Luego de ese incidente Enrique
volvió a la casa de 10 de octubre para ordenar las cosas que aún quedaban allí y
ninguno de los hermanos se atrevía a coger. Siempre iba apresurado, esta vez no
fue la excepción, caminó a prisa, para evitar a los vecinos que le traían
demasiados recuerdos de su madre. Siempre que pasaba por la calle principal iba
con un nudo en la garganta por la nostalgia que lo envolvía. Prefería ir rápido
y estar solo en la casa.
Esa tarde no se detuvo en el
primer piso, no contempló nada de la casita de Andrea. Fue al segundo piso,
miró las habitaciones, ingresó a la otrora habitación de su madre, abrió el
ropero antiguo que quedaba ahí y casi por instinto fue a buscar entre las cosas
personales que ella había dejado. Ahí estaba, con esos colores verde esmeralda
descuidados, cerrada y casi oxidada, guardando cartas que recibió y otras
tantas que no pudo enviar por falta de dinero.
Enrique abrió la caja con mucho
esfuerzo y sintió el paso del tiempo en el olor que las hojas desprendían luego
de muchos años de estar en silencio. Había muchas cartas. Las que papá
Alejandro envió a la joven Andrea, las que ella quiso enviar alguna vez a sus
hermanos, las que quiso enviarnos cuando se sintió en la soledad de sus
cincuenta años, las que escribió para leamos luego de su último viaje.
Lima, 16 de diciembre de 1986
Donato
palomino Guillén
Querido
hermano.
Espero que al recibir esta carta estés bien
de salud y en compañía de nuestros hermanos y padres. Yo estoy bien en Lima,
con el favor de Dios y la ayuda de los vecinos trato de sacar adelante a mis
hijos.
Donato, mis hijos están viajando con
Guillermo para quedarse hasta marzo. Por favor, cuídalos, ellos no conocen los
peligros de la selva y no quiero que causen problemas allá. Llévalos a la
chacra para que ayuden, tenlos cerca de ti para que papá no esté preocupándose
por ellos.
Limatambo era un lugar hermoso en
los años ochenta. Aún hoy es un lugar hermoso para descansar, ir a la chacra,
caminar por la playa o bañarse en las aguas del majestuoso río Apurímac. Los
nativos ashaninkas convivían casi en armonía con los colonos que habían ocupado
el valle. Tenían reglas muy especiales sobre el uso del espacio y del respeto a
la naturaleza. Los colonos y sus descendientes irían rompiendo poco a poco esas
reglas hasta ocupar espacios que antes sólo correspondían a la selva.
Guillermo había viajado con
Johni, Yimy y Enrique durante la noche hasta Huamanga. La ruta era
interminable, el bus no contaba con calefacción y el frío penetraba por los
huesos hasta entumecerlos. Las rodillas quedaban tan adoloridas que ponerse de
pie era casi una tragedia. Esa noche, el bus se detuvo en el camino a
Huancavelica, en algún lugar de la carretera Libertadores Wari. Eran
encapuchados con armas y gritando, insultando, golpeando tan fuerte a las
personas que sólo se escuchaban gritos, llanto de niños, súplicas de padres.
Bajaron a todos los pasajeros,
los tiraron boca abajo, pateaban sus vientres, pisaban sus cabezas. La gente
gritaba de miedo, de dolor, con la incertidumbre de pensarse muertos.
Los hombres encapuchados buscaban
entre las pertenencias. Se llevaron a un joven hacia el descampado, lejos de
los pasajeros que estaban boca abajo, al pie del bus. Se oyeron unos gritos,
dos disparos y el silencio de todos los espectadores.
Revisaron las pertenencias una a
una, pasaron por cada persona, niños, jóvenes, adultos. Llegaron hasta el tío
Guillermo. Lo tomaron de los cabellos, golpearon su cara mientras sacaban la
billetera de cuero que llevaba en el pantalón. Lo levantaron y lo llevaron
hacía el descampado. Nunca se vio gritar a Guillermo, pocas veces se le vio
fuera de control. Esa noche fue testigo de sus miedos y súplicas para que lo
dejen vivir.
Yo les he dicho que viajaré apenas tenga algo de dinero, pero es
difícil conseguir pasaje para Yeny y para mí. Lo más seguro es que viaje para
marzo sola. Si Guillermo sube a Villa Virgen, dile que deje a los chicos, que
se queden contigo por favor. Ellos son inquietos y arriba pueden molestar a
mamá.
No dejes que estén sin hacer nada. Que trabajen en la chacra, enséñales
a cortar plátano para la comida, que pelen arroz en el mortero, que corten leña
para la cocina. Ellos aprenden rápido, sólo hay que indicarles bien lo que
deben hacer.
Cuando llegaron a Huamanga ya
estaba amaneciendo. Había que salir rápido hacia el óvalo Huanta para subir a
los camiones que los llevarían hasta San Francisco, el puerto más importante
del río Apurímac. Era ocho o nueve horas de viaje en camión, sobre los costales
de papa, camote y cajones de frutas que ingresaban al valle. El techo estaba
descubierto y había que soportar el viento, el frío de la puna ayacuchana y las
eventuales lluvias que coronaban con el soroche y los vómitos producto del
constante zarandeo del transporte.
Llegaron cuando caía el sol. San
Francisco era un puerto inmenso para ellos. Cruzar el puente de acero que unía
a Kimbiri con San Francisco, Cusco con Ayacucho. El río Apurímac se mostraba
imponente y agresivo. Sus turbulentas aguas y el color ocre infundían miedo
entre los más avezados navegantes. Esa noche durmieron entre costalillos y
mantas de yute.
Apenas si amanecía y salieron en
el bote que manejaba Benigno, el más osado y famoso motorista de esos años. El
viaje duró todo el día. Navegar por este río era una aventura temeraria que se
hizo constante en esos años porque no existía otra forma de llegar a pueblos
como Limatambo o Villa Virgen. Caminar era una opción poco usual para los
comerciantes por la cantidad de productos que llevaban a estas comunidades.
En el recorrido Enrique vio una
enorme serpiente en una de las orillas del río. El ofidio se movía lentamente
entre las enormes rocas y se perdió entre la arboleda ribereña. Era una
serpiente de colores intensos, gruesa y larga como las anacondas de los cuentos
de Francisco Izquierdo. Él sintió miedo y un presentimiento que lo dejó
pensando por varios días en lo que podría haberle comunicado esa serpiente.
Guillermo está llevando galletas,
caramelos y un panetón para papá y mamá. Reparte los caramelos entre todos los
sobrinos. Mis hijos no están acostumbrados a recibir dinero, no les vayan a
estar dando. Para navidad cómprales chispitas y cohetecillos, que jueguen con
cuidado por favor.
No terminó de leer la carta. Un
ruido extraño vino del primer piso. Tomó algunas hojas del cofre verde, las
envolvió y puso en su morral. Bajó presuroso para ver qué había ocurrido. Cuando bajó cayó en la cuenta que había dejado
el ropero abierto y las prendas de su madre sobre una silla. No quiso regresar.
Sólo salió de la casa, caminó casi por inercia hasta el paradero 2 de la
avenida Wisse, tomó un auto colectivo hasta la avenida Tacna y retornó a su
mundo, aunque esa tarde dejó algo más que sus miedos en la habitación, dejó
algunos recuerdos inconclusos dentro del cofre.