La tenía del cuello, apretando
fuertemente su garganta, cortando la respiración de esa mujer y con el ritmo
cardíaco acelerado por las cosas que cruzaban por su cabeza. La muerte era así,
impredecible, no sabía si era él o ella quien se estaba yendo, pero no se
detendría un instante a meditarlo, era una cuestión de supervivencia.
Enrique había llegado la noche
anterior de su viaje a Villa Virgen. Fue una semana extraña, de las tantas
veces que fueron extrañas, de las tantas que visitó la tumba de Andrea. Droman,
su primo, lo llevó en una moto lineal hasta el mirador del pueblo. Quería ver a
sus abuelos, pero ellos estaban en Limatambo, a unas tres horas a pie, lejos
para caminar en diciembre de lluvias.
Mientras viajaban en la moto
lineal, Enrique pensaba en las veces que pasó caminando por esa selva
encantada, con Johni unas veces, con su madre otras tantas, con sus abuelos en
alguna oportunidad. Recordó a los perros de don Patuco, esos perros que no
dejaban pasar a nadie. Fueron los mismos perros que lo regresaron a la moto,
los ladridos hicieron que Droman pierda el control por un instante y levante
las piernas para alejar a los furiosos animales.
Mientras se alejaban, Enrique
sintió las primeras gotas de lluvia y se preguntó si llegarían a tiempo a
Limatambo. No fue necesario hablar, solo pensaba y se respondía sí mismo. Las
gotas eran pequeñas y distantes, apenas si estaba lloviendo, había tiempo, una media
hora más en moto y llegaban, la lluvia sabría esperar. No había previsto esto,
estaba con esas bermudas que siempre lleva a la selva, de color beige, un polo
celeste de cuello cerrado, las tobilleras blancas apenas si se notaban entre
las zapatillas también blancas.
- Hasta aquí llegamos primo. No
hay pase. Esta parte del camino siempre tiene deslizamiento.
- ¿No podremos levantar la moto y
avanzar por encima del derrumbe?
- No primo, sería fatal. Nos
vamos al precipicio y ya no regresas nunca a Lima. Mejor dejamos la moto aquí y
seguimos a pie.
-¿La piensas dejar aquí?
- No pasa nada primo. La cubrimos
con las hojas de las plantas y con ramas grandes. La lluvia ya viene. Tenemos que
apurarnos.
El paisaje era hermoso desde ese
punto del mirador. La vegetación había cambiado. No era el bosque de enormes árboles
y sonidos intensos de aves. La modernidad la había transformado en un paraje de
arbustos y hiervas que crecían casi despidiéndose de la selva. El resto era
imponente, la vegetación que rodeaba al majestuoso río Apurímac era
espectacular. Podías estar horas de horas contemplando el escenario, respirando
su olor a selva, mirando el recorrido del enorme Apu, recordando las veces que
viajabas en bote para llegar a casa, recreando las veces que se voltearon las
embarcaciones en el obarrial o el Itígalo, podías escuchar el grito fresco de
las personas que perecían en cada vuelco de las naves, mientras se hundían en
sus turbulentas y torrentosas aguas.
- Vamos primo. Dejaré la moto
aquí y bajaremos rápido a Limatambo. Luego regreso por mi moto.
- Déjame tomar unas fotos y nos
vamos.
- Toma desde este lado primo. Se
ve mejor el río con el fondo con esas colinas que parecen una mujer recostada. Primero tómame a mí, luego yo te tomo foto
primo.
- Quítate la gorra y sube a esa
roca. De ahí hay mejor vista. Sonríe.
- ¿Ya?
- Listo primo. Ahora me toca.
La zona de derrumbe estaba
fresca. Parecía haber caído hace unas horas. El suelo estaba suelto y las rocas
todavía movidas. El color marrón hacía contraste con el acero de las rocas y el
tono pálido de la arcilla que envolvía todo el derrumbe. Eran unos ocho metros
de paraje impuesto sobre la carretera. Las cruces que estaban cerca de la zona
del derrumbe le daban un ambiente tenebroso.
-Aquí para muriendo gente, primo.
Todos los años alguien se cae o desaparece.
- Ya veo, hay muchas cruces de
este lado del camino.
- Aquí había una gruta con una
virgencita, pero el cerro se la llevó, se cayó todo y ya no quieren poner otra.
Este cerro es muy celoso.
Iniciaron la caminata luego de
dejar la moto. Droman iba adelante, pisando las piedras por donde Enrique debía
transitar luego. Él Conocía muy bien ese lugar y sabía que un paso en falso los
llevaría hacia el precipicio. Eran unos trescientos metros de caída libre al
río. El desfiladero era de roca viva, entre gris y negro, sin mucha inclinación,
cortado con la fuerza delos años que forman un inmenso cañón para dar paso al
majestuoso río. Había que ir con cuidado. Mientras pisaba las piedras que
Droman iba marcando, Enrique imaginaba a Andrea acompañándolos, yendo adelante
para que guíe a los demás, apurando el paso.
- ¿Qué pasó primo?
- Se hundió mi pie. El barro se
tragó mi zapatilla.
- Cuidado primo, saca con cuidado
tu pie. No se vaya a quedar tu zapatilla adentro.
- Ya salió. Mi pierna quedó
sucia. Bajando ya me lavo. Sigamos.
- Mejor regresamos primo. Está
muy peligroso. Ya nos avisó el cerro. No hay que tentarlo.
Fue suficiente. No hubo tiempo
para negociar. Solo decidió regresar y había que hacerlo. Enrique no se
atrevería a avanzar solo. Descubrieron la moto, subieron a ella y retornaron a
Villa Virgen. El cerro no había querido que visite a sus abuelos esta vez.
Ya en Villa Virgen, empezó a
llover a torrentes. Enrique se quedó pensando en la infancia que tuvo en ese
pueblo. Contemplaba desde la puerta de la cocina el cielo sombrío y las enormes
gotas de agua que caían creando un ambiente nostálgico, envolvente, junto a la
brisa que lo cubría como despidiéndolo de ese viaje.
Esa misma tarde, casi
oscureciendo, cruzó el río Apurímac para pernoctar en el pueblo de Leche Mayo. Era
difícil descansar ahí, el calor, los recuerdos, la nostalgia, no lo dejaron
casi toda la noche. A las tres de la mañana sonó la alarma. Había que
levantarse y recoger la mochila de viaje para subir al transporte que lo
llevaría a Ayacucho. El viaje duraba siete horas. Durmió casi todo el
recorrido, solo bajó a desayunar algo ligero en San Miguel, siguió durmiendo.
Al llegar a Ayacucho, tomó un taxi directo al terminal terrestre Wari, encontró
un pasaje de retorno a Lima y a medio día ya estaba viajando a la Capital. Llegó
casi a las nueve de la noche, tomó un taxi directo a su casa. Lo esperaban su
esposa y sus hijos.
Como tantas veces, habló poco,
dejó los panes y el queso que acostumbraba traer para la casa. Alistó su pijama
y fue a darse un baño. El agua tibia mantenía el sonido de la lluvia que lo
envolvió el día anterior. Se puso triste, no quiso salir un buen rato.
No dio muchas explicaciones del
viaje, se despidió y fue a dormir. Estaba cansado.
Esa noche soñó con el jinete que
perseguía a su madre, soñó que estaba en una enorme colina, verde, hermosa,
llena de flores y aromas intensos. Soñó que subía. De repente despertó
bruscamente.
No se hallaba. Miraba el techo de
la habitación y solo observaba un punto azul intenso que no recordaba conocer.
Miró cada pared sin identificar dónde estaba. Por un momento pensó que había
vuelto a Villa Virgen, luego pensó estar en Diez de Octubre, incluso creyó
estar en Víctor Raúl Haya de la Torre. Su sorpresa fue mayor, había una mujer a
su lado, estaba durmiendo, tenía el cabello largo y negro, las manos delgadas,
cubierta con una colcha oscura que no ayudaba a ver más.
La mujer despertó. Tenía una
imagen aterradora, parecía una hechicera, una bruja. Lo miró agresiva,
desafiante, hablándole en una lengua extraña para él. No recordaba ese idioma,
no sabía lo que le decía. Enrique se asustó mucho. La tomó del cuello, empezó a
apretar fuertemente, tenía que cortar su respiración, era la muerte. La
hechicera se defendió. Logró sacar su brazo y lo tendió sobre la cama. Enrique
empezó a recitarle su genealogía. Le decía que era hijo de Andrea palomino,
nieto de Alejandro Palomino y Magdalena Guillén, Bisnieto de los fundadores de
Villa Virgen. Le decía todo esto en quechua, un quechua que ni él mismo
entendía, pero que hablaba a la perfección. La bruja hizo algo extraño, le dio
sueño, perdió fuerza, temía lo peor, se quedó dormido si reacción alguna.
En sueños, el jinete le pedía que
lo siga, que suba la colina, que su madre estaba arriba esperándolo. Fue
suficiente, él sabía que ese era un mensaje. No entendía qué, pero era un
mensaje. Entonces, despertó bruscamente por segunda vez.
La bruja seguía ahí, esta vez
sentada en la cama. Enrique no lo dudó. La tomó del cuello, debía matarla o
ella lo haría de inmediato. Ella hablaba en ese idioma extraño, no entendía
nada, solo sabía que, si se quedaba dormido, no despertaría más. Ella lo empujó
con fuerza sobre la cama, quedó tendido, sin fuerzas, con los ojos que se
cerraban nuevamente. Se quedó dormido, sin oponer mayor resistencia que la
incógnita de qué le pasaría ahora. Solo quería que ocurriera, lo que fuera pero
que fuera ya.
Cuando volvió a despertar, ya
había amanecido. Estaba en su cama, era su cama. Edith estaba al pie de ella,
asustada, casi llorosa y con la piel temblorosa. Le contó lo ocurrido. Le contó
que en la noche él se volvió loco, que gritaba en un idioma extraño, que tenía
la mirada perdida y que quiso matarla. Las huellas en su cuello lo decían todo.
Por más que intentó recordar, Enrique no pudo, tardó varios días en refrescar
su memoria para regresar a esa noche en que perdió la conciencia y fue poseído
por algo que hasta ahora no sabe qué pudo ser, que viajó hasta un paraje que aún
no visita y que solo su madre sabe dónde queda, que lo visitó ese mismo jinete
que se la llevó y que no pudo llevarse a él. Se había salvado de la muerte.
La noche que recordó todo,
también recordó los otros viajes que hizo, los que casi le cuestan la vida, los
que se llevaron la vida de otras personas, de las que nunca conoció, pero supo
de ellas.