en lo que podría haberle comunicado esa serpiente.


Guillermo está llevando galletas, caramelos y un panetón para papá y mamá. Reparte los caramelos entre todos los sobrinos. Mis hijos no están acostumbrados a recibir dinero, no les vayan a estar dando. Para navidad cómprales chispitas y cohetecillos, que jueguen con cuidado por favor. 


No terminó de leer la carta. Un ruido extraño vino del primer piso. Tomó algunas hojas del cofre verde, las envolvió y puso en su morral. Bajó presuroso para ver qué había ocurrido.  Cuando bajó cayó en la cuenta que había dejado el ropero abierto y las prendas de su madre sobre una silla. No quiso regresar. Sólo salió de la casa, caminó casi por inercia hasta el paradero 2 de la avenida Wisse, tomó un auto colectivo hasta la avenida Tacna y retornó a su mundo, aunque esa tarde dejó algo más que sus miedos en la habitación, dejó algunos recuerdos inconclusos dentro del cofre.


LOS AMIGOS

Por ese entonces aún no conocía a quienes serían sus amigos de la adolescencia y gran parte de su juventud: Koki, Edgar y Chachi. De ...